15/10/2019
Política

La izquierda dividida da bazas al PP

Rajoy, impasible a los escándalos, aspira a alzarse con la victoria el 26-J aprovechando la fragmentación de sus rivales.
La investidura tardará semanas, salvo que un partido obtenga una mayoría suficiente que facilite los pactos

AHORA / Rosa Paz - 03/06/2016 - Número 36
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La izquierda dividida da bazas al PP
Pedro Sánchez durante la presentación de sus propuestas electorales “Compromisos para un sí al Gobierno del cambio”. Javier Lizón / EFE
Con o sin sorpasso, que de producirse provocará un terremoto en la política y la izquierda españolas, los sondeos vaticinan unos resultados para el 26-J muy similares a los del 20-D, en el sentido de que ningún bloque tendrá la mayoría absoluta para garantizar la investidura del presidente del gobierno. Ni el PP con Ciudadanos sumará lo suficiente ni lo harán el PSOE con Unidos Podemos o viceversa, según coinciden en augurar todas las encuestas. No será fácil, por tanto, que el líder del PSOE pueda cumplir la promesa hecha la semana pasada en las jornadas del Círculo de Economía celebradas en Sitges de que no habrá terceras elecciones. Ni él, ni los otros candidatos.

Algunos se apresuraron a interpretar las palabras de Sánchez como la promesa de que los socialistas facilitarán un gobierno del PP con Ciudadanos o directamente la gran coalición. Pero parece que fue una conclusión equivocada, no solo porque en plena campaña ningún partido puede hacer una confesión de ese tipo sin arriesgarse a perder aún más votos, sino porque ni la cúpula del PSOE ni los barones críticos respaldan un apoyo, ni activo ni pasivo, al PP para que siga en el poder. Lo dejaron claro en diciembre y a lo largo de las pasadas negociaciones para la investidura y lo han vuelto a ratificar ahora. Claro que hay socialistas notables, ya sin responsabilidades orgánicas, que apoyan la gran coalición o al menos dejar que el PP gobierne si es la fuerza más votada. Sus presiones fracasaron después del 20-D.

“Mariano se fuma un puro”

Ahora, en los medios económicos que en los meses pasados también apremiaron al PSOE para que facilitara un gobierno de los populares, cunde la idea de que el PP y Ciudadanos sumarán los escaños suficientes. Cabe la duda de si el presidente de ese ejecutivo futuro sería Mariano Rajoy, dado que su sustitución es la condición innegociable que ha establecido Albert Rivera para apoyar la investidura. Lo cierto es que portavoces de la oposición e incluso dirigentes del PP críticos con Rajoy consideran que el presidente del Gobierno en funciones se mantiene impasible ante todo lo que ocurre a su alrededor.

Los sondeos han fijado la imagen de que el PP se consolida y de que  Unidos Podemos puede superar al PSOE

“Mariano se fuma un puro”, explica entre irónico y abatido un veterano dirigente popular, que lamenta que de nuevo la estrategia de no hacer nada le acabe por dar réditos electorales. Una frase que, a su juicio, define la actitud del presidente. La parálisis que demostró ante la posibilidad de una investidura y la indiferencia que demuestra cada vez que aparecen escándalos nuevos que afectan a dirigentes del PP—la Guardia Civil apunta ahora al presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez— o datos escabrosos de otros ya conocidos
—la Púnica y de su cabecilla Francisco Granados, por ejemplo—.

 Así que Rajoy, apoyado en los sondeos, está convencido de que esta vez sí conseguirá la investidura gracias al apoyo de los diputados de Ciudadanos y, si hiciera falta, de la abstención de otros. Los socialistas incluidos. Porque su jugada pasa por conseguir algún diputado más y por que en esta ocasión los dirigentes del PSOE no tengan fuerza para ignorar las presiones del Ibex35, de Bruselas y de sus mayores en el partido.

