22/7/2019
Análisis

Más tensión que protección

Presentado como medida defensiva, el escudo antimisiles aspira a convertir los ingenios nucleares en armas de batalla

Más tensión que protección
El líder de la OTAN, Jens Stoltenberg, en Deveselu. D. MIHAILESCU / AFP / Getty
Lo aprendimos ya en la guerra fría, en cuanto la tecnología aplicada al armamento nuclear hizo ver que la destrucción mutua asegurada —elemento central de la disuasión, al negar la victoria— podía quebrarse si alguna de las dos superpotencias se hacía con un escudo que le permitiera sobrevivir a un primer golpe. Metidos en esa demencial dinámica, la respuesta más probable para restablecer el equilibrio del terror sería acelerar aún más la carrera armamentística para saturar cualquier posible defensa, asegurando así que un número suficiente de misiles estratégicos atravesaría el escudo y alcanzaría sus objetivos. Afortunadamente, aprovechando la coyuntural distensión de principios de los 70 del siglo pasado, Moscú y Washington acordaron ralentizar esa espiral firmando en 1972 el Tratado ABM, que limitaba a 100 el número de sistemas de misiles antibalísticos que cada uno podría mantener operativo en bases terrestres en su propio territorio. Y a eso se ajustaron ambos —incluso a pesar de las tensiones creadas por la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de RonaldReagan— hasta que, en diciembre de 2001, George W. Bush denunció (y, por tanto, invalidó) el acuerdo.

Hoy, sin ese pilar básico de la seguridad mundial, nos encontramos ya en pleno desarrollo del Sistema de Defensa de Misiles Balísticos (BDM), cuya segunda fase del componente desplegado en Europa acaba de ser declarado operativo en la base rumana de Deveselu el pasado 12 de mayo. Lejos aún de que la tecnología haga realidad la ensoñación de invulnerabilidad que impulsa a sus promotores, el escudo estadounidense se ha convertido ya en uno de los principales focos de tensión con Rusia. Formalmente Washington sostiene que los sistemas desplegados en Rumanía —y los que se activarán a finales de 2018 en el territorio polaco de Redzikow, cercano al enclave ruso de Kaliningrado— ni están dirigidos contra Rusia ni tienen capacidad para anular sus misiles balísticos intercontinentales (ICBM).

El escudo de EE.UU. en Europa se ha convertido ya en uno de los principales focos de fricción con Rusia

El argumento oficial que ha llevado a Estados Unidos a desplegar los sistemas Aegis Ashore en suelo rumano —con una estación radar SPY-1D, tres baterías con 24 misiles interceptores SM-3 y lanzaderas verticales Mark-41— es que sirven para neutralizar la amenaza misilística de estados “gamberros” contra objetivos estadounidenses o de sus aliados europeos. Pero eso no impidió que, quizás traicionados por su inconsciente, tanto el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, como el presidente rumano, Klaus Iohannis, volvieran a mencionar a Rusia, Ucrania y los movimientos militares rusos en el espacio de sus anteriores “satélites” en plena ceremonia de activación de las instalaciones de Deveselu.

Se desinfla la coartada iraní

La Administración Obama defiende que ese despliegue —con un coste que supera los 800 millones de euros y bajo control operativo del comandante de la VI Flota, al igual que los cuatro destructores con base en Rota— solo es eficaz contra misiles balísticos de corto y medio alcance (hasta 3.500 km) lanzados por otros países (léase Irán). Una argumentación que pierde fuerza de inmediato, en cuanto se constata que Irán ha dejado de ser el paria internacional que sirvió hace 10 años para defender la puesta en marcha del programa —aunque sigue adelante con su controvertido programa misilístico—, que los SM-3 ya han demostrado que pueden eliminar un satélite en órbita baja volando a velocidades similares a las de un ICBM y que las lanzaderas Mark-41 pueden ser usadas para disparar misiles crucero de mayor alcance.

Sin olvidar que, tras superar la gravísima crisis que supuso la implosión de la Unión Soviética, Moscú lleva una década tratando agresivamente de recuperar su zona de influencia en sus vecindades europea y asiática (y que para ello no duda en tensar militarmente la cuerda hasta dónde puede), parece lógico entender que los gestos estadounidenses en poco ayudan a rebajar la tensión en el continente europeo.

En primer lugar, interesa reiterar que el abandono del Tratado ABM supuso reabrir la senda armamentística. El posterior desarrollo del escudo estadounidense, por mucho que se presente como una medida defensiva contra potenciales agresores, no puede esconder también la aspiración de convertir los ingenios nucleares en armas de batalla. Ideado para anular los efectos de un primer golpe enemigo, permite soñar (y, tecnológicamente, hoy eso es solo un sueño) con que su blindaje permitirá realizar un segundo golpe de efectos devastadores y lograr así una victoria definitiva. Tampoco puede olvidarse el efecto causado en Moscú por la ampliación de la Alianza Atlántica hacia el este, percibida como un creciente asedio que le ha ido restando espacios que históricamente se había acostumbrado a considerar propios.

El huevo o la gallina

Sin entrar a decidir si fue primero el huevo o la gallina, parece claro que ambos —maestros consumados en gestionar sus diferencias— se empeñan en aumentar la tensión con gestos desestabilizadores. Así cabe interpretar los sobrevuelos rusos en las cercanías del espacio aéreo aliado, la entrada (disfrazada de despiste) de buques y submarinos en aguas de algunos países aliados o la creciente frecuencia de maniobras militares en zonas fronterizas. Pero lo mismo cabe decir de los despliegues aliados de misiles en las cercanías de Rusia o de la decisión de activar un sistema rotatorio de cuatro batallones en los países bálticos y Polonia. A esa dinámica corresponde igualmente el cruce de acusaciones sobre la violación del Tratado INF (armas nucleares de alcance intermedio, firmado en 1987), sea por los drones armados estadounidenses que podrían usarse como misiles crucero y las ya citadas Mark-41, o por el despliegue ruso de los misiles crucero R-500 y las pruebas del ICBM SS-27 Mod 2 adaptado a alcances intermedios.

El argumento oficial es que el sistema sirve para neutralizar la amenaza misilística de estados “gamberros”

En definitiva, Rusia ve esos despliegues en su vecindad como una amenaza directa que cuestiona su capacidad disuasoria. Y aunque es muy consciente de que sus agobios económicos no le permiten acelerar aún más la modernización de su triada nuclear, no hay duda de que Vladimir Putin hará lo necesario para contrarrestar los planes estadounidenses, sea con un misil balístico intercontinental que pueda penetrar cualquier escudo antimisiles o tratando de dividir a los aliados europeos aprovechando las brechas entre europeístas y
atlantistas. Por supuesto, no se trata de otorgar derecho de veto a Rusia sobre los planes de la Alianza Atlántica o de Estados Unidos en territorio europeo, pero tampoco se puede esperar pasividad de quien se siente cercado y, menos aún, instalarse en una falsa actitud defensiva mientras se alimenta una carrera armamentística incesante (Obama acaba de aprobar el más ambicioso programa de modernización nuclear de la historia). Dado que ambas potencias disponen aún del 95% de todas las cabezas nucleares existentes, tampoco parece recomendable que hagan del tema nuclear uno de sus instrumentos para alimentar una tensión de la que no cabe esperar nada positivo.