19/7/2018
Europa

La Unión Europea se siente amenazada por los débiles

Bruselas se dispone a suspender Schengen mientras aumenta la llegada de migrantes a Grecia, en cuyas aguas han muerto más de 70 en lo que va de año

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La Unión Europea se siente amenazada por los débiles
Miles de refugiados y migrantes en el puerto de Lesbos esperan para embarcar en el ferri hacia el Pireo, Atenas. Elio Germani para Ahora

Todavía temblando de frío a pesar de que las han cubierto con papel de aluminio dorado, dos niñas pequeñas afganas charlan animadamente. Su madre mira hacia el mar, sobre todo hacia Turquía, de donde su familia acaba de llegar después de un viaje de dos horas en un bote hinchable gris. A unos dos kilómetros de las costas de Lesbos, el motor de la embarcación se rompió. El bote de goma empezó a llenarse de agua, pero por suerte los pasajeros fueron avistados por miembros de la ONG española Proactiva Open Arms (brazos abiertos). Todos sus miembros son experimentados socorristas, veteranos de las playas catalanas y vascas. De forma casi rutinaria, se pusieron manos a la obra y se aseguraron de que el bote hinchable llegara al pequeño puerto de la pintoresca aldea de Skala Sikaminias, que hoy alberga al menos a 20 socorristas de todo el mundo.

“Hace frío, pero estoy aliviada. Nos estábamos desesperando, pero al fin estamos seguras. Estoy muy agradecida a la gente que vino a rescatarnos”, dice sonriendo una anciana vestida de negro procedente de Douma, uno de los barrios de Damasco más golpeados por la guerra. La señora S. ha perdido a sus dos hijos en el conflicto. En su largo viaje a Lesbos le han acompañado sus nietos y la viuda de su hijo mayor. “Solo queremos estar seguros. Esperamos que Europa nos acoja”, dice encogiéndose de hombros el menor de los dos niños. Está jugando con un montón de falsos chalecos salvavidas. La mayoría de estas copias mortales, debe decirse, han sido fabricadas por niños sirios en garajes-taller a lo largo de la costa turca. Ahora mismo, ellos  son la mano de obra más barata que puede encontrarse.

En Lesbos, innumerables ONG y voluntarios trabajan sin pausa para moderar la gran tragedia humana. Pero no importa lo mucho que se esfuercen, nunca es suficiente. Los migrantes y los refugiados siguen muriendo a una escala inmensa.

Brazos abiertos

“Estamos tratando de hacer todo lo que podemos —me dice Joaquim Acedo, con una espesa barba, mientras hablamos bajo el frío sol invernal—. La mayoría de mañanas estamos en el mar ya a las seis, cuando empiezan a llegar los primeros botes. Nuestro primer y único objetivo es salvar vidas. No pienso en la política. No tengo tiempo para eso. Pero tengo mi propia opinión sobre el asunto. Llegar a Lesbos desde Turquía en un ferri regular cuesta 10 euros y es completamente seguro. Llegar en lanchas de plástico cuesta 1.200 euros y puede costarte la vida fácilmente.”

Acedo es el coordinador de este equipo de rescate español. Proactiva Open Arms, sin duda, ha estado a la altura. “Ahora —explica este joven cansado— somos muchos aquí: Sea-Watch, Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, los guardacostas portugueses, los guardacostas griegos, Frontex, los americanos… Estamos coordinando nuestros esfuerzos lo mejor que podemos y esforzándonos un poco más cada día. Pero nos viene bien toda la ayuda que sea posible. Especialmente ahora; el tiempo está mejorando y cada día viene más gente.”

“Lo peor es cuando te toca decidir a quién tienes que salvar y a quién vas a dejar que se ahogue” 

Esta es la segunda estancia de Joaquim Acedo en Lesbos desde que Proactiva se sumó a las acciones de rescate en septiembre. Normalmente, cada equipo trabaja durante 15 días y después sus miembros dejan la isla y se van a casa, completamente exhaustos. Todos participan como voluntarios, lo que significa que los que tienen trabajo deben gastar sus días de vacaciones para poder salvar vidas.

“Lo peor es cuando te toca decidir a quién tienes que salvar y a quién vas a dejar que se ahogue —añade en voz baja Joaquim—. A veces hay 40 personas en el agua, todas gritando para que les salves la vida. Y no importa lo que hagas: por mucho que nades, nunca puedes salvarlos a todos…”. Solo el año pasado llegaron a la Unión Europea 450.000 personas por Lesbos, casi la mitad de todas las que llegaron a las islas griegas a través de Turquía. Hay que tener en cuenta que Lesbos es una isla de unos 90.000 habitantes y tiene una infraestructura humanitaria excepcionalmente débil. A pesar de todo, es el principal punto de entrada de la UE para migrantes y refugiados.

