21/8/2019
La ruta de los refugiados: Alemania

La cara y la cruz de Alemania

División entre quienes mantienen que el islam debe considerarse parte del país y quienes lo tienen por un elemento ajeno, capaz de disolver las sociedades occidentales

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El Wannsee es uno de esos lagos que hacen de Berlín un lugar tan placentero en cuanto llega el buen tiempo. En sus orillas se levantan elegantes villas construidas hace más de un siglo en las que la burguesía pasaba los fines de semana o el verano. No lejos de estas espléndidas mansiones, las autoridades berlinesas han habilitado dos viejos edificios, una antigua escuela Montessori y lo que fue durante tiempo un hospital, como centros de acogida de los refugiados que llegan desde Siria, Irak o Afganistán. 

En el interior del albergue hay carteles en los que se solicita y agradece a la población local las donaciones para los refugiados, sobre todo de ropa, o se orienta a estos sobre  aspectos relacionados con la vida en Alemania. El ambiente es tranquilo. Nadie entre los vecinos parece protestar por la presencia de esas gentes obligadas a huir de la destrucción de sus países, adonde no saben si podrán regresar algún día.

Sloterdijk critica a Merkel por no distinguir entre derecho de asilo e inmigración

Es la otra cara de Alemania. La que no sale en los telediarios, más atentos a las manifestaciones antiinmigrantes de Pegida o a los argumentos xenófobos del partido Alternativa para Alemania. Claro que buena parte de la gente que vive en esa zona de Berlín no tendría razón para sentirse amenazada por la llegada de esos refugiados a los que tanto parecen temer, por su parte, otras capas de la población menos favorecidas y más preocupadas por la competencia que pueden suponer los recién llegados en el mundo laboral o en los servicios sociales.

La tranquilidad que se respira a orillas del Wannsee puede efectivamente llamar a engaño y ocultar otra realidad: la inseguridad que la llamada cultura de bienvenida —jaleada en un primer momento por la prensa y que tantos elogios le granjeó fuera a la canciller Angela Merkel— provoca en sectores cada vez más amplios, que sienten que Alemania no puede acoger a cuantos huyen de la persecución y la guerra sin perder su identidad.

En el encendido debate en torno al problema de los refugiados han intervenido últimamente dos conocidos filósofos: Peter Sloterdijk y Rüdiger Safranski. El primero ha hecho unas declaraciones a la revista política Cicero en las que acusa al Gobierno de no haber defendido la soberanía del país con su errónea política de fronteras abiertas. En la entrevista, el autor de Crítica de la razón cínica hace una encendida defensa de las fronteras nacionales y critica que Merkel no haya sabido distinguir entre derecho de asilo e inmigración.

“Muchos refugiados aprovechan los puntos débiles del Estado posmoderno y seudoposnacional. La sociedad posmoderna sueña con un Estado más allá de las fronteras y subsiste en un mundo surreal en el que se olvida que estas existen”, critica Sloterdijk. “Los alemanes han dormido el sueño de los justos. Las fronteras no eran para ellos más que obstáculos para el turismo. No han querido entender que desde 1945 han surgido 150 nuevos estados con 30.000 kilómetros adicionales de fronteras. Aquí se sigue creyendo que las fronteras solo están para ser violadas.” Sloterdijk no duda, sin embargo, de que la canciller dará marcha atrás porque “no hay que subestimar sus reservas de oportunismo”. El filósofo augura “larga vida al Estado nacional” porque es lo único que de momento “medio funciona”, y explica que “cuantos más refugiados lleguen a Europa, más frágil se tornará esta, para regocijo de sus rivales”, entre los que destaca a Estados Unidos.

Igualmente ultraconservador en sus juicios se muestra Rüdiger Safranski, quien en la presentación de su libro Zeit (En torno al tiempo) se lamentó del profundo “desconocimiento del mundo” que tiene la Alemania surgida de la Segunda Guerra Mundial, que “da muestras de tanta inseguridad” cuando le toca moverse en el escenario internacional.

“En toda Europa, salvo en Suecia, se dice que los alemanes estamos locos. La inmadurez de la política germana se expresa en la máxima según la cual a los refugiados no hay que ponerles fronteras”, critica Safranski. “No se ha pensado a fondo lo que todo ello significa, pues de acuerdo con la práctica actual, y si se mide por los estándares democráticos y económicos de este país, dos tercios de la población mundial tendrían derecho de asilo en Alemania”.