El PP sabe que su posible triunfo electoral no se debe a méritos propios, hace seis meses perdió 3,6 millones de votos y 62 diputados. Un descalabro en toda regla, si no fuera porque la división de la izquierda debilitó más todavía a sus oponentes. Ahora confía no tanto en recuperar a los electores perdidos —quizás a un puñado de los que se fueron en diciembre a Ciudadanos— como en mantener los algo más de siete millones que aún le fueron fieles. Confía en eso y en el convencimiento de que los casi 12 millones de votos de la izquierda seguirán divididos en dos bloques. Es decir, que aspira a ser la fuerza más votada y seguir en La Moncloa gracias a los errores de sus rivales, que podrían no unirse para gobernar, incluso en el caso improbable de que juntos  sumaran mayoría absoluta de escaños.

Crear opinión

Estas previsiones de voto se dan por supuestas porque los sondeos están fijando desde hace tiempo en la opinión de los ciudadanos la idea de que va a ser así: que el PP se consolida, que el PSOE y Unidos Podemos se pelean por la hegemonía de la izquierda, que la formación que lidera Pablo Iglesias podría superar a la de Pedro Sánchez, algunos dicen que solo en votos y no en escaños, y que la personalidad de Ciudadanos se difumina, pese a sus esfuerzos por garantizar la gobernabilidad o, aunque parezca paradójico, quizás por ello. Estos son los mimbres que manejan los electores. Pero sobre todo son los que los candidatos y sus equipos de campaña utilizan para construir un mensaje creíble, que llegue a sus votantes y que refuerce o transforme esa percepción predefinida.

Al PP le conviene preservar la imagen de que va en cabeza y conseguirá gobernar. A Unidos Podemos también le interesa fortalecer la idea de que puede superar al PSOE y convertirse en la segunda fuerza política en España. Quien necesita, sin embargo, que los electores tengan una percepción diferente de lo que puede ocurrir el
26-J son los socialistas, que tienen que convencerlos de que el sorpasso no se va a producir y alentar el voto a sus siglas de aquellos votantes que se mueven entre la desconfianza y la pereza. Reconquistar a los que les han ido abandonando desde 2011 y evitar que quienes aún los votaron el 20-D tiren la toalla. Ciudadanos tiene también que recuperar la imagen de un partido útil, que llega para regenerar la política española.

Los asesores sostienen que si algún candidato se equivoca en el debate televisado del día 13 perderá votos el 26-J

De ahí que Rajoy, entre promesa y promesa de bajar los impuestos, se muestre tan seguro. Que en Unidos Podemos hayan decidido reducir los mítines de Pablo Iglesias y dedicarle más a los actos pequeños en los que su tono de voz es más medido, complaciente y afable y, por tanto, produce menos rechazo en algunos sectores. Y que Sánchez se haya lanzado a explicar que es el único capaz de arrebatarle la Presidencia del Gobierno a Rajoy y hable de programa y de cuál será su gobierno. Más allá de promesas, como la de que no habrá terceras elecciones, que permiten interpretaciones equívocas.

El debate decisivo

La clave para todos ellos está, no obstante, en el debate a cuatro del 13 de junio. No tanto porque pretendan ganarlo —la victoria en ese tipo de espectáculo televisivo siempre es subjetiva— sino porque el que se equivoque perderá. Y los asesores de campaña sostienen que esa hipotétita derrota sí puede tener consecuencias en las urnas.

 En todo caso, salvo que alguno de los partidos se alce con una mayoría muy amplia que le permita forjar alianzas inmediatamente, no parece que la investidura y la formación del próximo gobierno vayan a ser un proceso rápido. Incluso si la suma de los diputados del PP y Ciudadanos diera suficiente para elegir presidente, la condición de que Rajoy dé paso a otro candidato y la resistencia de este a hacerlo pueden retrasar eternamente la sesión de investidura. El PSOE también lo tendría complicado. Porque, al igual que en diciembre, sus dirigentes —e incluso sus votantes— están divididos sobre un pacto con Podemos. Los barones críticos —hasta los que gobiernan gracias a ese partido— se oponen, incluso si el PSOE es segunda fuerza y con la coalición a su izquierda sumara suficiente para la investidura. Y tampoco están por facilitar el gobierno del PP, porque creen que los llevaría a perder muchos más votos en el futuro. Así que en esta campaña anodina los partidos pelean por romper el empate para poder poner pronto fin a la interinidad.