27/10/2020
Cine

Kieslowski. El humanista del cine

Se cumplen 20 años de la súbita muerte del cineasta polaco. Se despidió con la trilogía Tres colores, que se reestrena en cines

Carlos Reviriego - 11/03/2016 - Número 25
  • A
  • a
Kieslowski. El humanista del cine
Carteles de las películas de la trilogía 'Tres colores' de Kieslowski.
Krzysztof Kieslowski (Varsovia, 1941 – 1996), maestro del cine europeo, dejó tras su muerte un valioso legado creativo y humano. Para la ocasión, se reestrena en salas Tres colores, el tríptico existencial con el que se despidió del cine y, a los pocos meses, del mundo. Pero la obra del polaco extiende sus tentáculos mucho más allá de la trilogía.

En la serie que hizo para la televisión polaca a finales de los años 80, 10 capítulos basados en los respectivos mandamientos, titulada El decálogo (1989-90, editado en DVD por DeAPlaneta en 2009), aparece un personaje cargado de misterio. Es un testigo silencioso de los infortunios de los personajes, sin apenas peso narrativo, interpretado por Artur Barcis. En 8 de los 10 episodios aparece inopinadamente para observar y calla. En un cine poblado de simbología y metáforas visuales, se ha especulado con la idea de que el engimático personaje encarna o bien el lado voyeurístico del espectador (que se instala por unos instantes en los territorios de la ficción) o bien su conciencia individual, aquella que es constantemente interpelada por los dramas del polaco. Aunque resulta más hermoso pensar en el misterioso personaje como en una encarnación del propio Kieslowski.

Al trasladarse a París para completar en Francia su carrera, parecía hacer realidad su sueño europeísta

Salió del plano demasiado pronto, a los 54 años, pero con la sensación del trabajo cumplido. Apenas unos meses antes había anunciado su decisión de abandonar el cine porque “ya había dicho todo lo que tenía que decir”. Fue al poco de completar Tres colores Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994)—, la trilogía francesa que ahora se reestrena en salas, cuya realización le dejó exhausto, pues en un momento dado mientras editaba la primera, rodaba la segunda y escribía la tercera. A partir de los tres personajes femeninos — Julie (Azul), Karol (Blanco) y Valentine (Rojo)­— y de las tres actrices ­Juliette Binoche, Julie Delpy e Irène Jacob, llamadas desde entonces a convertirse en estrellas del cine europeo­—, Kieslowski enhebró un tapiz de fatalidades humanas inspirado en los conceptos de la bandera tricolor —libertad, igualdad y fraternidad—, que emana como suma y compendio de su obra: las relaciones entre el individuo y las ideas, audacia y complejidad narrativas, las paradojas del destino, la interconectividad entre las personas y el papel central del arte.

Kieslowski anunció, sin embargo, una nueva trilogía, que llegó a escribir ­—Infierno, Purgatorio y Cielo—, y que diversos cineastas afines a sus presupuestos estéticos han llevado a la pantalla años después: el alemán Tom Tykwer (Heaven, 2002), el bosnio Danis Tanovic (Infierno, 2005) y el polaco Stanislaw Mucha (Nadzieja, 2007).

El camino a la ficción

Siempre que se habla de Kieslowski parece que su carrera empezó con El decálogo, dos de cuyos capítulos se estrenaron, en versiones más largas y con mucho éxito, en salas de cine —No matarás y No amarás—, olvidando los 20 años anteriores, dedicados en su mayoría a la realización de documentales. Ambos extremos de su obra, el documento y la ficción, se centran en la lucha de los individuos por reconciliar lo cotidiano de sus vidas con los mitos culturales a los que pertenecen, sea la propaganda comunista, los proverbios bíblicos o los eslóganes revolucionarios.

El joven Kieslowski suspendió dos años seguidos los exámenes de ingreso en la Escuela Superior de Cine de Lodz —de donde saldría en los años 60 la generación del nuevo cine polaco: Wajda, Munk, Polanski, Skolimowski, Zanussi, etc.—, y simuló la locura para no tener que realizar el servicio militar obligatorio antes de ingresar en la escuela tras un tercer intento. Desde que vio Kes (1969), de Ken Loach, su vocación cinematográfica quedó determinada (antes se había formado en el Colegio de Técnicos de Teatro de Varsovia). La tesis con la que completó sus estudios proponía que la realidad era más extraña, y mucho más dramática, que la ficción. Como demuestran sus películas, nunca abandonó esa convicción. En el trabajo documental —que recupera Cineteca de Madrid con la proyección, el 19 de marzo, de cuatro películas: El primer amor (1974), La radiografía (1974), Curriculum vitae (1975) y Cabezas parlantes (1980)— estableció los parámetros morales y pesimistas de su cine. En la ficción cultivó, pese a todo, una esperanza de carácter humanista, una especie de compasión hacia el ser humano. Esa calidez, y su extrañeza frente al arbitrio con que se manifiestan las tragedias de la vida, es probablemente la que transmite el personaje de Artur Bracis en El decálogo.

Su última película documental, Railway Station (1980), es un retrato de varias personas esperando algo o a alguien en la Estación Central de Ferrocarriles de Varsovia. Durante este periodo Kieslowski se mostró preocupado con el papel invasivo que ejercía el documental en las vidas privadas de las personas retratadas, máxime cuando la policía incautó el metraje bruto que filmó bajo la esperanza de encontrar evidencias que pudieran incriminar a un sospechoso de asesinato. Aunque las autoridades no sacaron nada en claro de esta “investigación fílmica”, Kieslowski sí lo hizo, certificando el carácter ético que sustenta su obra —en todas sus ficciones plantea una imposible disyuntiva moral a sus protagonistas—, pues decidió sellar para siempre su trabajo documental ante la idea de que una de sus películas pudiera enviar a alguien a la cárcel.

