25/3/2019
Viajes

Seis destinos del Caribe. (IV) Puerto Rico. El alma en dos

La isla conjuga con pragmatismo su identidad hispana y el estatus de libre asociación dentro de estados unidos

Arantza Prádanos - 12/08/2016 - Número 46
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Seis destinos del Caribe. (IV) Puerto Rico. El alma en dos
San Felipe del Morro, símbolo del dominio colonial español en América. a. p.

De entrada descoloca que sea un ranger del Servicio Nacional de Parques de Estados Unidos quien se ofrezca, risueño, a hacerle al turista una foto entre los restos de la gloria colonial española en el Caribe. Su mera presencia en la isla como cuerpo encargado de custodiar los fuertes monumentales de San Cristóbal y San Felipe del Morro, tan lejos del hábitat natural donde se les supone —Yellowstone, Niágara, los glaciares de Montana…— parece chocante. Y la sensación aumenta al ver ondear, junto a la bandera de Puerto Rico y las barras y estrellas, una tercera inesperada: el aspa de Borgoña —como precisa el rótulo informativo— o cruz de san Andrés, la enseña bajo la que España edificó su imperio en las Américas. En este continente los símbolos nacionales importan y al visitante se le antoja que semejante coexistencia encierra lecciones sobre cómo conjugar las herencias pasadas y presentes con cierto equilibrio.


En los museos se reivindica el crisol de razas: europea, amerindia-taína y africana

San Juan es el máximo exponente del pragmatismo de los portorriqueños para conciliar la propia identidad mestiza con su peculiar estatus como territorio libre asociado de Estados Unidos: ni fuera ni dentro, sino todo lo contrario. La ciudad vieja está llena de ejemplos. Las dos fortalezas de la conquista erigidas por el invasor español son hoy el gran emblema de orgullo patrio. La Plaza de Colón, donde arranca todo recorrido histórico, casi se toca con el edificio del Capitolio, sede del autogobierno, vigilado desde la acera de enfrente por las efigies de todos los presidentes de EE.UU. que han pisado la isla desde la concesión de la ciudadanía estadounidense (1917). En los museos etnográficos se reivindica el crisol de razas: europea, la amerindia-taína de los primeros pobladores de Borinquén y la africana esclava de los ingenios azucareros de la colonia. Lo que en otro lugar sería tal vez una cacofonía insalvable aquí parece cuadrar sin estridencias, con la misma naturalidad con que las tiendas de recuerdos exhiben juntos el café local y las flamencas de faralaes, las camisetas de franquicias made in USA y la artesanía haitiana, los sombreros Panamá y las máscaras mexicanas. Y al mismo maridaje se aviene la gastronomía, el mofongo típico, las tapas, la sangría, y la legión de McDonald’s, Starbucks y demás.

Capilla del Santo Cristo de la salud. a. p.

Aunque nada de eso importa a primera hora de la mañana en el Viejo San Juan. Antes de que apriete el calor y abran los comercios, sobre todo antes del toque de sirena de los grandes cruceros, se puede disfrutar en silencio de uno de los cascos coloniales más bonitos de América: las fachadas coloristas, los balcones de forja, la piedra con solera… Y recorrer con tranquilidad y cansancio las estrechas calles en cuesta, con cuidado de no tropezar en los adoquines de escoria que el tiempo y el tráfico excesivo han teñido de una pátina azul inesperada.

A la ciudad vieja el pulso se le acelera siempre desde el mar. Antes, cuando las armadas rivales de España y los corsarios —Drake entre otros— lanzaban ataques feroces para controlar un puesto clave en la ruta de la Flota de Indias. Y ahora, en el momento en que moles flotantes con hasta 8.000 personas a bordo entre pasajeros y tripulación atracan en el mismo corazón de Old San Juan y durante unas horas liberan en tromba toda su carga. En temporada alta pueden coincidir en los muelles de la bahía cinco, seis o más cruceros, cuya estancia media en puerto es de siete horas.

El Gobierno abraza el turismo masivo como la palanca para superar una década de crisis económica

Se comprende que el Gobierno portorriqueño abrace el turismo masivo como palanca para superar una década de crisis económica, una deuda pública de 72.000 millones de dólares y un estado técnico de bancarrota. Pero a pie de calle la impresión es la de una ciudadela tomada por miríadas de cruceristas cortados por el mismo patrón: jubilados yanquis con bermudas y camisas floreadas que resuellan bajo el sol desplazando su tonelaje por las pendientes del centro. Incluso en esos días locos la calma vuelve con el crepúsculo: la hora bruja en la que muchos regresan al todo incluido del barco, el sol se pone, los pelícanos del Paseo del Morro salen de pesca y las ranitas coquí entonan su canción.

