23/8/2019
Ciudades

Berlín. Historia de una capitalidad interrumpida

En esta segunda entrega sobre ciudades europeas, se traza el retrato del Berlín de hoy, menos fascinante que el de entreguerras, pero más polifacético y multicultural

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Berlín. Historia de una capitalidad interrumpida
Vehículos pasando por la Puerta de Branderburgo en 1935. Three Lions / Getty
Berlín es una historia interrumpida de capitalidad. Comenzó a ser capital de un reino, Prusia, en 1701, cuando Federico I fue nombrado su primer rey. Empezó a ser gran capital medio siglo después, en 1762, cuando su nieto, Federico II el Grande, decidió construir ahí edificios de instituciones del Estado y espacios simbólicos, incluida la Puerta de Brandenburgo, la principal de las 16 de la antigua muralla, frente al ya entonces público Tiergarten. Siguieron 100 años de consolidación y crecimiento político, representativo, comercial, económico y cultural. Derruida la muralla, la Isla de los Museos, la Ópera, la Biblioteca y otros edificios emblemáticos convivían con los apretados Höfe de los bloques de viviendas del Berlín de piedra, con extensos barrios de villas y con avenidas y parques.

La elección de Berlín como capital del imperio Alemán unificado (promovida por Bismark en 1871) fue indiscutible y produjo más crecimiento y acentuó su industrialización. Berlín superaba el millón de habitantes, y pronto, a principios del siglo XX, llegó a los dos millones. Aunque la Gran Guerra fue un gran parón, volvió a crecer, desbordada y extensa en las décadas de los 20 y 30, hasta llegar a cuatro millones justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Pese a eso, a Hitler se le quedaba pequeña en lo monumental y, de la mano de su arquitecto de cámara, Speer, planteó el delirio de una Germania desmesurada y retrohistórica que no llegó a nada. La caída de Hitler lo impidió. Alemania dejó de ser una y Berlín dejo de ser capital. El muro la partió en dos.

La elección de Berlín en 1871 como capital del imperio alemán unificado fue indiscutible

Hace un cuarto de siglo que Berlín se convirtió en capital de la Alemania reunificada tras la caída del muro ( “de la vergüenza”, para unos, “de protección antifascista”, para otros) que levantaron los comunistas en una sola noche: la del 12 al 13 de agosto de 1961. Hubo muchos que se opusieron entonces al traslado del Gobierno y el Parlamento desde Bonn, la tranquila ciudad renana que había sido su sede desde 1949, a la antigua capital de la Prusia militarista, primero, y del régimen de terror de Hitler más tarde. Bonn representaba la renuncia definitiva de la nueva Alemania al nacionalismo agresivo que el mundo identificaba todavía con Berlín. Pero existía la promesa de que Berlín volvería a ser la capital del país unificado y, como explicó el entonces canciller cristianodemócrata Helmut Kohl, devolver la capitalidad a esa ciudad equivalía a superar definitivamente la división del país y, al mismo tiempo, de Europa.

Entre los partidarios de dar ese paso también había muchos conservadores que querían borrar cuanto relacionaban con el espíritu de mayo del 68, con la sociedad permisiva, tolerante y abierta de la Alemania resurgida de las cenizas de la guerra. Al final se impusieron en votación parlamentaria los favorables al traslado, y para contentar a Bonn, que volvería a ser “una pequeña ciudad en Alemania” de espíritu provinciano, de la que habló John le Carré en el libro de ese título, le ofrecieron compensaciones económicas y de otro tipo, como la de ser sede de varias instituciones de la ONU. Se optó además por no llevar a Berlín las sedes de instituciones como el Tribunal Constitucional, radicado en Karlsruhe, o el Bundesbank, sucesor del Reichsbank de la época guillermina, que se quedaría en Fráncfort.

Una ciudad dividida

Comenzó entonces la tarea de reconstruir un Berlín desestructurado, que mostraba todavía, junto a las profundas heridas de la guerra, las de sus años de división.

Alemania cambió más tarde su preciado marco por el euro, adaptó con éxito su industria a los nuevos tiempos y si durante años supo resistirse a los vientos que soplaban desde el área anglosajona y defender su Estado de bienestar, al final, con un canciller socialdemócrata, terminó adoptando muchas de las reformas neoliberales ensayadas ya en otros lugares.

Berlín es hoy una ciudad profundamente desigual. Sus políticos tratan de proyectar la imagen de una ciudad joven, dinámica y creativa. Y lo es en muchos sentidos: entre 2013 y 2015 se crearon 11.000 empleos en el sector de la tecnología de la información. Cada 20 horas surge una nueva start-up. La digitalización beneficia sobre todo a los jóvenes profesionales venidos de fuera y, lejos de nivelar, contribuye a aumentar la brecha entre ricos y pobres.

Algunas estadísticas colocan a Berlín en uno de los peores lugares entre más de 400 ciudades alemanas según el índice de delincuencia, el recurso de muchos de sus habitantes a las ayudas sociales y el elevado endeudamiento per cápita, que impide acometer o terminar infraestructuras necesarias.

