18/6/2019
Internacional

Los niños de Yeltsin no creen en los cambios

La falta de fe en algo nuevo ha aparcado la revolución de los jóvenes rusos

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Los niños de Yeltsin no creen en los cambios
Jóvenes rusos leen poesía en la plaza Pushkin en una protesta no autorizada contra Putin. M. Chebil / Polaris / Contacto
Muchos años después, Olga recuerda aquella mañana remota en la que su padre la llevó a comer una hamburguesa al primer McDonald’s que abrió en Moscú, en 1990. Como en el realismo mágico de Gabriel García Márquez, las cosas del capitalismo eran tan recientes que no tenían nombre en Rusia. “Tras enterarnos de qué se podía pedir, nos comimos la hamburguesa de pie porque no cabía un alfiler.” La vida de muchas familias pasó del rojo al negro en un año. Y aquel big bang en el país partió a la sociedad por la mitad: una parte que recuerda cómo era todo antes y sabe que jamás volverá a ser igual, y otra que solo conoce a Putin y a la que le cuesta imaginar que algo pueda cambiar. 

Olga, que en su trabajo organiza viajes de luna de miel para parejas jóvenes, pertenece a la primera mitad. Nacida en 1981, tiene una noción vaga de la seguridad que daba el socialismo pero una más clara de la inestabilidad de los 90, la década del presidente Boris Yeltsin. La nostalgia roja y las agitaciones del capitalismo que vino después le han hecho apreciar mejor la democracia gestionada del presidente Vladimir Putin, que este año ha cumplido 15 años al frente del país. Marina nació en Kaliningrado, en el extremo occidental de Rusia. Apenas tiene recuerdos de esa utopía cotidiana en la que entraba en casa de desconocidos si necesitaba ir al baño o beber agua. Los dolores del “yelsinato” apenas la tocaron. Putin vino con la pubertad. Y cuando Marina volvió de sus estudios en el extranjero, el nuevo “zar” todavía estaba allí. “Tenía 12 años cuando llegó. Ahora tengo 29 y sigue. Me angustia que todavía se mantenga cuando tenga hijos y sé que no puedo hacer nada, pese a que siento que hay algo que no está bien”. 

“Están hechos un lío, en su mente se mezclan ideas nacionalistas y liberales con anhelos de libertad para todos” 

Se cumplen este mes cuatro años de aquellos días en los que la juventud rusa se movió y sorprendió a todos: 120.000 manifestantes según los convocantes. Unas cifras nunca antes vistas en una sociedad alérgica al compromiso político, un estallido para protestar por el supuesto fraude en las elecciones parlamentarias de 2011. En 2016 toca votar de nuevo, pero aquella marea de jóvenes de clase media urbana está sepultada por el derrotismo y el nacionalismo apuntalado por las guerras de Ucrania y Siria. La posibilidad de cambio parece lejana. Las causas, opina Marina, son profundas. “La gente está ciega, como con Hitler, y hemos atravesado históricamente tantos cambios que no sabemos creer, porque aquí se penaliza el esfuerzo y el conocimiento no se ve como un valor.” 

Olga, en cambio, piensa que muchos de los que protestaron en aquella frustrada revuelta de 2011 lo hicieron “por diversión”, sin conocer las bondades del sistema anterior ni los dolores de los experimentos de Gorbachov y su sucesor. “Con el comunismo al menos teníamos las mismas oportunidades. Es gracioso, pero incluso ahora sigo percibiendo aquella inestabilidad de Yeltsin.” 

Otro joven defensor de Putin, el activista Nikolai Aleksevich, se encuentra en una trinchera donde el apoyo al presidente ruso suele ser improbable: el movimiento gay. “De represión nada, es un invento de la histeria Occidental”, explica Aleksevich, pese a que ha sido detenido y agredido varias veces por defender los derechos de los homosexuales. Su militancia gay no le impide defender el papel del
Kremlin en Ucrania y Siria contra “las matanzas de Occidente”. 

La principal diferencia con la generación de sus padres es que han viajado fuera más que nadie en su familia

Detractores y partidarios de Putin coinciden en que “no hay nadie más”. La Duma, el Parlamento de Rusia, vota en bloque en asuntos como la anexión de Crimea o las leyes para limitar las manifestaciones gays. Solo el diputado Dimitri Gudkov, de 35 años, ha dicho no a la doctrina oficial, que considera “destructiva para la economía rusa porque espanta a los inversores”. 



