14/12/2018
Análisis

Las nuevas desigualdades en España

La crisis ha aumentando las diferencias empobreciendo a los grupos con menos ingresos, no enriqueciendo a los más ricos

Antes de la crisis económica, España no podía considerarse un país igualitario comparado con los de nuestro entorno. Tras experimentar unas importantes reducciones de la desigualdad desde los años 60 —primero como consecuencia de la naturaleza del crecimiento desarrollista, después como resultado de las políticas de bienestar llevadas a cabo por los primeros gobiernos democráticos—, la mayor parte de los estudios apuntan a que, en los 90, España se unió a la tendencia dominante en los países occidentales hacia un incremento de las diferencias de ingresos entre hogares. La bonanza económica asociada a la moneda única no sirvió para reducir las diferencias de renta. Al llegar la crisis, España estaba en el grupo de países menos igualitarios de la UE.

Es importante señalar que las crisis económicas no siempre están asociadas a aumentos de la desigualdad. Si, por ejemplo, una crisis financiera hace que los rendimientos del capital caigan más que los del trabajo, los más perjudicados serán los hogares de rentas más altas, con lo que las diferencias entre ricos y pobres es posible que se reduzcan. De los 12 países europeos (además de España) analizados por Atkinson y Morelli en su Chartbook of Economic Inequality, solo en siete se detecta un claro aumento de la desigualdad durante los últimos años. Entre ellos está España.

De acuerdo con los datos del Luxembourg Income Study, el índice Gini de desigualdad pasó de un 0,307 en 2007 (aproximadamente el mismo que la media actual de los países de la eurozona) a un 0,343 en 2013 (equivalente al grado de desigualdad de Estados Unidos a inicios de los 90). España es hoy uno de los países más desiguales del continente, superando incluso a los estados tradicionalmente más desiguales en el contexto europeo como son Gran Bretaña o Irlanda.

Desplome de los hogares

¿A qué se debe este aumento de la desigualdad en España? Una primera forma de responder a esta pregunta es analizar la evolución de los ingresos de diferentes grupos durante la crisis. El gráfico 1 muestra cómo han cambiado desde 2008 hasta 2014 los ingresos de un hogar “pobre” situado en el percentil 10 de la distribución de ingresos (es decir, aquel para el cual un 10% de los hogares del país son más pobres que él, y un 90% más ricos) y los de un hogar “rico” situado en el percentil 90, en España y en el conjunto de la eurozona.

Mientras que en la zona euro los ingresos de los hogares ricos han crecido algo más que los de los más pobres, en España lo que ha ocurrido es que los hogares de los más pobres se han desplomado mucho más que los de los más ricos. La crisis económica ha aumentando la desigualdad empobreciendo muy notablemente a los grupos de menos ingresos, no enriqueciendo a los más ricos. Es cierto que los datos de encuesta no capturan bien el enriquecimiento de los hogares muy ricos (el famoso 1%), pero los datos comparados disponibles sobre los ingresos de los grupos de altos ingresos no parecen indicar que estos hayan sido responsables en alguna medida del aumento de los niveles agregados de desigualdad.

España es hoy uno de los países más desiguales de Europa, por encima de Gran Bretaña o Irlanda

El gráfico 2 muestra en perspectiva comparada la estructura de la desigualdad que nos deja la crisis. El cuadro compara los últimos datos disponibles de España, de un país más igualitario que el nuestro (Alemania) y del país rico más desigual (EE.UU.). Se muestran dos indicadores de la dispersión del ingreso: cuántas veces es mayor la renta de un hogar situado en el percentil 90 de ingresos (un hogar “rico”) respecto al del hogar mediano (el que está justo en la mitad de la distribución), y cuántas veces es mayor la renta de este hogar mediano respecto a la del hogar situado en el percentil 10 (un hogar “pobre”).

El país más igualitario de los tres tiene una distribución de ingresos más comprimida que la nuestra, tanto si miramos las diferencias entre los muy ricos y el hogar mediano como si nos fijamos en las diferencias entre el hogar mediano y los hogares pobres. EE.UU., por su parte, tiene una desigualdad “entre ricos” bastante mayor que la nuestra, pero las diferencias entre el hogar mediano y los más pobres no son mayores que las que ahora existen en España. Dicho de otra forma, las distancia entre los pobres y las clases medias son en España tan grandes como las existentes en el país más desigual del conjunto de las economías avanzadas. En resumen, nuestra desigualdad tiene más que ver con los bajísimos niveles de ingresos de los hogares muy pobres que con los altos de los hogares más ricos.

El papel del Estado

Una segunda forma de analizar las causas de nuestra desigualdad es preguntarnos si se ha debido a que el mercado genera cada vez resultados más desiguales o si es fruto de un papel cada vez menos corrector del Estado. Una manera de responder a esta pregunta es comparando el índice Gini antes de la intervención del Estado mediante impuestos y transferencias y el Gini posterior a esta intervención. De 2008 a 2014, el Gini preintervención del Estado creció en España de 0,434 a 0,509. En efecto, la explosión del desempleo y el deterioro de las condiciones laborales de los grupos de menos ingresos aumentaron muy sustancialmente la desigualdad. El papel “corrector” del Estado creció de 0,11 puntos en la escala de Gini en 2008 a 0,16 en 2014 (en cierto sentido, esto es una respuesta natural, al aumentar el número de perceptores de seguro de desempleo), pero fue incapaz de impedir que el aumento de la desigualdad generada en el mercado de trabajo no se acabara reflejando en la distribución de renta disponible. En definitiva, no parece que las políticas de austeridad hayan sido las responsables directas del aumento de la desigualdad.

No parece que las políticas de austeridad sean las responsables directas del aumento de la desigualdad

Pero esto no quiere decir que el contexto de consolidación fiscal haya sido irrelevante: es muy posible que introducir nuevas políticas redistributivas que corrijan las nuevas desigualdades (que afectan particularmente a los jóvenes, a los trabajadores precarios, a los hogares con niños...) sea políticamente mucho más controvertido en un contexto de restricción fiscal del Estado. Aunque en el plano puramente especulativo es posible pensar en un hipotético rediseño progresivo del sistema de protección social que no tuviera consecuencias fiscales (gastar lo mismo pero redistribuir mejor), la viabilidad política de este tipo de propuesta siempre es cuestionable, puesto que tales reformas ineludiblemente implican dañar a algunos de los beneficiarios del actual modelo. Es en este sentido en el que la era de la austeridad seguramente haya sido importante para entender por qué no hemos sido capaces de implementar políticas más redistributivas: no porque sean imposibles en el plano teórico, sino porque son poco viables desde el punto de vista político.