12/12/2019
Música

Las paradojas de Rafael Berrio

El donostiarra prepara la adaptación de una ópera chica con libreto de Pío Baroja, después de un tercer trabajo en solitario en el que vuelve al ruido

AHORA / Aloma Rodríguez - 17/06/2016 - Número 38
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Las paradojas de Rafael Berrio
Gema Amiama
Rafael Berrio (San Sebastián, 1963) sale al escenario con unas gafas de sol en la frente y otras para vista cansada en el cuello. Son de esas completamente de plástico, que se abren y se cierran y quedan rectas. Si no se presta atención, pueden confundirse con ese artilugio que usan Bruce Springsteen o Bob Dylan para tocar la armónica a la vez que la guitarra en sus canciones. Berrio se cuelga la guitarra eléctrica, pasa las hojas de su cuaderno de canciones, se coloca las gafas de sol y da la espalda al público justo antes de que el batería haga sonar las baquetas que marcan el inicio del concierto. Ese concierto, en el Teatro del Arte en septiembre de 2015, fue la presentación oficial de Paradoja (2015), su tercer disco en solitario. Diarios (2013) y 1971 (2010) comparten temas y espíritu con él, tienen un sonido parecido entre sí, pero diferente del último, mucho más rockero. Algo que Berrio atribuye a “un movimiento pendular bastante lógico de entender. Tras dos discos producidos por el maestro Joserra Senperena, en los que primaba la orquesta, necesitaba volver a las guitarras eléctricas distorsionadas. Quería saber si aún era capaz de hacer un disco de rock. Mi conciencia me dice que no lo he hecho bien. Pero soy un hombre que no se desalienta. Difícilmente abandono. Volveré a intentarlo con el próximo”. Paradoja es un disco sobre la memoria, sobre los efectos del paso del tiempo en la identidad. Tiene algunas canciones en las que la emoción llega a través del ruido, como las nirvanianas “Mis ayeres muertos” y “Yo ya me entiendo”; otras sobre la insatisfacción —“Niente mi piace”— y, por supuesto, sobre la mortalidad: “Cambios a mansalva y decadencia”, “El animal que has sido”, “Inanimados” (“Estos objetos inanimados / te van a sobrevivir”), y el insuperable cierre con “El mundo pende de un hilo”, que habla de la fragilidad del arte, de la belleza y de la vida. Habla de las pocas certezas que hay: “Solo el amor que me has dado / no muere conmigo”.

La nota de prensa explicaba que la paradoja de Berrio “quizás sea esa: todos lo admiran, nadie le conoce”. Y tiene algo de cierto: sus discos reciben elogios de la crítica musical más respetada, sus compañeros de profesión le reconocen el gran talento, los medios escriben de él y le entrevistan en las revistas musicales más leídas. Sin embargo, en muchos de sus conciertos en Madrid el público lo acaba componiendo más o menos la misma gente y muchos de sus admiradores acaban por convertirse en amigos entre sí o en amigos de Berrio.

Casi parisino

“Mis padres emigraron a París en busca de trabajo hacia 1957. Al poco de nacer mi hermano mayor —Iñaki—, mi madre regresó y mi padre permaneció solo varios años, yendo y viniendo según el trabajo. Cuando yo nací, él se vino definitivamente. En París permanecerían las dos hermanas de mi madre y sus respectivos hijos, o sea, mis primos, hoy en día parisinos de derecho, del distrito 9 para más señas. Así es más o menos la historia”, cuenta Berrio, que a veces bromea con que no es parisino por cosa de meses.

Paradoja es un disco sobre la memoria, sobre los efectos del paso del tiempo en la identidad