Hacia la densidad urbana

Se calcula que cada año la población berlinesa aumenta en unas 40.000 personas. Por otro lado, el 40% de las viviendas que salen al mercado son de lujo y en régimen de propiedad. El partido cristianodemócrata intenta impulsar la propiedad mientras que el socialdemócrata, los Verdes y Die Linke (La Izquierda) apuestan sobre todo por el alquiler.

Para paliar la acuciante necesidad de viviendas asequibles muchos arquitectos señalan que la ciudad tiene que construir más en altura y volverse más compacta. La densidad urbana berlinesa es aproximadamente un quinto de la parisina, lo que se explica por la abundancia de espacios y corredores verdes, parques públicos y barrios de espléndidas villas tanto de la época guillermina como de los años 30, dotadas todas ellas de hermosos jardines.

De no aumentar su densidad, explica Daniel Liebeskind, creador del Museo Judío de la ciudad, Berlín tendrá que expandirse hasta el Land (Estado federado) de Brandenburgo, y se acabará con la tranquilidad de los lagos que, junto a los densos bosques, figuran entre los mayores atractivos de la capital. Algunos arquitectos proponen renovar los viejos edificios que no destruyó la guerra en lugar de derribarlos para levantar otros nuevos, algo que se ha hecho con bastante éxito en ciudades de la antigua Alemania comunista como Magdeburgo o Leipzig. Hay una idea que parece encontrar cada vez más partidarios: crear jardines o huertos urbanos en los tejados.

En los últimos años la especulación inmobiliaria en Berlín ha aumentado de manera espectacular y se han aprovechado los solares y grandes espacios dejados por las bombas o el muro que dividía la ciudad para levantar edificios de oficinas, bancos y centros comerciales que no desentonarían en el nuevo Londres.

Quienes quieran ver el resultado de todo ello solo tienen que apearse en la estación de metro Bahnhof Zoo y fijarse en los edificios que se levantan a poca distancia de la Gedächtniskirche, la iglesia de la época guillermina semidestruida en la guerra y convertida en uno de los iconos de la ciudad, o trasladarse a la plaza de Potsdam, un antiguo terreno baldío que sirvió como bisagra entre el este y el oeste de la capital.

Cada año la población berlinesa aumenta en unas 40.000 personas y el 40% de las viviendas son de lujo

Esa plaza, sueño hecho realidad de arquitectos y urbanistas, con la que nunca han llegado a encariñarse los berlineses, es hoy uno de los principales atractivos turísticos gracias a edificios futuristas como el Sony Center, de Helmut Jahn. Tratan de ser el equivalente de lo que fueron en los años de posguerra los construidos durante la guerra fría en Berlín Occidental por famosos arquitectos como Gropius, Niemeyer, Aalto o Jacobsen, y a los que el Berlín comunista solo pudo oponer la espectacularidad de su Torre de Televisión o la monumentalidad estalinista de la avenida de Karl Marx.

Unir los dos lados

El derribo del muro de Berlín hizo posible toda una serie de proyectos destinados a unir las estructuras urbanas a ambos lados y en los que hubo que decidir entre una réplica de los viejos edificios, una reconstrucción crítica basada en una interpretación contemporánea o una ruptura total con la arquitectura prusiana. Uno de los intentos más polémicos es la reconstrucción de la fachada barroca del antiguo palacio real berlinés, la que fue residencia principal de los Hohenzollern desde el siglo XVIII hasta la caída del imperio alemán.

Gravemente dañado en la guerra y demolido por el gobierno comunista de Walter Ulbricht en 1950, tras su reconstrucción, financiada en parte con donativos particulares, el edificio albergará el Foro Humboldt, en homenaje a Alexander von Humboldt, además de las colecciones del museo etnográfico y de arte asiático, una biblioteca y exposiciones temporales. Se ha encargado la dirección, botón de muestra del cosmopolitismo del nuevo Berlín, al exdirector del British Museum, Neil MacGregor.

Cuando esté acabada, será una atracción más de una ciudad que recibe ya anualmente unos 12 millones de turistas, interesados tanto en museos de la importancia del de Pérgamo como en los vestigios de la guerra fría o en el famoso Checkpoint Charlie y en los trozos del muro que se han conservado.

Berlín, a excepción de la larga noche del nacionalsocialismo, es una ciudad que se ha caracterizado tradicionalmente por su liberalismo y por la acogida que brindó a los perseguidos en otras partes del mundo, como el medio centenar de familias judías que llegaron de Viena en 1672, los hugonotes franceses o los protestantes de Bohemia. Todos contribuyeron al enriquecimiento de su vida cultural y artística.

La ciudad tuvo su momento más frenético en el periodo de entreguerras, con más de 70 cabarets y clubes nocturnos, ambiente decadente que tan bien supieron reflejar escritores como Döblin, Fallada o Klaus Mann y plasmar en sus lienzos artistas expresionistas como Otto Dix o Georg Grosz. Ese Berlín ya no existe: el actual es menos fascinante que aquel y, sin embargo, más polifacético y multicultural gracias a la fuerte inmigración de los países del sur y del este de Europa, pero sobre todo de Turquía, que ha dejado su impronta en barrios enteros como los de Kreuzberg, Neukölln o Wedding, donde los inmigrantes conviven con una población joven y de estilo de vida alternativo.