Según Safranski, “los políticos germanos no paran de hablar de la intangible dignidad humana. Pero esta no cae del cielo, sino que presupone la existencia de un Estado que funciona y que es capaz de garantizarla en el interior de sus fronteras”.

Frente al pensamiento de ambos filósofos, distintos sectores de la sociedad —sindicatos, empresariado e iglesia— han publicado un llamamiento que aboga por proteger la “dignidad de todas las personas, fortalecer la cohesión social, fomentar el diálogo, crear espacios de encuentro y una política solidaria que proporcione oportunidades a cuantos viven en Alemania”.

Son cada vez más los que se quejan de que el mismo Estado que ha mantenido muchas escuelas semiabandonadas o renunciado a construir las necesarias viviendas sociales para los propios alemanes se vuelque ahora en la acogida de todos esos inmigrantes que otros países europeos no quieren.

Los economistas, por su parte, ven el problema en términos de costes y beneficios: según una reciente encuesta del instituto IFO, un 40% de esos profesionales considera que los refugiados traerán al país más perjuicios que ventajas, mientras que solo un 23% cree que aportará beneficios. Al mismo tiempo, un 56% aboga por rebajar el salario mínimo para los inmigrantes no cualificados, algo que rechaza un 37% de los encuestados, mientras que los más pesimistas pronostican sobre todo futuras tensiones entre inmigrantes y trabajadores locales. Un 45% de los economistas que han participado en la encuesta cree que la inmigración obligará al Estado a endeudarse, un 36% aboga por aumentar los impuestos, un 21%, por recortar el gasto social y un 22%, por retrasar la edad de jubilación para todos.

Mientras tanto, los comentaristas parecen divididos entre quienes culpan a la canciller de no haber consultado a sus socios antes de abrir las puertas a los refugiados y los que acusan a los otros gobiernos europeos de insolidaridad con Alemania por no aceptar su reparto.

Angela Merkel no calculó bien, argumentan los primeros, la susceptibilidad y resistencias del resto de los gobiernos europeos. Y, dispuesta a dar siempre lecciones a los demás, creyó que podía hacer lo mismo que con la política de austeridad.

En el propio partido democristiano de la canciller aumenta la preocupación y crecen las protestas por lo que consideran una política equivocada que puede pasarles factura en las próximas elecciones regionales, y los bávaros de la Unión Social Cristiana amenazan con presentar incluso un recurso ante el Tribunal Constitucional si Merkel no cambia de rumbo. Mientras unos buscan responsabilidades o cruzan acusaciones, las redes sociales se hacen eco de los más descabellados rumores sobre los refugiados.

Así, circulan en internet historias que hablan de supuestas violaciones, de robo de cabras en zoos infantiles que luego se comen los refugiados o de bonos que dan algunos ayuntamientos a los varones para que vayan a un burdel a desfogarse.

“Alejar todo lo extraño”

Hay muchos que no parecen tener ningún empacho en difundir tales falsedades mientras se acusa a los medios tradicionales de minimizar el problema o incluso de mentir para no verse acusados de racismo, es decir, por pura corrección política. Los más cultos entre los reaccionarios citan al filósofo jurídico alemán de extrema derecha Carl Schmitt, quien escribió que “la fuerza política de una democracia se manifiesta en su capacidad de apartar o alejar todo lo extraño, lo desigual, cuanto amenaza la homogeneidad”.

El debate está, pues, abierto entre quienes mantienen que el islam debe considerarse parte de Alemania y quienes lo tienen por un elemento ajeno, capaz de disolver nuestras sociedades occidentales.

La mayor intolerancia hacia los musulmanes se da en la antigua RDA, con población más homogénea

La mayor intolerancia hacia los refugiados de religión musulmana se da en las regiones de la antigua RDA, donde la población ha sido siempre más homogénea, y no en lugares más acostumbrados al fenómeno multicultural como puede ser Berlín. Hay quienes en cualquier caso consideran una vergüenza que Sajonia,  donde nació y se consolidó la reforma protestante, que tuvo entre sus hijos a genios como Bach y cuya capital, Dresde, era conocida por su belleza y su cultivo de las artes, lo sea ahora sobre todo por los ataques a los refugios de inmigrantes y por las manifestaciones de la ultraderecha.