Arquitectura

Museo de las Colecciones Reales. En el justo medio está la virtud

El edificio que albergará este museo de los arquitectos Mansilla y Tuñón es un importante equipamiento y una gran mejora paisajística y urbana de la cornisa histórica de Madrid

Antón Capitel - 30/09/2016 - Número 53
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Museo de las Colecciones Reales. En el justo medio está la virtud
Vista del edificio de Mansilla y Tuñón desde el exterior y vista interior. Luis Asín
El edificio del nuevo Museo de las Colecciones Reales, realizado por los arquitectos Luis Moreno Mansilla (desgraciadamente fallecido en 2012) y Emilio Tuñón, fue producto de un importante concurso. Y resulta bastante probable que el proyecto que hicieron en su día fuera elegido por la lucidez de tratamiento que tuvo frente al lugar tan difícil que debía ocupar, haciéndolo con unos medios formales muy limitados, tan mínimos como eficaces.

El museo se planteó como una continuidad volumétrica con los cuerpos basamentales y pabellones de escasa altura con los que Sabattini había resuelto el borde del Palacio Real frente a la gran cornisa cerrando la gran plaza de armas. Prolongar esta decisión volumétrica ya antigua permitía acentuar, en la medida de lo posible, la difícil unidad entre el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, toda vez que la atractiva condición que Madrid había tenido como una ciudad del rey y sin obispo, existente todavía cuando el palacio se edificó, había quedado frustrada, arquitectónicamente hablando al menos, cuando se decidió finalizar el anacrónico y decepcionante edificio religioso que había sido planeado, también mediante concurso, en el primer periodo del franquismo. El museo, al ser entendido y presentarse como una suerte de basamento y continuación del antiguo,  ha conseguido esta unidad, pero no solo por prolongar el gran gesto horizontal palaciego, volviéndolo así más coherente aún; también por haberle ofrecido a la catedral una base figurativa más firme, capaz de arroparla en cierto modo. Y que, en alguna medida y afortunadamente, también la oculta un poco.

Entre lo antiguo y lo moderno

Pero, conscientes los arquitectos de que esta difícil situación urbana exigía una especial lucidez figurativa, plantearon una apariencia del edificio que permitiera, de un lado, establecer una adecuada y suficiente armonía formal con lo antiguo, y, de otro, diferenciarse de lo existente en un modo suave, lógico y pleno. Y no tanto —esto último— por querer ser modernos (“fieles a su época”, o pruritos semejantes, siempre algo cursis), sino, sobre todo, por pensar que las más difíciles y las más importantes y arriesgadas ocasiones son las que exigen precisamente los medios formales y técnicos más claros, lógicos y sinceros, pues en ellos reside la eficacia, el acierto. O la propia virtud, diciéndolo de otra manera.

La difícil situación urbana, entre el Palacio Real y la Almudena, exigía especial lucidez figurativa

Pues la virtud, en estos casos, está en el justo medio. Esto es, en renunciar a dos posiciones extremas, las más de las veces insensatamente practicadas. De un lado, renunciar a operar mediante la inserción de postizos modernos, siguiendo un supuesto  “espíritu de la época” y pagándole tributo  por medio del collage, técnica prestigiada por el arte moderno y por el vanguardista distanciamiento de la historia. Y de otro, renunciar a la mímesis historicista, que hubiera invitado aquí a disfrazarse… ¿de qué?, ¿del palacio?, ¿de la catedral?

Sensata y lúcidamente, los arquitectos eligieron una analogía formal atractiva y eficaz, que es la que hoy se puede ver realizada. Y puede decirse que esta se inspira en dos modelos formales superpuestos, uno moderno y otro tradicional, que no luchan entre sí, sino que colaboran. Uno es el arte minimal, el relativo a las obras de Donald Judd, por ejemplo, referencia siempre muy grata para estos autores. Otro es el orden clásico dórico, o, mejor aún, el toscano, el orden más sencillo. Las pilastras de granito, demasiado próximas, muy apretadas, y así con un atractivo sabor arcaico, reproducen el basamento neoclásico sin hacerlo, en realidad. Lo reproducen y no lo reproducen. ¿Qué es? ¿Es clásico? ¿Es moderno? Amigo lector, para su tranquilidad le diré: no se preocupe, es las dos cosas. Está tanto en el justo medio como en los dos extremos a la vez. Un triunfo completo. Con él la parte principal de la cornisa histórica de Madrid ha llegado al feliz remate que nunca tuvo. Señores ciudadanos, estamos sin duda de enhorabuena.

Esta imagen de basamento baja a lo largo de toda la cornisa hasta llegar al nivel del paseo del río, configurando así una superposición de columnatas en altura, unas más altas y otras más bajas, ligeramente desplazadas unas respecto de las otras, y de modo que estas eficaces y sutiles variaciones contrarrestan y animan la austera configuración básica. Elementos de rampas construidos en ladrillo, que replican las del palacio, matizan todavía esta singular y afortunada fachada, en la que el granito, la piedra berroqueña tan propia de Madrid, se convierte en una sutil melodía. La cornisa, de arriba abajo, se ha transformado y el Palacio Real y su lugar encuentran el feliz remate tanto tiempo esperado.

Detrás de la fachada

Ahora bien, ¿qué hay tras esto? ¿Dónde está el museo? Está tras la fachada de la que se ha hablado, por supuesto, pues lo que vemos desde fuera no es otra cosa que el trasdós exterior de una estructura de pórticos repetidos, de los que forman parte las columnas externas, y que hacen las veces de gran muro de contención de las tierras al tiempo que encierran unas largas salas, de distintas alturas, unas encima de las otras, simples y perfectas, cuya sencillez está exquisitamente contrarrestada por la repetición de la estructura, cadenciosa y solemne. Otra vez Donald Judd, otra vez el orden dórico, y otra vez, como afuera, la posición virtuosa del justo medio y, a la vez y superpuesta, la de los dos extremos.

Se inspira en dos modelos formales superpuestos que no luchan entre sí, sino que colaboran

Poco más hay. Ya está casi todo. Abajo y atrás, entre la tierra y el edificio de contención, restos arqueológicos del Madrid ancestral. En situaciones estratégicas, circulaciones y servicios. Desde fuera y arriba, desde la plaza entre palacio y catedral, un volumen pequeño de apenas dos pisos, discreto y elegante, muestra el acceso. El que llevará en su momento a ver las largas y cadenciosas salas dóricas, unas encima de las otras, asomadas al Manzanares con ojos múltiples, llenas de joyas de colores: suntuosas carrozas, lujosos tapices, maravillosos cuadros, objetos y joyas reales… Todo aquello que paradójicamente la segunda República soñó con enseñar al pueblo, y que se ha enseñado desde entonces, desde luego, pero que solo a partir de ahora va a tener el marco merecido. Un marco espléndido y adecuado, digno de su lugar al haberlo servido como este exigía.