Urbe bipolar

Grafiti en el barrio de San Turce. a. p.

San Juan no se acaba en el Morro. Como buena urbe bipolar o tripolar, hay vida más allá, en el turismo de grandes torres hoteleras al borde de las playas de los distritos de Condado y Ocean Park. Y en Santurce, el barrio con más carisma de la ciudad. Aquí está la juerga genuina. “Si quiere divertirse por la noche vaya a La Placita”, es la recomendación unánime. Aquí los turistas escasean y nadie se dirigirá a uno en inglés de buenas a primeras. Más que en otras zonas, los autobuses son guaguas, el dólar es un peso y al cuarto de dólar le dicen, entrañablemente, peseta. Aquí, en los solares baldíos usados como aparcamientos se crían gallinas. En las últimas décadas Santurce ha experimentado un proceso intenso de gentrificación. Hay rutas de muralismo urbano y es el distrito de las artes modernas, la cultura y de un paisano famoso, el actor Benicio del Toro. Pero los cangrejeros presumen también de orígenes más remotos, cuando este antiguo manglar acogía a esclavos cimarrones huidos de otras islas. Según las crónicas, la corona española les reconoció la libertad en el siglo XVII a cambio de jurar lealtad y fe católica. El poblado entró en los anales como San Mateo de Cangrejos.

Grandes cruceros de turistas llegan cada día. a. p.

Fuera de la capital y de su área de influencia —el parque nacional El Yunque, ejemplo de bosque lluvioso subtropical, o las islas de Vieques y Culebra con playas de postal—, el resto de Puerto Rico vive en una realidad paralela respecto del turismo. A Ponce, en el sur, no llegan los grandes cruceros ni parece que se les eche de menos. Los ponceños lo llevan todo con fiero orgullo vindicativo: el nombre del conquistador Juan Ponce de León, su hermosa arquitectura decimonónica, el espíritu ilustrado de sus próceres y ser la cuna histórica del independentismo. “Ponce es Ponce y lo demás (el resto de la isla) es parking” es su lema. 

En su Museo de Arte, probablemente el mejor del Caribe, brillan como gemas raras cuadros de Burne-Jones, Dante Gabriel Rossetti o Everett Millais. El sueño del rey Arturo en Avalón, Sol ardiente de junio y otras maravillas prerrafaelitas cuelgan de estas paredes porque al empresario y mecenas Luis Alberto Ferré, tercer gobernador del Estado libre asociado, le gustaban cuando el mundo del arte despreciaba este movimiento artístico y los precios estaban por los suelos. El resultado es la mejor colección de estos maestros fuera de Europa.

John Silver no estuvo aquí

Arantza Prádanos
El mar Caribe, un peñasco deshabitado y una fantasía en la que tintinean doblones de oro español. La isla Caja de Muerto tiene un nombre insuperable como reclamo turístico y su propio tesoro… ecológico. Es un ecosistema protegido de interés científico por su naturaleza árida y las especies que recalan en apenas dos kilómetros cuadrados de extensión y las aguas circundantes. El islote recibe la visita regular de tortugas, numerosas aves marinas, reptiles, manatíes, tiburones y, en fin de semana, también de humanos embarcados desde el cercano puerto de Ponce para disfrutar de sus aguas cristalinas.

Aunque resulte tentador vincular Caja de Muerto con La isla del tesoro, ni Robert Louis Stevenson pasó por aquí ni consta que esto haya sido un nido de filibusteros, por más leyendas que se cuenten. Su evocador nombre actual data de 2007; dicen que vista desde tierra recuerda a un hombre tumbado. Para los indígenas taínos fue Abeianay o Abairianay. Ellos sí dejaron señal de su paso en una serie de petroglifos grabados en cuevas de la isla. El faro que corona el promontorio, aún operativo, fue una de las últimas construcciones de España en Puerto Rico antes de que la guerra hispanoamericana del 98 contra Estados Unidos sustituyera a la vieja potencia colonial por otra nueva. Y entre piratas ficticios y fauna protegida, los masones tienen también un hueco aquí: un monumento honra a la figura de Ramón Emeterio Betances, uno de los padres de la patria portorriqueña y batallador también por la emancipación de la República Dominicana y Cuba.