11/7/2020
Libros

Las crónicas de Corea del Norte. Los Kim y la risa

Todos los libros de viajes al sistema totalitario más cerrado del mundo muestran la tragedia y, al mismo tiempo, no dejan de producir una terrible sensación de chiste

Ismael Grasa - 17/06/2016 - Número 38
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Las crónicas de Corea del Norte. Los Kim y la risa
Kim Jong-un en Pyongyang en 2014. POLARIS / Contacto
Se ha publicado en castellano Dentro del secreto, del portugués José Luís Peixoto (Galveias, 1974), un libro en el que el autor hace una crónica de su estancia en Corea del Norte. La cuestión que ahí se trata —el sistema totalitario más cerrado, cruel y paranoico que existe hoy en el mundo— me ha llevado a otros textos, como el estupendo testimonio de la escritora Suki Kim (Seúl, 1970), Sin ti no hay nosotros, publicado el año pasado, o a la figura de la prófuga Hyeonseo Lee (Hyesan, 1980), quien con David John dio lugar a un libro sobre su experiencia, La chica de los siete nombres. Aunque no sea de actualidad, hay que traer también a esta pequeña recopilación un clásico del cómic y de la crónica de viaje, Pyongyang (Astiberri va ya por la 11ª edición), de Guy Delisle (Quebec, 1966).

En todas las crónicas se visitan los mismos edificios, la misma fábrica y el mismo restaurante

La dictadura de Corea del Norte, siendo una de las tragedias actuales de la humanidad —el secuestro completo de una nación, con una población aislada e ignorante de lo que sucede en el mundo—, es algo que a la vez resulta a menudo cómico para quienes lo vemos desde fuera. Yo mismo no he podido dejar de reírme en algunos pasajes de estas lecturas. Y recuerdo las risas de algunos compañeros míos de trabajo, cuando el Mundial de Sudáfrica, al hacer chistes sobre la motivación de los jugadores norcoreanos de la selección de fútbol, sobre si serían enviados a campos de trabajo en caso de perder, etcétera, o las bromas sobre los gustos musicales de Kim Jong-un y sus purgas, empezando por la ejecución de su tío y la desaparición de su tía. Suki Kim cuenta cómo el régimen no pone en la televisión los partidos de su selección en directo, sino una vez que han acabado, y solo si ha ganado Corea del Norte. Es esta la terrible sensación de chiste que uno tiene leyendo las crónicas sobre ese país. Hay un momento en que los alumnos norcoreanos de la universidad en la que trabajó Suki Kim se muestran eufóricos porque su selección había ganado a la de Japón. Ellos, que no tienen acceso a internet, no pueden saber lo que la profesora averigua un rato después: que el partido que han visto no solo no era en directo, sino que era un partido irrelevante porque su equipo ya estaba descalificado de la competición.

Martin Amis trató la risa y los regímenes totalitarios en su ensayo sobre Stalin, Koba el Temible (Anagrama, 2006). Es un ensayo que me gustó mucho y que me ha venido constantemente a la cabeza leyendo sobre Corea del Norte. Amis también cuenta muchas cosas que hacen reír, como cuando, faltando Stalin, nadie de los reunidos en los congresos se atrevía a ser el primero en dejar de aplaudir a su figura, hasta darse el caso de desfallecimientos. Amis se pregunta por qué razón las dictaduras comunistas y sus gulags han dado lugar a una comicidad mantenida durante décadas, y no de igual modo, por ejemplo, el régimen nazi. El propio Amis ha tratado de escribir con humor sobre el nazismo, como en su última novela, La Zona de Interés (Anagrama, 2015). Ahí se describen escenas galantes y episodios rijosos de oficiales nazis en un campo de concentración, mientras al fondo, como si nada, se va ejecutando a judíos en masa. Diré, de todos modos, que dejé ese libro a la mitad, no fui capaz de encontrar algo con lo que identificarme dentro de aquella ficción, y las agudezas del escritor llegaron a incomodarme.

