17/7/2019
Internacional

Los Juegos del caos

Río de Janeiro afronta su cita más esperada en medio de la incertidumbre por la inestabilidad política, el desplome económico y otros problemas como la desafección, el Zika y la inseguridad

Luis Tejero - 15/07/2016 - Número 42
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Los Juegos del caos
"Bienvenidos al infierno". Policías y bomberos del estado de Río de Janeiro protestan en el aeropuerto de la capital carioca por el retraso en el pago de sus salarios y por sus malas condiciones de trabajo. Antonio Lacerda / EFE
Era un viernes 2 de octubre de 2009 cuando Jacques Rogge, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, abrió lentamente el sobre con los cinco anillos entrelazados y leyó el nombre de la sede recién escogida para los Juegos de 2016. “¡Río de Janeiro!”, anunció, para euforia de Pelé y Luiz Inácio Lula da Silva y decepción de José Luis Rodríguez Zapatero y Alberto Ruiz Gallardón.

Aunque imperfecta, la candidatura que venció a Madrid, Tokio y Chicago parecía tener grandes argumentos: unas instituciones sólidas, una economía pujante, un presidente en el auge de su popularidad y una de las ciudades más deslumbrantes del mundo, con sus playas fotogénicas y sus verdes laderas, el Cristo Redentor y el Pan de Azúcar, su música, su gente y su contagiosa alegría.

Siete años después, y a menos de un mes para la ceremonia de apertura, Río sigue siendo tan espectacular —o incluso más, gracias a algunas obras del legado olímpico— pero todo lo demás se ha evaporado como un efímero espejismo.

Sin liderazgo

De la bonanza y la estabilidad se ha pasado a la crisis y el caos. Si la economía llegó a crecer más de un 7% anual en su época dorada, ahora lleva dos ejercicios seguidos desplomándose casi un 4%. Y en lo político, no es solo que el carismático Lula ya no esté en el poder, sino que su imagen ha caído en picado y la gestión de su heredera, Dilma Rousseff, ha acabado en tragedia.

“Es una situación parecida a la que había en 2013 respecto al Mundial de fútbol”, explica Helena Chagas

Para entender la incertidumbre que atraviesa el país, basta con echar un vistazo a la línea de sucesión del poder: una presidenta (Dilma Rousseff) apartada del cargo bajo acusación de maquillar las cuentas públicas, un vice (Michel Temer)convertido en presidente interino y casi tan impopular como su precedesora, un presidente de la Cámara de los Diputados (Eduardo Cunha ) que acaba de renunciar mientras se investigan sus cuentas millonarias en Suiza y un presidente del Senado (Renan Calheiros) salpicado por innumerables casos de corrupción.

Ante semejante panorama, los Juegos pelean sin demasiado éxito por captar la atención y despertar el entusiasmo de la población. “El sentimiento de la mayoría de los brasileños que no viven en Río va desde el más olímpico distanciamiento hasta el enfado, en un momento de crisis, con los gastos que está haciendo el poder público para hacer que el evento sea viable”, explica desde Brasilia la periodista Helena Chagas, quien ejerció como ministra de la Secretaría de Comunicación Social durante el primer mandato de Dilma.

“Salvando las distancias, es una situación parecida a la que había en 2013 respecto al Mundial de fútbol [celebrado al año siguiente] y que provocó manifestaciones bajo el lema ‘No va a haber Copa’. Pero la hubo, y al fin y al cabo no fue tan mala para el Gobierno; la mayor perdedora fue la selección del 7-1”, recuerda la exasesora, en referencia a la humillante derrota contra Alemania.

Preocupaciones

En medio de la telenovela política, la adversidad económica y otras distracciones, la prensa suele apostar por enfoques predominantemente negativos a la hora de informar sobre los preparativos para la celebración deportiva del año. Así abrió el periódico paulista Folha de S. Paulo su portada del pasado 5 de julio: “La seguridad de Río es horrible, dice [el alcalde Eduardo] Paes a un mes de los Juegos”. Y al día siguiente, el diario carioca O Globo añadió: “La Fuerza Nacional llega [a Río] y uno de sus vehículos es alcanzado por un disparo”.

