22/11/2019
Ciudades

Madrid. De tranquila villa a capital

Felipe II estableció la corte en la ciudad en 1561 y comenzó la transformación de la urbe que había sido fundada siete siglos atrás y que antes de ser capital de España lo fue de Armenia

Ricardo Aroca - 19/08/2016 - Número 47
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Madrid. De tranquila villa a capital
La Gran Vía, 1924. biblioteca nacional

Madrid comenzó a ser nuevamente Madrid en 1561 cuando Felipe II decidió establecer su corte con carácter permanente en la pequeña y tranquila villa de apenas 25.000 habitantes.    

Fundada siete siglos antes como un reducto defensivo musulmán, sobre el borde de la meseta que domina el valle del río Manzanares, y conquista de castillos dos siglos después, había crecido lentamente hacia el este a ambos lados del camino a Alcalá de Henares hasta llegar a la actual Puerta del Sol, donde se situaba la principal puerta de la muralla.

En el plano de la ciudad puede aún distinguirse el trazado de las callejas de la pequeña medina musulmana, el ya más regular con estrechas calles de la villa medieval cristiana e incluso las huellas de las sucesivas murallas. Varios monasterios situados inicialmente extramuros, luego englobados en la villa y demolidos a principios del siglo XIX por José Bonaparte, dan nombre a las plazas que salpican el denso tejido urbano.

La decisión de Felipe II estuvo propiciada por un curioso suceso acaecido a finales del siglo XIV. El entonces rey de Castilla Juan II otorgó la villa al destronado monarca de Armenia León V (Madrid fue capital de Armenia antes de serlo de España); el Concejo que quería seguir dependiendo directamente del rey sin señores feudales intermedios consiguió volver al dominio real, ya bajo Enrique III  “el doliente”,  a cambio de entregar al soberano el codiciado Monte del Pardo, rico en caza, donde se mataban osos de gran tamaño. La posesión del coto propició la frecuente visita de los sucesivos reyes castellanos a Madrid que fueron mejorando y ampliando el pintoresco Alcázar, de cuyas obras se ocupó especialmente Felipe II siendo príncipe.

La corte era itinerante por tierras de Castilla desde que el intento de Pedro I “el Cruel” de fijarla en Sevilla, le costó la vida a manos del que en adelante sería Enrique II “el de las Mercedes”. Los ciudadanos que tenían el honor de albergarla debían ceder gratuitamente la mitad de su casa a un cortesano (la llamada regalía de aposento).

La corte en Madrid

El poder absoluto de Felipe II le permitió establecer la corte con carácter permanente. La tranquila villa de Madrid con abundante agua y saludable brisa de la sierra y aledaña al monte del Pardo donde podía ejercer su afición a la caza, le pareció la mejor opción. Durante los 40 años de su reinado que termina con el siglo XVI, Felipe II vio con disgusto cómo la tranquila villa crecía hasta los 90.000 habitantes, que empleaban todo tipo de argucias para eludir la obligación pactada con el concejo de alojar gratuitamente a sus cortesanos; no colaboran en la construcción de la Plaza Mayor trazada por Herrera (que solo adquirió su configuración definitiva dos siglos después), ni de la nueva calle de Segovia que en la línea recta desde el nuevo puente, también obra de Herrera, debía enlazar con la calle Mayor.

A la afición a la caza de Felipe II debe Madrid la Casa de Campo, huertos y tierras de labor hechos monte

A la afición a la caza del rey debe Madrid la Casa de Campo, huertos y tierras de labor transformados en monte para poder iniciar las partidas de caza desde el palacio.

Durante el siglo XVII, con un breve traslado de la corte a Valladolid, tres monarcas de la casa de Austria reinan sobre una ciudad que crece más despacio, lo que permitió a Felipe IV completar una “cerca” que llegaba ya al arroyo de la Fuente Castellana, paralelo al Manzanares, y encerrar durante dos siglos un casco en el que aparte de numerosas iglesias hay más de 100 conventos.

Madrid debe a Felipe IV el parque del Retiro, regalo del Conde Duque de Olivares, donde instaló un palacio de verano, y haber protegido al pintor sevillano Diego de Silva y Velázquez, que trabajaba casi en exclusiva para la corona.

La primera mitad de siglo XVIII contempló la construcción del nuevo Palacio Real, obra de Sabatini (el antiguo fue destruido por un incendio), y en la segunda una reforma de la Hacienda pública permitió a Fernando VI, y sobre todo a Carlos III, monarcas ilustrados, llevar a cabo una operación de adecentamiento de la ciudad.

El Salón del Prado con las fuentes de Apolo y Cibeles ocupa la parte baja del arroyo de la fuente castellana, en el margen opuesto a la ciudad se construyó el Jardín Botánico y  al norte del mismo, una galería, obra de Juan de Villanueva, para colecciones de plantas (más tarde será el Museo del Prado).

Debemos a los Borbones ilustrados y a su no tan ilustrado descendiente Carlos IV haber protegido como pintor de cámara al aragonés Francisco de Goya y Lucientes, y la fisonomía del Madrid histórico, ya que además de construir numerosos edificios, Sabatini, Villanueva o Ventura Rodríguez, cambiaron la fachada de no pocos de los existentes.

El siglo XIX comenzó con la invasión francesa. Los nombres de no pocas plazas de Madrid recuerdan los conventos que fueron demolidos para esponjar el denso tejido urbano por orden de José Bonaparte.          

El tercio central del siglo XVIII es prodigo en novedades:

1. Madrid es proclamada capital de España por las Cortes (hasta entonces solo había sido sede de la corte)

2. La universidad complutense, que estaba en Alcalá de Henares hasta que el recién fallecido Fernando VII cerró todas las del país, se reabrió en Madrid.

