29/5/2017
Política

Podemos se hace mayor

Iglesias contrapuso la etiqueta de nuevo a la de viejo, bajo la premisa de que todo lo nuevo era bueno y todo lo viejo, malo. Solo hacía falta buscar en el mercado y ver que eso ya no se llevaba, pues lo que más vende en crisis es lo vintage

Javier Olano - 30/09/2016 - Número 53
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Podemos se hace mayor
Pablo Iglesia rodeado de Irene Montero, Íñigo Errejón y Pablo Bustinduy en la plaza Reina Sofía tras las elecciones del 26 de junio de 2016. GERARD JULIEN / AFP / Getty
Seguramente ni Barack Obama ni su equipo de asesores se habrían imaginado la proyección que tendría el “Yes, we can” al otro lado del Atlántico. Quizá sí. Lo que sí es seguro es que el lema que llevó a Obama a la Casa Blanca se ha convertido en nuestro país en un partido político, tercera fuerza nacional en un tiempo récord, con capacidad de determinar políticas y gobiernos en varios ámbitos. Todo ello gracias a una estrategia comunicativa que ha tenido su base en los medios de comunicación de masas, y más concretamente en la televisión. Podemos ha logrado ser lo que es gracias a la construcción de su discurso. Por ello, quizá sea buen momento para reflexionar si este discurso es mérito en exclusiva de la formación o si influyeron otros factores.

Parece que queda lejos aquella primera intervención de Pablo Iglesias como tertuliano en una televisión generalista, Intereconomía. Fue en este ámbito, el de las tertulias políticas, en el que el hoy líder de Podemos construyó su personaje mediático. Lo construyó él, pero también lo construyó ese macrodiscurso que es la televisión, bajo las pautas de lo que hoy denominamos infoentretenimiento. Una forma discursiva propia del espectáculo, en la que lo que importa no es tanto lo que se dice sino cómo se cuenta. La forma sobre el fondo. Y en este contexto, Iglesias construyó su discurso, y el de su formación.

Los procesos de fusión televisiva de la era Rajoy dejaron al PSOE huérfano y un espacio a cubrir en la izquierda

El propio partido Podemos nacería en un plató, en el de Las Mañanas de Cuatro, programa dirigido entonces por el periodista Jesús Cintora. El 14 de enero de 2014, menos de un año después de su primera aparición en televisión, Pablo Iglesias anunciaba su candidatura a las elecciones europeas bajo una nueva formación. El tertuliano se convertía así en político en riguroso directo televisivo. El líder antes que el partido, y una nueva forma de hacer política en nuestro país, al menos con un discurso y unas pautas distintas a las convencionales.

Un nuevo discurso al que dotaron de un nuevo lenguaje, metafórico y excesivamente autorreferencial. Un discurso más propio de la publicidad que de la política convencional. Contrapusieron la etiqueta de nuevo a la de viejo, bajo la premisa de que todo lo nuevo era bueno y todo lo viejo era malo. Solo hacía falta buscar en el mercado y ver que eso ya no se llevaba, pues lo que más vende en crisis es lo vintage.

Pablo Iglesias y su equipo quizá no calcularon los riesgos de caer en un discurso excesivamente posmoderno: autorreflexivo, transversal y, sobre todo, un discurso centrado en exceso en la forma. El discurso posmoderno es el lenguaje del neoliberalismo, la irreflexión, la celeridad, la mercantilización de la vida social: ya no tienen marcas solo los productos, también las personas, quienes ya no cuentan su vida sino que, como él, construyen biografías mediante storytelling. ¿Podía este discurso ofrecer un verdadero cambio a la gente? Independientemente de su posterior deriva, Podemos no deja de ser un partido mediático, no solo por su génesis, también por su discurso, un discurso televisivo, posmoderno por definición, sustentado en un líder mediático y en una temática para la mayoría.

Fruto del sistema mediático

Siguiendo el modelo de Hallin y Mancini, España cuenta con lo que se denomina un sistema mediático pluralista polarizado, en el que los principales elementos del mismo, los medios de comunicación, tienen una profunda vinculación con los distintos partidos políticos, influencia que es ejercida también desde la regulación estatal. Teniendo en cuenta esto, parece a primera vista impensable que un partido como Podemos haya encontrado en los medios de comunicación de masas, principalmente la televisión, su principal plataforma.

Sin embargo, los procesos de fusión empresarial en el sector en la primera etapa de la legislatura del Gobierno de Rajoy culminarían con el establecimiento del duopolio Atresmedia y Mediaset, así como la vuelta del control gubernamental de RTVE. El sistema pluralista polarizado que había existido hasta el momento, dominado por el bipartidismo PP-PSOE, daba paso a un sistema en el que el PSOE se quedaba casi huérfano, dejando un espacio por cubrir en la izquierda mediática.

Casi paralelamente, desde 2012 tanto Pablo Iglesias como Juan Carlos Monedero escribían en el periódico Público, además de tener un programa de televisión, de ámbito local, La Tuerka, que más tarde sería emitido por el mismo periódico. Público, propiedad de Jaume Roures, a su vez dueño de Mediapro, también cedería sus instalaciones para la producción del mismo. Un año después, sería La Sexta Noche, programa producido por Liquid Media (filial de Mediapro), quien popularizaría al actual líder de la formación, Pablo Iglesias, así como a otros miembros de la misma.
 
