21/7/2019
Análisis

Rusia, el regreso a las viejas formas

Pese a la experiencia histórica, una minoría admiradora de Putin está en auge en Europa central

Tomáš Klvana - 23/10/2015 - Número 6
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Rusia, el regreso a las viejas formas
Putin recibe al presidente checo en el Kremlin.SERGEI Chirikov / AFP / Getty
En una entrevista con Radio Chequia, el historiador estadounidense Timothy Snyder sugirió que la última apuesta militar en Siria del presidente ruso Vladimir Putin podría ser parte de su plan para dividir a la Unión Europea. Según Snyder, Putin está buscando la desintegración de la UE y el debilitamiento de sus vínculos transatlánticos con Estados Unidos, porque una Europa débil y dividida, desconectada de EE.UU., aumentaría la importancia relativa de Rusia.

El constante flujo de refugiados —además de otros migrantes— procedentes de zonas en guerra en Oriente Medio y África está provocando el caos en la política europea. Los partidos populistas, eurófobos y nacionalistas están en auge, lo que conviene al interés ruso. Y, por supuesto, las palabras de Snyder han provocado la inmediata controversia en el debate político en República Checa. Se está produciendo un perceptible aumento de la rusofilia y la admiración por Putin entre una minoría de checos, así como de eslovacos y húngaros, lo que aviva la xenofobia y el nacionalismo. Polonia y los países bálticos no rusos suelen ser ajenos a esta tendencia, porque su experiencia con Rusia ha sido mucho más trágica y en el centro de su mentalidad está el nacionalismo antirruso.

Desde 1989 la política exterior checa ha sido prooccidental, lo cual no es sorprendente en un país que emergió de un largo periodo de ocupación y dominación rusa-soviética. La política oficial checa es aún hoy prooccidental, proeuropeísta y proestadounidense. Pero se ha debilitado. Pasos y medidas que durante mucho tiempo se han dado por sentados despiertan odio y controversia en algunos. 

En Europa central la historia de posguerra de Checoslovaquia es una excepción. Su camino a la servidumbre comunista fue distinto del de Polonia y Hungría, por no hablar de los estados bálticos y de los Balcanes. Ofendido por la traición francesa de Múnich en 1938, el presidente exiliado Edvard Benes concibió la Checoslovaquia de posguerra como un puente entre Occidente y Oriente. El Ejército Rojo arrebató después Polonia y buena parte de Checoslovaquia a los nazis. En Polonia y Hungría los rusos fueron brutales en 1944 y 1945, pero en Checoslovaquia no fue necesario. El fuerte Partido Comunista Checoslovaco ganó rotundamente unas elecciones semilibres en 1946. Ya en 1945 los comunistas se hicieron con el Ministerio del Interior y utilizaron a la Policía como una herramienta para preparar el terreno para el golpe de 1948. Se podría decir que el comunismo polaco y húngaro fueron productos de importación, pero sería impreciso afirmar que el comunismo fue impuesto a los checos. Le dieron la bienvenida cometiendo algunos errores forzados y otros no forzados.

El apogeo en Europa de los partidos populistas, nacionalistas y eurófobos conviene a los intereses de Rusia

¿Qué importa eso hoy? A pesar de la agresión perpetrada por la Rusia de Putin en Ucrania, a pesar de la ramplona política regional de Moscú y el resurgimiento de tendencias fascistas impulsadas por la élite del Kremlin, hay una parte importante de la población checa que alberga un sentimiento prorruso, o al menos ve la Rusia actual como el equivalente moral de Estados Unidos. El sentimiento es aún más curioso si se tiene en cuenta que se produce después de la invasión soviética de 1968, pero es innegable que una significativa y visible minoría de checos nunca ha interiorizado que su país lleva 16 años siendo miembro de la OTAN. También consideran a la Unión Europea un cuerpo ajeno a pesar de la entrada en ella del país en mayo de 2004.

Occidentalistas y rusófilos

Tal como están las cosas, los socialdemócratas de izquierdas que gobiernan son un factor decisivo en el rumbo de la política exterior checa. Sus votantes se dividen entre occidentalistas y rusófilos. Mientras que los partidos de derecha son al menos retóricamente prooccidentales, aunque el euroescepticismo y la postura contraria a la unión monetaria del Partido Cívico Democrático socava su orientación formalmente occidental, los socialdemócratas vacilan más en declarar su fidelidad a la OTAN y Occidente. Todo ello conduce a una tímida aceptación de los valores occidentales, una enérgica crítica de las sanciones contra Putin y una falta de solidaridad con los otros europeos que intentan solventar el inquietante problema de los refugiados.

El juego de explotar la división y la debilidad ha empezado por los nuevos miembros de la Unión Europea

Una mirada a los tres presidentes checos desde 1989, el año en que el comunismo se vino abajo, da un buen indicador del cambio de mentalidad. Václav Havel (1989-2003), antiguo disidente, dramaturgo, ensayista e intelectual de relevancia global, puso los fundamentos para la integración del país en las estructuras occidentales y su regreso a la comunidad de naciones democráticas. Pero no hubo continuidad, puesto que fue la némesis de Havel quien le sucedió en el viejo Castillo de Praga, la tradicional sede de la Presidencia checa. Václav Klaus (2003-2013), un taimado manipulador local, se volvió cada vez más antieuropeísta y ahora trata de cabalgar la ola nacionalista de vuelta a la política.

Klaus es un conocido partidario de Putin; los rusos le devolvieron el favor otorgándole la Medalla Pushkin por la promoción de la cultura rusa. Eso puede parecer divertido, puesto que nada se sabe de los logros de Klaus en el campo de la cultura, pero, por supuesto, lo que Moscú persigue en este caso son los intereses geopolíticos rusos, no el amor por la cultura. 
El actual presidente, Milos Zeman, es también abiertamente prorruso. Su campaña presidencial fue cofinanciada con dinero ruso y su asesor clave, Martin Nejedly, encabeza Lukoil, la rama checa de una empresa en última instancia controlada por el Kremlin. Hay que tener en cuenta que los presidentes, por prestigiosos que sean en público, no dirigen el gobierno y su influencia en la política exterior es bastante marginal.

Durante décadas la relación entre Europa central y Moscú tuvo una importancia limitada y estaba confinada a nivel regional. En los años 90 del siglo pasado, Rusia tenía una crisis interna y no representaba una amenaza geopolítica. Desde la llegada de Putin, sin embargo, el país ha regresado  a su vieja razón de ser: “Expandir el Estado en todas las direcciones”, como expresó en el siglo XVII el primer ministro del zar Alexei, Afanasy Ordin-Nashchokin. La expansión interior y exterior del Estado ruso es el modo en que Putin quiere superar la ruptura que ve en el periodo posterior a la guerra fría. Es un flagrante regreso a las viejas formas. El juego de explotar la división y la debilidad ha empezado por los nuevos miembros de la Unión Europea, pero no es seguro que termine ahí.