Sin compasión

En estos momentos, casi no hay presencia de las instituciones europeas en la isla, con la excepción de Frontex, la agencia europea para la seguridad de las fronteras exteriores de la Unión. En los próximos meses, la jurisdicción del personal de Frontex sin duda se expandirá considerablemente. La principal respuesta “estratégica” de la UE a la tragedia humanitaria es fortalecer su frontera exterior, especialmente la que limita con Turquía. Una parte de esta “solución” es el reciente trato con las autoridades turcas para que estas asuman la mayor parte de la responsabilidad sobre los migrantes y refugiados entrantes. La suma entregada a Ankara por la Unión Europea fue de 3.000 millones de euros.

El año pasado, unas 350 personas se ahogaron en el peligroso viaje desde Turquía hasta Grecia, las suficientes como para que se buscara una nueva ubicación para el cementerio, en Mytilini, puesto que ya no había lugar en el anterior. Este año ya se han perdido al menos 70 vidas en el viaje. Este particular crimen contra la humanidad no hace más que empeorar.

El día en que soy testigo de su venerable labor, los socorristas españoles salvan más de 50 vidas, vidas que las élites políticas y la opinión pública europeas ven cada vez más como una amenaza a su forma de vida cristiana.

“Pero ¿cómo puede ser esto? ¡Esa idea es inaceptable para un cristiano! —exclama el padre Christophoris, un sacerdote ortodoxo con el que me siento en un café lleno de humo en la cercana aldea de montaña de Sikaminia—. Los refugiados llevan 15 años llegando a Lesbos. Primero desde Afganistán, después desde Irak y ahora desde Siria. Nuestra obligación es ayudarlos todo lo que podamos. Todos nosotros podríamos estar en su lugar de no ser por la misericordia de Dios. Esta es nuestra oportunidad de escoger entre ser buenos y ser malos, ¡es tan simple y directo como eso!”.

El extraordinario y rubio hombre santo está ahora en el eje de la coordinación del alivio a los refugiados en la parte norte de la isla. La última vez que llegó un flujo semejante de personas desesperadas a ese lugar fue en 1921 y 1922, cuando muchos griegos huían de Turquía. También ellos fueron un peso para los locales. 

“No hay compasión sin acción directa —me dice el padre Christophoris con una sonrisa melancólica—. Y esa es la razón por la que la contribución de todos los voluntarios y los locales es impagable. Han venido desde Grecia y desde todo el mundo y han reemplazado al Estado. Ellos han demostrado claramente lo que hay que hacer.”

En el campo de refugiados de Moria la mayoría tiembla, algunos de ellos incontrolablemente. En este día, el corazón entero del Mediterráneo es terriblemente frío. Los picos de las montañas cercanas han sido blanqueados por la nieve, lo que hace el viaje de los refugiados aún más arduo. Muchos  de ellos se descorazonaron al saber que, debido a una huelga del personal marítimo, todos los ferris al Pireo han sido cancelados. Durante un tiempo, lo único que han podido hacer es mirar sus teléfonos móviles mientras se les ocurre un plan B.

El sentimiento antirrefugiados se ha convertido en el estado de ánimo de la opinión pública europea

Se me acerca un hombre llamado Said, procedente de la región que rodea Alepo. Dice que ha llegado a Lesbos esta mañana acompañado de su esposa, seis hijos y tres hijas. A diferencia de muchos de los refugiados que se dirigen a Alemania o Suecia, a él le da igual dónde termine su huida. “Lo único que quiero es seguridad. Solo queremos un lugar en el que no nos bombardeen a diario.”

Cerrando las fronteras

“Me pasé buena parte de este verano conectado a internet y viendo imágenes de cómo nuestra gente era recibida calurosamente en Alemania —me dice un hombre llamado Farouk—. Y al final decidí partir yo también. Sabía que si me quedaba en Siria sin duda me matarían. No tengo amigos poderosos en ninguno de los dos lados. Pero no podía dejar a mis padres, ¿verdad? Ellos fueron quienes me sugirieron que me uniera a uno de los grupos de refugiados que se encaminaban hacia Turquía.”