Hay voces más estridentes. Las chicas de Pussy Riot pagaron cara su irrupción en la catedral de la capital gritando contra Putin. Pero han creado escuela. Hace un mes el artista Petr Pavlensky llegó al edificio del FSB (Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, sucesor del KGB) en Lubianka con una lata de gasolina, la derramó en la puerta y se prendió fuego. Sería una gamberrada más si no se tratase del mismo que en 2013 se clavó los testículos contra los adoquines de la Plaza Roja para protestar contra el inmovilismo del país: “Yo hice una performance y la policía hizo otra, me dejaron volver a la calle como si estuviésemos en un país libre”, recuerda sobre su detención.  

El miedo al cambio de los que vivieron demasiado y la falta de fe en algo nuevo de los que no han vivido otra cosa ha dejado la revolución para más adelante. La principal diferencia de la actual generación de jóvenes rusos, los que nacieron entre 1980 y 1995, es que todos han viajado fuera mucho más que nadie en su familia. Pero el desplome del rublo, que ha perdido casi la mitad de su valor respecto al que tenía un par de años atrás, ha recluido a muchos dentro de las fronteras rusas, igual que antes. En Occidente, los jóvenes nacidos hasta mediados de los años 80 formaron la llamada generación X. Después llegaron los millennials, aquellos que no conocen un mundo sin internet.

En Rusia las cosas van un poco más despacio. La socióloga Elena Omelchenko opina que “los jóvenes nacidos a finales de los 80 o principios de los 90 pueden ser, en gran medida, incluidos en la generación X”. Pero más allá del desencanto o sentimiento de pérdida que Douglas Coupland retrató en 1991 en su libro Generación X (traducido al ruso en 1998), la juventud rusa ha estrenado un mundo nuevo “en el que hay que pagar por estudiar y donde existe desempleo entre los que intentan incorporarse al mundo laboral”, explica Omelchenko, coautora del libro La generación X se hace global

Putin, el líder más popular

Muchos jóvenes apoyan al Gobierno pese a su desencanto con la política, dice la socióloga. El 90% de los jóvenes encuestados no se identifica con un partido concreto, aunque el líder más popular entre ellos es Putin. El populista nacionalista Vladimir Zhirinovsky aparece en segundo lugar. “Están hechos un lío. En su mente se mezclan ideas nacionalistas y liberales, planteamientos homófobos y anhelos de libertad para todos.” Tras años de una cierta amoralidad, el Centro para Estudios de la Juventud detecta un alza en los valores respecto al medioambiente y la solidaridad, según un estudio de 2013. Es difícil encontrar a gente joven en Rusia que piense que puede haber un cambio sustancial en asuntos como la corrupción, la reforma de la economía o el servilismo de los tribunales. 

Elina nació en Odesa (actual Ucrania) en 1991, año en el que la URSS se desintegró. Hasta este mes trabajaba en Afisha, uno de los medios más conocidos entre los jóvenes en Moscú. El bloqueo mutuo que ucranianos y rusos han impuesto a las líneas aéreas de cada país hace que le sea más difícil visitar a sus parientes. Al menos mientras siga viviendo en Rusia, algo que espera que cambie pronto. “Odio a los políticos que tenemos, disiento del 99% de las decisiones que toman y no quiero formar parte de esto”, dice Elina con la mirada puesta en Francia. “Desde las manifestaciones de la plaza Bolotnaya contra el regreso de Putin en mayo de 2012 no ha habido progresos.” 
Ilya Yashin, de 32 años, ha sido uno de los máximos exponentes de la oposición extraparlamentaria y trata de darle la vuelta a ese marcador: “Putin quiere convertir Rusia en una reproducción del modelo político de la Alemania oriental, donde estuvo destinado en los 80”, explica este joven político.

¿Qué falta para canalizar el deseo de cambio? Marina vuelve a mirar hacia atrás: “Nuestros padres son hijos de una generación traumatizada por la posguerra. Ellos anteponían la supervivencia al cariño y nosotros hemos heredado esa carencia”. 

La URSS siempre vuelve

Javier C. Escalera
Una de las cosas que hizo Vladimir Putin al llegar al poder fue revivir el viejo himno de la URSS, manteniendo la melodía pero cambiando la letra. Es tal vez la mejor metáfora de cómo los ciudadanos se han ido acostumbrando a las mismas raciones de realidad, varias veces recalentadas. También para los más jóvenes. 
El Gobierno ruso ha creado una nueva organización que recuerda a las juventudes comunistas que marchaban imberbes con el pañuelo rojo en la URSS. El objetivo, ha dicho un portavoz gubernamental, es “formar personalidades con las bases del sistema de valores ruso”. El presidente firmó el decreto el 29 de octubre, justo el día del aniversario de la creación del Komsomol, la organización de las juventudes comunistas. Para el escritor Viktor Senderovich “esta es una manera de colar los valores putinistas en la gente joven”.