Fue su padre quien le enseñó a tocar la guitarra: “Tocaba en su juventud en las rondallas que se formaban entonces. Años antes de casarse entró a formar parte de un conjunto que hacía boleros a imitación de Los Panchos. Tocaban en los entreactos de los teatros. Incluso llegaron a salir en la televisión en blanco y negro. Mi padre era un buen cantante y guitarrista de oído, sin formación musical pero capaz de abordar cualquier pieza. Fue quien me enseñó los rudimentos de la guitarra del mismo modo que mi abuelo Epifanio, también guitarrista, hizo con él”. Su aspecto responde a un cruce entre Lou Reed y Jacques Brel (menudo, moreno de piel tersa e irremediablemente delgado). Al preguntarle qué le gusta de cada uno, responde: “De Brel, quizá la emoción y la inteligencia. De Reed, el cinismo vicioso y malsano de su timbre de voz”. Estas dos figuras podrían ser sus padres musicales, pero no los únicos: ahí están también Leonard Cohen, Brassens, Roxy Music, Los Ramones, la Velvet, Léo Ferré… Berrio explica ese cruce de influencias: “Es una mezcla curiosa. En mi casa se escuchaba el bolero clásico de Los Panchos o de Lucho Gatica, el folclore de Atahualpa Yupanqui y los tangos de Gardel. Hacia 1974 mi hermano mayor declaró su soberanía en clara confrontación con mi padre y a partir de entonces, en nuestra habitación, a puerta cerrada y máximo volumen, solo sonaban la Velvet Underground y los discos de Bowie, Iggy Pop, Roxy Music, etc., con los consiguientes golpes en la pared de mi pobre madre”.

Formó su primera banda en 1971, en los 80 fue parte del Donosti Sound y grabó un maxisingle, UHF, en 1981. Después montó la banda Amor a traición, con la que grabó dos álbumes: Amor a traición (1994) y Una canción de mala muerte (1996), dos trabajos con canciones que recuerdan al Dylan de “Like a Rolling Stone”, tanto en lo musical como en las letras, —especialmente “No pienso bajar más al centro”, que abre el primero, o algunas canciones del segundo, como “Son privilegios tuyos” y “Quién lo impide”, un himno a la adolescencia, la canción que habría escrito Bob Dylan si François Truffaut le hubiera pedido un tema para Los 400 golpes (“Si tienes 15 años / y pretendes escapar / con eso basta y sobra para hacerlo. / Podrías irte antes / de que estas luces de ciudad / se apaguen para siempre sin remedio.”)—. También hay temas provocadores como “Jaime Gil de Biedma”, cuya letra repite “Jaime Gil de Biedma en la cama”. Después, “Amor a traición se deshizo, como muchos grupos, por anhelos no cumplidos y deserción de sus componentes. Yo continué adelante. Formé una nueva banda llamada Deriva y bajo este nombre grabé dos discos. Pero era yo solo. Tanto en la autoría de las canciones como en la mensualidad del local de ensayo. Lógicamente, el momento de decidirme tenía que llegar, por mucho pudor que me diera, y acabé por poner mi nombre al frente, como no podía ser de otra manera”, explica. Bajo el nombre de Deriva publicó otros dos álbumes, Planes de fuga (2001) —que jugaba con las bases electróncias y donde está “Te quiero” (“Te quiero, / escríbelo en una barra de hielo / Siéntate a esperar / Mira mientras tanto / la nube en el cielo / Mira el Bidasoa pasar”)— y Harresilanda (2005), el disco más pop de Berrio, en el que hay temas como “Algo delicado y difícil” o “No solo de amor”. Entre tanto, ha escrito canciones para otros, “es algo anecdótico”.

El momento de quitarse la máscara llegó con 1971, “una fecha simbólica en mi imaginario. El disco contiene una canción titulada ‘Este álbum’ en la que se repasa un pasado familiar en un álbum de fotos. La madre es aún joven y hermosa, el padre un hombre apuesto. Los niños radiantes, con sus camisas de tergal. En fin, todo un paisaje más o menos feliz perdido para siempre que yo, puesto que ya se entiende que hablo de mi familia, dato hacia 1971. De ahí el título”. 1971, disco de cantautor con arreglos orquestales, está lleno de canciones emocionantes: “Cómo iba yo a saber”, la rendición de un cínico ante el amor; “El amor es una cosa rara”, un acertijo para eruditos de la poesía; “Simulacro” (“Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro, / como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces”); o “Como Cortés” (“Como Cortés quemando naves, / un día rompes con tu hombre o tu mujer, / sueltas al perro y tiras al mar las llaves, / como Cortés quemando naves”). Algo similar se puede decir de Diarios, en el que Berrio sigue por el camino de la contención, su personaje parece de vuelta de todo y sin embargo busca la felicidad, el amor y el placer en canciones como “La alegría de vivir”, “Sé libre, sé mía” —“Quítame el sueño, / hazme feliz, / sé mi culpa, mi revés, mi desliz, / hazme creer en quién soy todavía”— o “Amanece”. Están la conmovedora historia de una prostituta en “María Inmaculada” y la elegía a los muertos por la heroína en “Santos, mártires, yonkis”.

