24/5/2019
Viajes

Seis destinos del Caribe. (y VI) Cuba: Llega la ola

La isla abre sus puertas al turismo masivo sin capacidad ni recursos para gestionar la avalancha

Arantza Prádanos - 26/08/2016 - Número 48
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Seis destinos del Caribe. (y VI) Cuba: Llega la ola
“‘Almendrones” de los años 40 y 50 frente al Capitolio en La Habana. Arantza prádanos

Para viajar por Cuba conviene guardar siempre un plan B en la manga. O mejor aún, moverse sin plan alguno y a lo que salga, “mi hermano”. Solo así puede uno ver frustrado —por falta de pasajes, de combustible, de chófer o por cualquier otra razón, la lista de imponderables es larga— su deseo de visitar Santiago, aguerrida cuna de tantas revoluciones, y acabar sin preverlo en Trinidad, en medio del gentío, engrosando la marabunta turística que se quería evitar. Porque esta hermosura colonial de primera hornada (1514), patrimonio mundial de la Humanidad, es desde hace mucho el secreto peor guardado de Cuba y quizá la única ciudad que, a su propia escala, se atreve a tutear a La Habana o a Varadero como destinos más abarrotados de la isla del momento. Acaba de cumplirse un año de la reapertura de embajadas con Estados Unidos y los efectos del deshielo son evidentes. Una vez que la diplomacia ha entreabierto las compuertas, el amigo americano empieza a desembarcar en tropel otra vez. Mientras, aumenta el flujo de cubanos que huyen de una nueva recesión económica y la falta de libertades. Otra vez.

Desde hace un año la han visitado el papa, Obama, los Rolling, las modelos de Chanel y 3,5 millones de turistas

El turismo internacional parece inmune a esta realidad bipolar. Ni las restricciones energéticas, ahora que Venezuela escatima el petróleo, ni siquiera la clamorosa falta de plazas hoteleras desaniman. Cuba está de moda. En los últimos 12 meses han recalado en la mayor de las Antillas el papa, Obama, The Rolling Stones, las modelos cimbreantes de Chanel y más de 3,5 millones de turistas. Se han restablecido parcialmente las conexiones directas por mar y aire con Estados Unidos. El bloqueo sigue en pie y los turistas estadounidenses ni siquiera pueden entrar aún como tales, pero las cifras oficiales lo dicen todo: han aumentado un 84% en el primer semestre del año. Y un 69% más de españoles, por cierto. Si sirve como anécdota, en Trinidad se encuentra con facilidad Coca Cola genuina —en vez de la TuKola reglamentaria— y también cerveza Mahou.

Un momento de calma en las calles de Trinidad. A. P.

“Están por todas partes, sí.” No es una queja. César Alberto —nombre alterado por si acaso, y apellido español inconfundible— solo constata la evidencia. La yuma —los guiris, en cubano— ha tomado la ciudad. Las estrechas aceras de Trinidad y el empedrado rompesuelas de la calzada drenan riadas de extranjeros que huronean aquí y allá admirando la singular arquitectura local: las ventanas enrejadas, los dobles portones de las casas señoriales alzadas en las décadas de esplendor de la caña, cuando la Haití revolucionaria e independiente (1804) cedió el cetro y Cuba se convirtió en el azucarero de medio mundo.

Un buen número de ellas luce en la fachada el símbolo gubernativo que identifica en Cuba las viviendas particulares autorizadas a alquilar habitaciones turísticas con pago en CUC, el peso convertible, casi paritario con el euro. Muchas cuelgan el cartel de no vacancy, completo, en varios idiomas. En el cogollo central hay auténticos palacetes, los más demandados. Algunos ocupan la manzana entera y la mayoría conserva los característicos techos altísimos a dos aguas con artesonado de madera y una curiosa plancha central, diseñados para combatir el calor.

Sí, hace calor. Un calor de tierra adentro, con un sol contumaz que se niega a girar en el horizonte. Quien llega a cabeza descubierta tarda poco en comprar un sombrero de paja en cualquier tienda de recuerdos. Hay que desplazarse para buscar algo de frescor. Las montañas de la sierra del Escambray azulean a lo lejos, borrosas por la calima. Allí se ocultaban las guerrillas —bandidos para el régimen castrista— que en los 60 intentaron sin éxito la contrarrevolución. Y el mar también queda a kilómetros, pero ofrece recompensas como la playa de Ancón, un arenal imponente que pasa por ser el mejor de la costa meridional de la isla.

