19/6/2019
Política

La disputada conversión de votos en escaños

La lucha en la izquierda por el segundo puesto puede acabar arrebatando asientos al PP por la ley D’Hondt

Juan Luis Gallego - 03/06/2016 - Número 36
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La disputada conversión de votos en escaños
Una persona deposita su voto en las elecciones del 20-D, en Pozuelo de Alarcón (Madrid). javier soriano / afp / getty
No se adivinan grandes cambios. Las encuestas en torno al resultado de las elecciones del 26-J vaticinan un resultado no muy diferente al del pasado diciembre, que inauguró la legislatura frustrada. Quizás un avance del PP, un resultado incierto de Ciudadanos y dudas sobre la capacidad de la coalición Unidos Podemos para arrebatar al PSOE la hegemonía de la izquierda. Incertidumbres suficientes, en cualquier caso, para que hayan aparecido en el escenario otras variables no siempre comunes en los procesos electorales. Por ejemplo: ¿podría el PSOE seguir manteniéndose como segunda fuerza política en número de escaños aun logrando menos votos que la coalición de Pablo Iglesias y Alberto Garzón? O ¿puede un hipotético crecimiento de esta alianza electoral arrebatar votos a los socialistas pero escaños al PP? Y, por último, ¿realmente la abstención perjudica siempre a la izquierda?

En la contestación a estas preguntas, entre otras, pueden encontrarse algunas de las claves del resultado de las elecciones. Lo que sigue pretende dar respuesta, de forma hipotética, a estas tres claves electorales con los testimonios de Pablo Simón, doctor en Ciencias Políticas, miembro de Politikon, y Julián Santamaría, catedrático emérito de Ciencia Política, y el análisis objetivo de la Ley Electoral y los resultados de anteriores comicios. Estos datos quizás no sirven para decidir el voto, pero sí para entender el resultado.

La lucha por el segundo puesto

Es una de las incógnitas del proceso si se da por descontada la victoria del PP: ¿conseguirá la coalición Unidos Podemos arrebatar al PSOE el segundo puesto? Si los resultados se repitieran y la coalición logra aunar en una misma candidatura los votos que en diciembre consiguieron Podemos, las confluencias e IU, no hay dudas: sus más de 6,1 millones de votos sobrepasarían a los 5,5 que lograron los socialistas. Pero, aun en ese caso, puede ocurrir que, obteniendo menos votos que su rival, el PSOE logre más diputados en el Congreso.

Podemos podría tener más votos y menos escaños que el PSOE porque la Ley Electoral prima el voto rural

Es la consecuencia de la aplicación de la Ley Electoral, especialmente de la combinación de dos factores: la consideración de cada provincia como una circunscripción electoral y la asignación de un mínimo de dos diputados a cada una de ellas independientemente del número de habitantes, es decir, la sobrerrepresentación de muchos territorios. Es el modelo que eligió la UCD durante la Transición, concebido para alcanzar la mayoría absoluta con un 34% de los votos y maximizar el valor del voto rural, al menos entonces mayoritariamente conservador, según explica Pablo Simón.

Ese voto rural, sin grandes núcleos urbanos, con una población menos joven y, en principio, menos azotada por la crisis y el paro, sigue siendo ahora mayoritariamente fiel a los partidos tradicionales, lo que, en este caso, favorece al PSOE frente a Podemos. Especialmente, dice Simón, en las dos Castillas y, en menor medida, en Andalucía.

La consecuencia se explica fácilmente con un ejemplo: los 337.000 votos que los socialistas sacaron en Castilla y León en diciembre pasado se tradujeron en 9 diputados; Podemos, sin embargo, con 750.000 votos en la Comunidad de Madrid, mucho más poblada y donde, por tanto, los escaños son más caros en número de votos, logró 8. Estirando el argumento: si solo existieran Castilla y León y Madrid, Podemos e IU habrían ganado ampliamente en número de votos al PSOE, pero sus 1.234.000 votos le sirvieron para lograr 11 escaños mientras el PSOE, con 981.000 votos, sumó 15 entre las dos comunidades. Algo que, según los expertos, puede pasar en las próximas elecciones generales.

¿Quién debería entonces, entre ambos, asumir la responsabilidad de formar gobierno si llega el momento, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias? El catedrático Julián Santamaría contesta: “En términos de principios puede resultar discutible, pero en términos pragmáticos debe formar gobierno quien esté en mejores condiciones de hacerlo, es decir, quien tenga más escaños”. Santamaría recuerda que, de hecho, esto ya ocurrió en las elecciones autonómicas catalanas de 1999: CiU, liderada entonces por Jordi Pujol, logró cuatro escaños más que el PSC, pese a tener 5.000 votos menos. Los socialistas, con Pasqual Maragall al frente, fueron los más votados. El apoyo del PP permitió a Pujol formar gobierno.

Los escaños en peligro del PP

Esta disputa en el seno de la izquierda puede tener, paradójicamente, consecuencias negativas para el bloque de la derecha que conforman PP y Ciudadanos. No en términos de votos: todas las encuestas vaticinan un ligero crecimiento de los populares, rebañando votos de la abstención de diciembre o incluso recuperando algunos de los fugados a Ciudadanos, y nada hace pensar que pueda haber un significativo trasvase de votos desde la izquierda a la formación de Albert Rivera. Pero sí podría perjudicarle en escaños.