Un músico atípico

Su sentido del humor opera al menos en dos niveles: en las letras con una fina ironía y en los conciertos, cuando se dirige al público, presenta las canciones, da una explicación o se burla de la ingenuidad de alguno de sus temas antiguos. “El humor me parece muy importante. Es el rasgo genuinamente humano. Una buena letra de canción me parece la que aborda el patetismo del ser humano con humor impertérrito. No sabría hacer una letra completamente seria. Todo lo que somos y todo lo que nos ocurre es tan ridículo que no puedes hacer otra cosa.” Casi todas sus letras hacen exactamente eso: retratar las contradicciones, la decadencia y el paso del tiempo sin solemnidad, con un humor que tal vez no provoca carcajadas, sino una risa sardónica. Por ejemplo, la caricatura de su personaje en “Mi reputación”, de Diarios: “Yo admito que no todo son leyendas, / pero no me duelen prendas / y quizás lleven razón”. O el canto a la amistad —perfecta para entonar en el clímax etílico— en “Mis amigos”, en 1971: “Mis amigos, borrachos distinguidos […] / que echan el anzuelo a sus conquistas / matándolas a versos modernistas / y duermen con Baroja en el colchón”.  Ese que duerme con Baroja podría ser él: “He sido y soy un lector voraz, con toda clase de apetitos y curiosidades. Muy desordenadamente. Sin método pero también sin medida. A mí me gusta leer en la cama, por la noche, hasta altas horas —como explica en ‘Insomne’—, y si a la hora del mediodía almuerzo solo en casa, me pongo un atril en la mesa y sigo leyendo. Normalmente dos libros a la vez. Nada me gusta más que la literatura, nada me produce mayores satisfacciones. Solo los libros nos dan la esperanza de algo. La vida, de nada. Creo que la cita es de Josep Pla”.

Escritores y cineastas lo admiran y son habituales de sus conciertos: “Tengo un público muy minoritario y distinguido, una especie de rive gauche de las artes. Pero en fin, soy, en todo caso, el cantante de la gente corriente que añora una vida bohemia, que es lo que creen ver en mí, lo cual no es del todo cierto, aunque yo hago todo lo posible por que lo parezca”.

“Hago de mí mismo. Un cantautor un poco acabado”, dice sobre su papel en la película de  Jonás Trueba

Ha participado también como actor en la película que Jonás Trueba rodó durante las pasadas navidades y que se estrenará en otoño, de momento se llama La reconquista. “Hago el papel de mí mismo. Un cantautor un poco acabado que toca en un garito.” También ha escrito una canción original para la película, “Arcadia”. Ahora Berrio pasea un espectáculo basado en textos de Emil Cioran, “compuse 14 piezas donde se recitan o se cantan los textos de Cioran. Un mezcla de spoken word, performance y rock bizarro, donde se da rienda suelta al pensamiento demoledor de este filósofo-poeta, quizá el más provocador del siglo XX. Es un espectáculo realmente venenoso”. Además, prepara “junto a Joserra Senperena una versión propiamente nuestra de la ópera chica titulada Adiós a la bohemia, con música de Pablo Sorozábal y libreto de Pío Baroja, ambos donostiarras, con lo que eso significa para nosotros”.

Otra de las paradojas de Berrio es que no le gustan las giras: “Son una cosa muy pesada para alguien que tenga mi edad. La épica de la carretera y el hotel yo no la veo por ningún lado. Tanto más si eres un grupo modesto con poco caché, como es mi caso. Me considero un hombre rutinario y sedentario, amo la rutina, soy un maniático de mis costumbres”. De hecho, Berrio forma parte de una tertulia que se da cita cada miércoles desde hace años y a la que acuden escritores como Karmelo Iribarren y Ramón Eder, músicos como el ex Duncan Dhu Diego Vasallo o el profesor de Filosofía de la Universidad del País Vasco Javier Aguirre, que explica que son “antiguos amigos que tocamos juntos hace años. Nos juntamos, cenamos y hablamos de literatura, cine y estas cosas”. El pintor Detritus les ha dedicado un retrato. Sigue Berrio: “Una gira te rompe todo en pedazos. También tiene su lado hermoso, no lo niego. La camaradería con tus músicos, el aplauso del público, las firmas en los camerinos, las ciudades por descubrir. Cuando me llaman y me sale una actuación, lo primero que pienso es en la pereza. Luego ya me sobrepongo y me lo paso medianamente bien, lo reconozco”.

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