Viajes secuestrados

El libro de José Luís Peixoto, Dentro del secreto, cuenta su participación en un viaje organizado a Corea del Norte en 2012, cuando iba a celebrarse el centenario del dictador Kim Il-sung. El concepto de “viaje organizado” tiene un sentido especial en aquel país, que es en el mundo el que tiene el sistema más restringido de entradas y salidas de ciudadanos y de información. Peixoto va describiendo cómo aquel viaje organizado es, literalmente, un secuestro, por más que sean los participantes quienes se hayan prestado a él. Han de dejar en la frontera su teléfono móvil y documentación, y en ningún momento apartarse del guía o de la ruta fijada. El libro, conforme avanzan las páginas, se convierte en la crónica de una experiencia antropológica, la de los efectos del aislamiento en el hombre. Una cosa que llama la atención a cualquiera que lea libros sobre estancias de extranjeros en Corea del Norte, da igual cuál, es que todos visitan los mismos edificios, la misma fábrica, la misma plantación, el mismo restaurante giratorio, los mismos monumentos a los líderes y la misma montaña para hacer una excursión. Se podrían superponer. Nadie puede apartarse de esa ruta establecida, de igual modo que nadie puede fotografiar las estatuas del gran líder más que de cuerpo entero y de frente. Todo esto contribuye a la continua sensación de comicidad que, sin resultar nunca inhumano, hay en el testimonio del portugués.

Escribe Peixoto sobre su guía oficial: “Sin sonreír, con aire serio, la señorita Kim dijo que hacía buen tiempo porque se acercaba el aniversario del gran líder”. El libro se podría resumir como el testimonio de alguien que un día y otro no deja de oír cosas que deberían mover a la carcajada, mientras todos, guías y viajeros, mantienen un “aire serio”.

Para los guías, Kim Jong-il heredó los poderes sobrenaturales de su padre, Kim Il-sung, igual que los ha heredado el nieto, Kim Jong-un (reconozco que me irrita saber escribir de memoria los nombres de estos personajes). Así, cuando Kim Jong-il inauguró el primer campo de golf de Pyongyang, se relata: “Kim Jong-il nunca había jugado y decidió probar. Necesitó solamente un golpe para cada uno de los once hoyos del campo. En el lenguaje del golf se llama hole in one. Kim Jong-il consiguió hacer once consecutivos. Sus diecisiete guardaespaldas, así como algunos altos funcionarios, fueron los únicos que dieron testimonio de esa hazaña y aseguraron, a lo mejor todavía lo aseguran, que fue realmente así”. Peixoto va tomando notas de todas estas explicaciones, a las que ha de atender con aire grave, a la vez que van dejando en él un vacío conmocionado, un desaliento. Observa cómo a su alrededor todo obedece a una teatralización: investigadores que fingen hacer experimentos cuando visita una fábrica, estudiantes que fingen leer en una biblioteca, comerciantes que fingen atender negocios que solo son de exposición para extranjeros…

¿Por qué se embarca Peixoto en un viaje así? No da muchas explicaciones sobre esto, parece seguir un impulso, al que sigue después su disciplina como escritor. Esta extrañeza de ir a parar ahí se multiplica con la extrañeza propia de lo que ve, dando lugar a unas páginas tan sencillas y coloquiales como desnudas y desoladas. Intenta el autor sobrepasar el límite de la ideología de Estado y alcanzar alguna clase de iluminación en la naturaleza que ve o en algunos de los seres humanos con los que se cruza. Pero, ahí donde va, choca con el muro invisible que los aísla. Llama la atención que Peixoto no parezca haber ido a Corea del Norte para dar crónica del totalitarismo, sino buscando algún tipo de belleza o resto de sabiduría oriental. Da la impresión de que emprende un viaje a un lugar apartado de Oriente antes que a una dictadura. De ahí quizá su desconcertante aclaración, en varios momentos del libro, de que él está en contra de las dictaduras. La dictadura, de todos modos, acaba haciéndose con la totalidad de las páginas. Parte del encanto del libro está precisamente en que no parece que sea exactamente el libro que el autor pensaba escribir. Tiene esa clase de honestidad.