3. La traída de agua del Lozoya mediante el Canal de Isabel II alivió la sed de una ciudad de 270.000 habitantes que hasta el momento se abastecía de pozos y viajes de agua.

Andando el tiempo, el agua de la sierra alimentó una red de embalses que pueden almacenar agua de excelente calidad para dos años de consumo de seis millones de personas. Carlos María de Castro trazó el plan de un ensanche que triplicó la superficie de la ciudad, hasta las 2.300 hectáreas, siempre encerrada en un límite físico para la recaudación de impuestos, en este caso un foso y un camino de ronda, que empiezan y terminan en el río.

La vista aérea de Madrid permite distinguir fácilmente la cuadrícula del ensanche que rodea a la trama irregular de estrechas calles del centro en el que, a su vez, la zona más próxima al Palacio Real conserva huellas de la antigua medina.

La Gloriosa revolución de 1868 acabó transitoriamente con la monarquía, expropió las posesiones reales que dotaron a Madrid de un magnífico sistema de zonas verdes (Retiro, Casa de Campo, Monte del Pardo), derribó la muralla que dejaba lugar a un camino de ronda interior y se empezó a edificar el ordenado en la ronda de Castro.

Cruzar de este a oeste

A comienzos del siglo XX, mientras los nuevos bancos sembraban de ostentosos edificios la calle de Alcalá, se planteó, a imitación de París, el trazado de la Gran Vía, que permite cruzar la ciudad de este a oeste ya que su eje histórico Mayor-Alcalá termina (realmente empieza) en el Palacio Real. La construcción de la Gran Vía, que no se completó hasta los primeros años 40 del siglo XX, constituye el testimonio de una época de arquitectura ecléctica rematada en su extremo oeste por dos peculiares rascacielos, ejemplo de la “autarquía” de los años 40 y 50.

En los aledaños del plan Castro, llegando ya al arroyo Abroñigal (al este de la Castellana), surgieron colonias de hotelitos en diminutas parcelas, la mayoría promovidas por gremios cooperativos, una docena de ellas ha conseguido sobrevivir. La más relevante es la del Viso, situada al nordeste del ensanche. Mención especial merece la muestra de urbanismo utópico que es la Ciudad Lineal de Arturo Soria, que consiguió materializar una cinta de ciudad jardín ordenada que unía los municipios de Canillas y Vicálvaro sobre la divisoria de aguas del Abroñigal y el Jarama.

Durante el decenio republicano de los años 30, un programa de centros escolares, mercados, hospitales y sobre todo la Ciudad Universitaria, que venía gestándose desde tiempo antes en una antigua posesión de la corona, adornaron la ciudad con algunas muestras de arquitectura moderna.

El gobierno acogió la idea de Secundino Zuazo de prolongar hacia el norte el eje Prado-Recoletos, que había ido ocupando con amplios paseos arbolados y palacetes el cauce del arroyo de la Fuente Castellana, mediante una calle que, a diferencia de los crecimientos tradicionales de la ciudad, no sigue ningún antiguo camino, formalizando así un gran eje norte-sur. En los años 40, Madrid absorbió 13 pueblos de su entorno y se llevó a cabo una gran operación de construcción de vivienda social en el suelo que iba a ser el “anillo verde”.

Entre 1940 y 1970 pasó de uno a tres millones de habitantes y ahí se estancó su crecimiento demográfico, que se trasladó a los pueblos y ciudades próximas de la región que en pocos años acomodaron a otros tres millones largos. Los desarrollos urbanos del norte y noroeste, más próximos a la Sierra, atraían a la población con mayores ingresos mientras que las clases menos privilegiadas son desplazadas a los municipios del sur.

El centro de negocios de la capital fue pasando de la calle Alcalá a los municipios del norte dejando solo la torre del Banco de Bilbao en una esquina de lo que iba a ser la City de Madrid.

El centro histórico, como en otras ciudades, inició la inevitable deriva hacia un parque temático de sí mismo

Mientras el centro histórico, como en otras ciudades, inició la inevitable deriva hacia un parque temático de sí mismo, el aumento del tráfico llevó a una operación de gran envergadura, llamada inicialmente Avenida de la Paz. Una autopista surca el cauce del arroyo Abroñigal, desde la carretera de Burgos al norte hasta la de Toledo al sur, uniendo todas las carreteras radiales excepto las de Extremadura y Galicia, hacia el este. Luego se añadió una segunda autopista norte-sur siguiendo el cauce del Manzanares y se bautizó como M-30 al anillo incompleto.

La llegada de la democracia hizo que por primera vez desde Felipe II los ciudadanos recuperasen el control de la ciudad que lentamente tomaba conciencia de sí misma y trataba de mantener su identidad protegiendo su patrimonio edificado al tiempo que se iniciaba una serie de operaciones de ornato y mejora que no se habían visto desde tiempos de Carlos III. Alrededor del Salón del Prado surgieron el museo Reina Sofía, el Thyssen, la Fundación La Caixa... Se construyó al noreste un gran recinto ferial que releva a los dispersos pabellones de la Casa de Campo que ejercían esa función.

Cuando comenzó el siglo XXI una década de portentos trajo, junto a un soterramiento del brazo del río de la M-30 que endeudó al municipio por dos generaciones, el nacimiento de cuatro esbeltas torres que aparecieron claramente fuera de lugar en la panorámica de la ciudad que se contempla bajando de la Sierra.

Si Felipe II levantara cabeza…