Parece que la relación con el empresario catalán, quien ha producido también una película sobre la creación de la formación, es crucial en el lanzamiento mediático de la misma. Sin lugar a dudas, Podemos y sus dirigentes supieron ocupar el espacio que quedaba en la izquierda mediática, siempre amparados por el sistema. Pablo Iglesias y lo suyos lograron lo que el profesor de la Universidad Complutense Félix Ortega llama teledemocracia. De algún modo, los espectadores encontraron con Podemos, Pablo Iglesias y sus líderes una identificación de sus preocupaciones, de sus reclamos. Ya no hacía falta salir a la calle a protestar, pues ya protestaban en el espacio público mediático por todos.   

Las redes ayudan

No solo la televisión ha sido fundamental en la construcción del discurso político de Podemos, también las redes sociales. Las redes sociales tienen un efecto multiplicador en la difusión de los mensajes, algo que puede ser muy útil. Pero las redes sociales e internet conforman también un arma de doble filo para la comunicación política dado su carácter deliberativo y la ingente cantidad de información a la que se tiene acceso. En este contexto de sobreinformación, surge el infoentretenimiento como un mecanismo para llamar la atención de la audiencia sobre un hecho concreto de los innumerables que acontecen en el espacio mediático.

El discurso y la marca Podemos han sido sobresignificados: el rápido éxito también se puede perder rápido

Desde un primer momento, la formación morada ha incorporado a su propio funcionamiento las redes sociales e internet como algo esencial. Debates en la red, afiliación y votación online, uso intensivo de las mismas, como Twitter o Facebook… Muchas veces esta ha servido para escenificar debates internos o incluso para llamar la atención de la audiencia, que no ciudadanía, como cuando Tania Sánchez anunció su ruptura con Pablo Iglesias en plena noche electoral de las elecciones andaluzas.

Pero no solo la formación ha transmitido mensajes, también simbología.  Podemos sabe que apelando a las emociones y a los símbolos logrará establecer un nexo con la ciudadanía a través de lo irracional. Como fuerza nueva,  Podemos no puede ofrecer más que ilusión. Esa simbología se fundamenta en un nuevo lenguaje, de base metafórica. que introducen en el nuevo marco político que plantean.

¿El círculo se resquebraja?

Sin lugar a dudas, unos de los elementos simbólicos más reconocibles de la formación morada es el círculo. Un círculo es su logotipo, pero también denominan círculos a las distintas agrupaciones del partido. Una vez más contrasta el uso de un lenguaje manido con lo que se quiere transmitir. Un círculo es una figura geométrica cerrada, que se opone a la apertura de la que tanto habla la formación.

Un círculo cerrado como el que representan los principales miembros del partido, lo que hasta ellos mismos denominan núcleo irradiador. Ellos son los que, casi sin cuestionamiento interno, ordenan las directrices del partido. A este círculo pertenecen Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Pablo Echenique, Juan Carlos Monedero o Irene Montero, entre otros. Casi todos se conocen de antes, y entre la mayor parte de ellos existen relaciones personales. Un círculo de amistades en toda regla. 

Con el paso del tiempo, parece que dentro del círculo de poder comienza a haber fisuras, o al menos discrepancias en relación a cómo se han de hacer las cosas. Así, hemos oído que se habla de pablistas o errejonistas, como dos corrientes marcadamente diferenciadas: la de Pablo Iglesias, que aboga por la consolidación de una fuerza de izquierdas autónoma, y la de Íñigo Errejón, quien aboga por mantener el discurso de la transversalidad y amoldarse para seducir al electorado. 

Lo hemos visto estos días en las redes, con un enfrentamiento público entre los que se denominan pablistas y errejonistas. Los próximos a Iglesias hablan de asustar, los errejonistas de seducir, y ambos siguen hablando del discurso que ha de tener la formación. Lo cierto es que la pérdida de más de un millón de votantes no se debe en exclusiva al discurso, sino a la forma de hacer política. El problema de la formación no está tanto en el hablar sino en el actuar. Actuaciones como la que se ha llevado a cabo en Castilla-La Mancha, donde Podemos ha retirado su apoyo al PSOE, donde apoyaban sin fisuras a García-Page.

Parece que la estrategia de poli bueno y poli malo de Errejón e Iglesias pretende aparentemente establecer un debate público sobre cuál es la mejor estrategia discursiva que ha de seguir la formación. Aunque se comparen con tipos de música distintos, parece que ambos siguen perteneciendo al mismo compás, al mismo círculo. Un círculo que, como en todos los partidos, se enfrenta a luchas internas, en este caso con una fuerte jerarquía y pocos cambios con respecto al resto de partidos. Parece que Podemos se parece cada día más a la casta política a la que Pablo Manuel criticaba en todas las tertulias a las que acudía.

El riesgo de ser 'kitsch'

El profesor de la Universidad Complutense Jesús González Requena dice del kitsch que es “a donde necesariamente se llega cuando se sobresignifica lo que no se da”. Y es exactamente en este punto de inflexión en el que se encuentra la formación morada. De ahí sus debates internos. El discurso y la marca Podemos han sido sobresignificados de tal manera que en muchas ocasiones el rápido éxito también se puede traducir en una rápida pérdida del mismo. No es de extrañar que muchos de sus socios electorales renuncien de la misma. La fuerte carga simbólica y encasillamiento no gustan.

Si Podemos no actúa adecuadamente conforme a las demandas de su electorado en el corto y medio plazo, la formación morada corre el riesgo de terminar siendo en unos años algo kitsch, sobre lo que pudo ser y no fue. Le guste o no, Podemos se está convirtiendo en lo que criticaba. Después de unas elecciones europeas, varias autonómicas y dos generales en tan sólo dos años y unos meses, se puede decir que Podemos todavía no es viejo, pero sí que se está haciendo mayor.