Sin individualidad

El libro de Suki Kim, Sin ti no hay nosotros, se podría haber titulado más propiamente “Contigo no hay yo”, en cuanto que sus páginas describen cómo la conciencia de individualidad queda anulada dentro de aquel sistema de terror, incluso en las formas verbales que utilizan los alumnos para quienes trabajó. Suki Kim fue profesora de inglés durante dos semestres en una universidad de Pyongyang, en un periodo en el que además se mantenían cerradas el resto de universidades del país. El viaje de Suki Kim, estadounidense nacida en Corea del Sur, tiene un componente emocional intenso: se pregunta por algunos familiares suyos que desparecieron cuando se produjo la división del país, y sufre en cada momento al comprobar cómo después de 68 años de totalitarismo, y hablando una misma lengua, aquellos individuos de quienes se ve rodeada son verdaderos extranjeros para ella: extranjeros no solo ya respecto a Corea del Sur, sino sencillamente respecto a lo que consideramos humanidad.

Martin Amis ya trató la risa y los regímenes totalitarios en su ensayo sobre Stalin, Koba el Temible

¿Es recuperable aquella gente? Suki Kim establece unos lazos emocionales que a menudo parecen sinceros y estrechos con sus alumnos, aunque en otras ocasiones se asusta de esos mismos chicos y de su capacidad de mentir, de la distancia que empieza en el propio lenguaje en el que han sido educados. Los alumnos de la escritora pertenecen a una élite que estudia inglés, siguiendo un plan del Estado, pero a la que se mantiene, a un tiempo, en la ignorancia de todo lo que sea exterior a sus fronteras. Del mundo extranjero basta con que sepan que sus enemigos son Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, de quienes pueden sufrir un ataque en cualquier momento, y por lo que permanentemente han de estar militarizados —el servicio militar dura 10 años, y los propios estudiantes son antes soldados que estudiantes—. La cuestión para los profesores es compleja: ¿cómo explicar un idioma, el inglés, sin traspasar los límites de lo que los alumnos tienen prohibido conocer? Los materiales de aprendizaje son sometidos entonces a un sistema de supervisión permanente. Suki Kim cuenta cómo esos chicos de más de 20 años son realmente niños que no saben nada. Rozando la clandestinidad, ha de explicarles quiénes eran los Beatles o Steve Jobs, o dejarles entrever la existencia misma de internet —ellos usan una intranet local—, o revelarles que su kimchi no es la comida más famosa del mundo, sino que hay otras antes, como la pasta italiana.

Pero el libro de Suki Kim tiene otra peculiaridad, y es que su universidad pertenece a un grupo cristiano evangélico. Sus compañeros profesores se consideran misioneros en aquel país. La experiencia alienante se duplica entonces para la autora, porque ella ha de seguir un doble fingimiento: respecto a las autoridades del país y respecto a una vida religiosa de la que ella no forma parte. Así, el libro trata sobre la libertad en un sentido no unidireccional, sino matizado y múltiple.

Huir de Corea del Norte

El caso de Hyeonseo Lee es distinto, ella está entre los testimonios de norcoreanos que han conseguido huir del país por la frontera china. Tras una larga peripecia logró que su familia huyese también. La autora da charlas desde entonces denunciando la situación en que viven las personas en su país. Hay una imagen que utiliza en una conferencia TED que es terrible, y en la que no aparecen víctimas de los campos de trabajo ni cadáveres de la hambruna de los 90. Es una imagen de satélite: al anochecer se distinguen Corea del Sur y China como una constelación de luces, mientras que todo el espacio que ocupa Corea del Norte es negro como el océano. Es la imagen de un país mantenido en la tiniebla. Lo que de nuevo podría resultar cómico si se piensa que en el escudo de Corea del Norte destaca la imagen de una gran torre de energía eléctrica.

Dentro de las modalidades de turismo obsceno ha destacado durante décadas la de visitar regímenes totalitarios con el aliciente de ver algo “distinto” y que quizá más tarde “desaparezca”. Incluso existe todo un mercado de suvenires sobre el asunto. Hay un momento en que Suki Kim se refiere también a esto. Al fin y al cabo, la inhumanidad, así como la humanidad, asoma en todos los lados.

Dentro del Secreto
Dentro del Secreto
José Luís Peixoto
Traducción de Pedro L. Cuadrado
y Luis Leal
Xordica, Zaragoza, 2016, 248 págs.
La chica de los siete nombres
La chica de los siete nombres
Hyeonseo Lee y David John
Traducción de Isabel Margelí Bailo
Península, Barcelona, 2015, 240 págs.
Sin ti no hay nosotros
Sin ti no hay nosotros
Suki Kim
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
Blackie Books, Barcelona, 2015,
 336 págs.