Sus primeros trabajos de ficción, los semiautobiográficos El personal (1975) y El aficionado (1979), insisten en cuestionarse si cualquier peaje es válido para llegar a la verdad, aunque pase por implicar vidas ajenas. Filip Mosze, el protagonista de El aficionado, filme a revindicar, es el alter ego más fiable de Kieslowski. Empleado de una oficina, se convierte en un apasionado cineasta amateur que, tras comprar una cámara de vídeo para filmar el nacimiento de su bebé, se obsesiona con la necesidad (y dificultad) de capturar la vida. Empieza a vivirla pensando en imágenes, hasta el punto de acabar abandonando sus obligaciones paternas para registrar los accidentes de su hijo y la descomposición de su matrimonio.

Lo público y lo privado

Aunque la conciencia política nunca ocupó el centro de su obra —no se sintió cómodo ni bajo el régimen comunista ni con la sublevación proletaria de Solidaridad—, la mayor parte de las películas de Kieslowski negocian con la imposibilidad de conciliar la realidad social y la vida interior.

Con El decálogo y, después, con La doble vida de Verónica (1991), justo coincidiendo con la debacle soviética, su trabajo se internacionalizó al tiempo que se hizo más abstracto, también más universal. Dos colaboradores se habían convertido por entonces en piezas claves de su obra: el guionista Krzysztof Piesiewicz y el compositor Zbigniew Preisner, con quienes compartió 12 años y 17 películas. Al trasladarse a París para completar en Francia su carrera, Kieslowski parecía hacer realidad no solo la mística conexión entre una joven polaca y otra francesa (Weronika y Véronique, ambas interpretadas por Irène Jacob) que puso en escena en su primera película gala, sino su sueño europeísta.

El tríptico que ahora se recupera en salas es posiblemente la creación cinematográfica más ineludible y profunda de las que se han hecho alrededor de lo que significa el lema de la Revolución francesa. A la luz de la deriva insolidaria y desunida del proyecto europeo, de los muros que se levantan cada día para frenar los éxodos de refugiados, la libertad, la igualdad y la fraternidad parecen máximas imposibles. Por eso hoy más que nunca resuena con fuerza el carácter humanitario de los dramas del cineasta polaco, verdaderos himnos europeos. El protagonista de Azul, de hecho, es un compositor que deja inacabado su Concierto para Europa, llamado a celebrar la unidad contintental.

El trayecto kieslowskiano es el del hombre que acaba abrazando el amor como única salvación posible 

Cuando Kieslowski falleció inesperadamente de un infarto, la prensa fue casi unánime: desaparecía el “moralista” del cine. Los desafíos de carácter ético y existencial fueron un tema central en su cine, el epicentro de una forma de concebir las implicaciones morales del hombre contemporáneo. No es extraño que muchas de sus películas estuvieran protagonizadas por un juez, un padre o un autor, figuras todas ellas forzadas a tomar grandes decisiones. Este carácter moral encuentra hoy en Michael Haneke (Amor, 2012) o los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne (Dos días, una noche, 2014) sus dignos sucesores. Aunque es la vertiente plástica y poética del cine del polaco, como explorador de nuevas formas de expresión cinematográfica, la que mayores frutos ha dado. La obra de Kieslowski actúa hoy de bisagra entre los cineastas que definieron la modernidad —Antonioni, Bergman o Tarkovski— y los autores contemporáneos que han encontrado en la prosa poética el modo de confabular la psicología con la espiritualidad, desde el turco Nuri Bilge Ceylan a la francesa Claire Denis. El legado es creativo y moral: su conciencia resuena en el cine contemporáneo.

Todas las preocupaciones se ciñen a una sola: la convivencia. El trayecto kieslowskiano es el del hombre que acaba abrazando el amor como única salvación posible. En esa conclusión descansa la energía liberadora de su tríptico final, en la misma convicción a la que llegaron con sus imágenes Renoir, Rossellini o Bergman. Exponente de un cine de arte y ensayo de carácter universal que ha sido tildado de esnob y místicos. Sus películas finales funcionan para algunos espectadores como plegarias y para otros, como objetos cinematográficos puros. Pero lo cierto es que es muy poca la porción que se conoce de la filmografía kieslowskiana, apenas sus últimas producciones. El documentalista del que él mismo acabó huyendo ha quedado relegado a un segundo plano, cuando no totalmente oscurecido en su filmografía. Como el obsesivo Filip de El aficionado, Kieslowski filmó lo que amaba, la vida y sus incertezas, precisamente para que no desaparecieran. ¿Un moralista? Mejor, un irredento humanista.

Tres colores: Azul
Tres colores: Azul
De Krzysztof Kieslowski
Escrita por Krzysztof
Kieslowski y Krzysztof
Piesiewicz
Con Juliette Binoche
Tres colores: Blanco
Tres colores: Blanco
De Krzysztof Kieslowski
Escrita por Krzysztof
Kieslowski y Krzysztof
Piesiewicz
Con Julie Delpy
Tres colores: Rojo
Tres colores: Rojo
De Krzysztof Kieslowski
EscritaporKrzysztof
Kieslowski yKrzysztof
Piesiewicz
ConIrèneJacoby
Jean-LouisTrintignan