Entre 10 y 14 diputados de este bloque, la mayoría de ellos, según los expertos, del PP, peligran. Y peligran más, en principio, en la medida en que más suba Unidos Podemos. La explicación hay que buscarla, de nuevo, en la Ley Electoral, en este caso especialmente en la fórmula D’Hondt que regula el reparto de escaños entre las candidaturas. En un sistema bipartidista, mientras más alejado esté el tercer partido, más provecho sacan los grandes a sus votos: en la mayoría de las provincias, sobre todo en las más pequeñas y que menos diputados envían al Congreso, el reparto de escaños finaliza antes de que los números del tercer partido le permitan entrar en juego. Pero eso es cosa del pasado. La entrada en liza de una tercera formación, Unidos Podemos, con niveles de apoyo similares a los de los grandes, democratiza el reparto.

El ejemplo de Teruel

Se puede explicar con el ejemplo de la provincia de Teruel, donde se dirimen tres escaños. En las elecciones generales de diciembre, el PP logró 28.224 votos; el PSOE, 19.854 y Podemos, 11.806. La fórmula D’Hondt establece que, para asignar esos tres escaños, se divide el número de votos por 1, 2 y 3 (tantas divisiones como número de escaños) y se asignan a los cocientes mayores. En este caso, el primero fue para los 28.224 votos del PP. El segundo, para los 19.854 del PSOE y el tercero, para los 14.112 resultantes de dividir los votos del PP entre dos. Se acabó: Podemos no entró en el reparto. Pero si en las próximas elecciones los resultados se repiten y Podemos logra sumar a sus votos los 3.873 que consiguió IU en Teruel, sus más de 15.600 servirían para arrebatar el PP ese tercer diputado.

Es en esas provincias, en las que el último escaño se asignó por una leve diferencia de votos, donde se encuentran esos llamados escaños marginales que pueden cambiar de color fácilmente. Según un estudio realizado por la politóloga María Ramos, de Politikon, la repetición exacta de los resultados del 20 de diciembre, con la única variación que supone sumar los votos de Podemos e IU en una misma candidatura, permitiría a esta formación conseguir 14 escaños más: uno a costa del PNV, dos del PSOE, cuatro de Ciudadanos y hasta siete del PP: además del de Teruel, en Málaga, en Granada, en Las Palmas, en Murcia, en Ciudad Real y en Zaragoza.

El PP y Ciudadanos podrían perder entre 10 y 14 diputados por el empuje de la coalición de Iglesias y Garzón

Será en estas provincias, probablemente, donde el PP concentre una parte importante de la campaña, consciente de que un puñado de votos puede salvar un escaño. En el mencionado caso de Teruel, a los populares les bastaría con conseguir otros 1.500 votos para que los 15.600 de Unidos Podemos siguieran sin servir para nada. Los de Ciudadanos, según este análisis de María Ramos, peligran en Santa Cruz de Tenerife, Sevilla, Albacete y Guadalajara; los del PSOE, en Jaén y Álava, y el del PNV, en Vizcaya. Todos, según esta hipótesis en la que no se valoran más cambios que la suma en una candidatura única de los votos de Podemos e IU, a favor de la coalición resultante.

La incógnita de la abstención

Tanto Pablo Simón como Julián Santamaría coinciden en afirmar que, a pesar de la repetición del tópico, no hay un solo dato objetivo para afirmar que los votantes de izquierda son más propensos a la abstención. Tampoco, por tanto, para asegurar que si la frustración en los ciudadanos causada por el fracaso de la legislatura anterior se traduce en un aumento de la abstención vayan a ser los partidos de izquierda los más afectados.

Pero cada cita con las urnas presenta unas condiciones específicas que sí pueden arrojar pistas sobre el comportamiento de los futuros abstencionistas. Simón recuerda, en este sentido, que Podemos fue el partido que más abstencionistas llevó a las urnas en las últimas elecciones, pero advierte de que se trata de un colectivo “potencialmente fácil de desmovilizar. No existe todavía una rutina de voto para asegurar que si lo hizo el 20-D pueda lograrlo también el 26-J, aunque el impulso que supone la alianza con IU puede jugar a favor del partido liderado por Pablo Iglesias”. En el caso del PSOE, según este analista, también ocurre que su electorado suele tomar la decisión de voto “más tarde”, lo que en su caso convierte la campaña y su efecto movilizador en especialmente determinante.

A ello se une, según Julián Santamaría, que el PP es el partido que más posibilidades tiene de recuperar votos de entre los abstencionistas del 20-D, cuando más de 9,2 millones de ciudadanos no acudieron a votar, el 26,8% del total. Cabe suponer que entre ellos figuraban muchos antiguos votantes populares, descontentos con la gestión del Gobierno de Mariano Rajoy, que podrían estar inclinados ahora a pensar que, tras la legislatura frustrada, ha llegado el momento de dar una nueva oportunidad al PP.

Ambos analistas coinciden también en que no hay datos para pensar que la derecha sea más benévola con los errores de los suyos. Lo que ha ocurrido tradicionalmente es que, en caso de descontento, la izquierda, dada su fragmentación, ha tenido más opciones para elegir.