El nuevo maná

De alguna manera, Trinidad es un símbolo. Como en el resto de Cuba, hace mucho que el azúcar no sostiene la economía local. En el siglo XIX y principios del XX había en la región más de 2.000 explotaciones azucareras. Hoy solo quedan sus reliquias como atracción turística en el hermoso Valle de los Ingenios. El turismo es el nuevo maná. Más ingresos, más divisas, más pasajeros para el taxi de César Alberto. No es un almendrón americano de los años 40 o 50 sino un modelo europeo que cuida con mimo “para que dure”.

El muchacho muestra su escepticismo sobre las expectativas de Cuba en este momento de cambio. “A mí me da igual si vienen muchos americanos o no. Yo he vivido mis 22 años sin ellos y, vengan o no, va a ser lo mismo”, argumenta. “Hay gente acá que pasa hambre, que vive de puro plátano y frijol. No basta con la sanidad y educación. Los médicos serán buenos, pero casi no cobran y no tienen razones para trabajar bien. ¿Y los hospitales? El mejor no llega al nivel de cualquier clínica veterinaria en España. La revolución trajo muchas cosas buenas, pero falta evolución”, suelta de corrido.

Julio R. también recibe su parte de la avalancha turística. Es otro de los miles de  “cuentapropistas”, los emprendedores, autónomos y pequeños empresarios autorizados por el régimen castrista en la última década, y no da abasto. Gestiona alojamientos particulares en La Habana y admite que Cuba “no está preparada”. Faltan camas —el propio gobierno cifra en 50.000 el déficit de aquí a 2020— e infinidad de infraestructuras. “Ni siquiera hay suficiente capacidad para producir agua embotellada. Esto irá lento. Y —añade— se va a poner muy caro.” Ya lo está. En el epicentro monumental de La Habana Vieja, entre el Castillo de la Real Fuerza, la Plaza de Armas y la catedral, en las calles peatonales y los palacios de la colonia los precios superan los de muchas capitales españolas.

Fuera del núcleo restaurado emerge La Habana de edificios apuntalados que compran inversores

Fuera de ese núcleo restaurado y de la ruta de Hemingway emerge La Habana vieja de verdad, la que se cae a cachos, la de inmuebles apuntalados hasta lo imposible que, una vez declarados en ruinas y tras el realojo de los vecinos en el extrarradio, son adquiridos por inversores europeos. Los estadounidenses llegarán más pronto que tarde para hacer negocios a gran escala.

“Me preocupa. Conozco a mi país, nunca hace nada a cambio de nada.” Acabada una estancia en el Teatro Nacional, Berit prepara la vuelta a su Minnesota natal con un marido cubano y la certeza de que el turismo de masas traerá fracturas sociales y ambientales a la isla. “Los cubanos son naíf, ¿sabe?”, señala, mientras acompaña a la turista desorientada hasta la Plaza de la Revolución, donde los espíritus del Che, Cienfuegos y José Martí vigilan la llama.

El murciélago habanero

Arantza Prádanos

Es una broma inevitable si le toman a uno por estadounidense.  “Acá tenemos nuestro propio Batman.” El conserje, encargado o quien sea que cobra por acceder al interior del edificio Bacardí, señala a la cima, coronada por el murciélago símbolo de la casa ronera. Bajo sus alas desplegadas, el mirador de la torre ofrece vistas inmejorables de La Habana Vieja. Trescientos sesenta grados del fulgor y la ruina de una urbe que era una gran metrópoli cuando muchas al otro lado del Atlántico no pasaban de poblachos aldeanos.

La antigua sede de la firma dejó de serlo tras la nacionalización y la marcha de los Bacardí a Miami y Puerto Rico, pero su encanto art decó y la riqueza de los materiales la hacen brillar aún hoy como una perla singular. No es solo que los mármoles, las molduras y los bronces de las zonas nobles sean magníficos. Tienen además el poder evocador de los años locos, los 20 y 30, cuando la ciudad era un abrevadero cosmopolita donde se arracimaban como polillas en la luz artistas, hampones, exiliados, busconas, espías, vividores y sedientos de todo el mundo.

Mientras La Habana refulgía, un cubano que era en sí mismo una encrucijada de razas forjaba su pintura mestiza en la Europa gris de entreguerras, en una España a punto de ignición. Cerca del edificio Bacardí, el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam homenajea el talento creador del pintor y su universo antillano, incatalogable para los clichés de las vanguardias europeas del siglo XX. El Museo Reina Sofía acaba de clausurar una retrospectiva sobre la obra de Lam.