Farouk estaba excepcionalmente bien informado sobre todos los aspectos de la llamada ruta balcánica de los refugiados. Al partir de casa, sabía que sus posibilidades de alcanzar una nueva vida en Europa eran mucho menores que unos pocos meses antes. Pero quedarse habría significado un riesgo aún mayor. El hecho de que Farouk proceda de Siria ciertamente aumenta sus posibilidades de entrar donde quiere ir. Sin embargo, las posibilidades de que le concedan el asilo son pocas o ninguna.

Las políticas europeas para refugiados y migrantes (que en realidad son políticas antirrefugiados y antiimigrantes) degeneran a cada momento. En el interior del territorio de la UE, varios cientos de miles de refugiados han estado esperando meses para entrar en el mercado de trabajo. Hasta Alemania, que dio ejemplo abriendo sus puertas de par en par, ha terminado accionando el freno de mano. En muchos sentidos, no hay de qué sorprenderse. El Gobierno de Merkel se enfrenta a una posición particularmente amarga entre las filas de su propio partido. La política de puertas abiertas de Alemania ha terminado irrevocablemente. En consecuencia, la ruta balcánica se está cerrando.

El 25 de enero los ministros del Interior de la UE solicitaron a Bruselas la prolongación del control de fronteras interiores durante dos años más. Unos días antes, las autoridades austriacas anunciaron que solo 37.500 personas podrían pedir asilo este año. El régimen en la frontera entre Austria y Eslovenia, donde durante los últimos tres meses el acuerdo de Schengen se ha convertido en un bonito recuerdo, será sin duda más estricto de lo que lo es hoy. En las próximas semanas y meses, los alemanes empezarán a devolver a miles de personas a Austria, mientras que los austriacos se dispondrán a mandarlos hacia el pequeño país rodeado de barricadas en que se ha convertido Eslovenia.

Al mismo tiempo, las autoridades macedonias han cerrado temporalmente su frontera con Grecia en Gevgelija. Ya el pasado otoño, los macedonios en la frontera entre Macedonia y Grecia empezaron a dar la espalda a los refugiados que no procedían de Siria, Irak o Afganistán. Según nuestra información, hay posibilidades claras de que no tarden en cerrar la frontera completamente. Tal como están las cosas, el escenario más probable es que el mayor peso de la carga caiga de nuevo sobre la económicamente saqueada Grecia. Bruselas, que ha vendido recientemente sus acciones en la responsabilidad por los refugiados a una cada vez más inestable Turquía, volverá a sacrificar a Grecia ante el altar de sus intereses cortoplacistas.

“¡Nunca nos iremos!”

Desde aquí hasta el auge definitivo de movimientos neonazis como Amanecer Dorado no hay más que un corto paso. El sentimiento antirrefugiados se ha convertido en el estado de ánimo europeo. Esto es cierto tanto por lo que respecta a una opinión pública cada vez más xenófoba como a las élites políticas, que al fin han sido liberadas de la máscara de la corrección política. Esto no solo es así en la Europa excomunista, sino también en países como Suiza y Dinamarca, donde, al llegar, los refugiados son despojados de una parte de sus pertenencias.

Sopla un viento gélido en el puerto de Mytilini, donde miles de personas esperan para subirse a un ferri en dirección al Pireo y Kavala. Debido a una larga huelga del personal marítimo, unos 3.800 refugiados habían quedado varados en la isla. Alrededor de un 65% de ellos eran mujeres y niños.

En todo el puerto, los refugiados buscan resguardarse del terrible frío. Muy pocos de ellos van vestidos para esas condiciones árticas. Tres jóvenes afganos han logrado hacer una hoguera en una montaña de basura para calentarse. Llevan 30 días de viaje. “Nunca nos iremos. Los tres hemos pedido dinero prestado para venir aquí. Primero tenemos que trabajar duro para devolverlo, solo entonces podremos empezar a cuidar de nosotros mismos y de nuestras familias”, dice Reza, de Kabul, de 19 años.

Cuando finalmente permiten a los refugiados que suban a bordo, la mayoría de ellos están tan cansados y tienen tanto frío que son incapaces de sentir alegría. Es como si fueran demasiado conscientes de lo que tienen ante sí en lo que les queda del viaje por la ruta de los Balcanes.

Confiscación de bienes

El Parlamento danés ha aprobado la polémica reforma que restringe los derechos de los refugiados y contempla que se les requisen los bienes de más de 1.340 euros (al principio se habló de solo 400 €), pudiendo conservar objetos de valor sentimental como las alianzas. La incautación de bienes, que ya se aplica en Suiza y los estados alemanes de Baden-Württemberg y Baviera —y se compara con las prácticas nazis—, busca cubrir gastos e igualar las condiciones de los peticionarios de asilo con las aplicadas a los daneses para acceder a ayudas públicas.