Balas perdidas en tiroteos y robos son precisamente dos de las amenazas que planean sobre los primeros JJ.OO. organizados en suelo sudamericano. Otra es el virus del Zika, no tanto por sus posibles efectos sobre atletas y visitantes como por el riesgo de que se extienda a otras regiones y provoque miles de casos de microcefalia en bebés.

Recién llegado al Palacio de Planalto, el presidente en funciones, Michel Temer, se esfuerza por convencer a sus compatriotas y al resto del mundo de que ninguna de esas cuestiones debe ser motivo de inquietud. “Quiero tranquilizar a todos”, dijo el sucesor y antiguo aliado de Dilma en un vídeo publicado en las redes sociales a solo cuatro semanas de la inauguración en el estadio de Maracaná. “Hemos tenido reuniones frecuentes para garantizar la seguridad de todos aquellos que vengan a nuestro país. Y no hay ni debe haber ninguna preocupación con ninguna especie de enfermedad tropical, el Zika o la que sea”, prometió.

Desafección y recortes

Para Temer y otros líderes brasileños, los Juegos se presentan como una oportunidad para levantar el decaído ánimo nacional y recuperar su popularidad perdida en una época de rechazo generalizado hacia la clase política. La aprobación del Gobierno interino apenas llega al 13%, prácticamente idéntica al 10% que tenía Dilma cuando su mandato fue interrumpido en mayo como consecuencia de un proceso de impugnación (o impeachment) en el Congreso.

Balas perdidas y robos son algunas de las amenazas que planean sobre los primeros JJ.OO. en Sudamérica

“Las encuestas muestran que el desempleo es la principal preocupación de los brasileños [ha subido del 6,5% al 11,2% en año y medio] y por esta razón, Temer seguirá presentando niveles modestos de popularidad”, prevén los consultores políticos de la empresa Arko Advice en un informe reciente. “Debido a la Operación Lava Jato [contra la corrupción en la semiestatal Petrobras] y a las duras medidas de ajuste fiscal que necesitan ser aprobadas, el propio Gobierno reconoce la dificultad de mejorar sus índices de valoración a corto plazo”, agregan los especialistas.

Si en la política federal se libra una disputa aún no resuelta entre una presidenta casi destituida y un interino tachado de “golpista” por una parte de los brasileños, en el ámbito regional y local también bajan turbias las aguas. Aunque el gobernador —equivalente a un presidente autonómico— y el alcalde de Río de Janeiro teóricamente son aliados, sus decisiones y declaraciones hacen cada vez más evidentes sus discrepancias a medida que se acerca el 5 de agosto.

Así, cuando el primero publicó en junio una declaración de “calamidad” financiera para alertar sobre el “panorama crítico” de las arcas del estado de Río (16 millones de habitantes), el segundo se lanzó a presumir de la buena salud de las cuentas de la ciudad y aseguró que dicha cuestión “afecta cero a los Juegos”.

Un alcalde ambicioso

A punto de concluir su segundo mandato como prefeito (alcalde), Eduardo Paes no oculta su aspiración de ocupar cargos más importantes e incluso podría presentarse como candidato a la Presidencia en 2018 o 2022. Consciente de que la cita de agosto tiene posibilidades de ser un éxito de organización y proyectar su imagen a nivel nacional, pero también puede terminar en un fracaso que ponga en grave riesgo la continuidad de su carrera política, este gestor hiperactivo y pragmático de 46 años lleva tiempo tratando de poner la venda antes de la herida. Según Paes, el balance final deberá hacerse en función de las propias limitaciones de Río y teniendo en cuenta los problemas que ya existían antes de que fuera nombrada sede de los JJOO.

“Lo que nos hizo sensibilizar a los electores del Comité Olímpico Internacional [en la votación de 2009] fueron las penurias de Río de Janeiro”, explicó el alcalde a principios de julio, durante la inauguración del Museo de la Ciudad Olímpica. “Les mostramos escenas de atascos, inundaciones, problemas de infraestructuras... Esa fue la razón por la cual conseguimos los Juegos”, afirmó. Y a continuación se dirigió a los deportistas, turistas y autoridades que visitarán la Cidade Maravilhosa para pedirles con calculada humildad: “No vengáis aquí esperando [que sea] Chicago, Nueva York o Londres. Comparad a Río con Río”.