5/12/2020
Análisis

¿Suspenden todos?

Joaquín Arango - 24/06/2016 - Número 39
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La celebración, si celebración es, de dos elecciones generales en medio año ha dado lugar a una pequeña edad de oro de las encuestas preelectorales. Su producto más deseado, y casi su razón de ser, la estimación de voto, ha venido a aliviar periódicamente el aburrimiento generado por largos meses de continuada campaña electoral. Poco importa que tal estimación constituya la función para la que menos capacitadas están las encuestas, con las que no pocos ciudadanos mantienen una típica relación amor-odio: los mismos que cuando se publican les otorgan amplio crédito, como si tuvieran la fiabilidad de un termómetro, se deleitan en su crítica tras las elecciones al observar que los resultados de estas no coinciden con las mediciones que los sondeos ofrecieron semanas o meses antes. Pero no es este producto estrella de las encuestas el que interesa aquí, sino uno de sus más apreciados subproductos, la valoración de líderes. Su observación revela dos rasgos curiosos, y aparentemente contradictorios, de nuestra cultura política.

Por un lado, llama la atención su sistemático bajo tenor, hasta el punto de que la síntesis que de ella acostumbran a hacer los medios de comunicación es que todos suspenden, o todos menos uno. Por otro, todos los dirigentes obtienen una alta valoración entre sus votantes. Por lo que hace al primero, sorprende que no se cuestione la lógica escolar con la que se acostumbra a traducir en prosa tales resultados. Del mismo modo que en los establecimientos educativos, desde la escuela a la universidad, el valor 5 es la línea crítica que separa el suspenso del aprobado, en el caso de la valoración de los líderes, o de los ministros, los medios de comunicación sancionan con el suspenso a los que no alcanzan el 5.

La valoración de los líderes se hace entre la lógica escolar y el hiperpartidismo que rechaza a los contrarios

Sin embargo, hay razones para poner en solfa ese automatismo. La principal es que, a diferencia de lo que se espera que ocurra en los centros educativos, el tribunal de la opinión pública que valora a los políticos es cualquier cosa menos un juez objetivo y desprejuiciado. Por el contrario, cabe pensar que en la emisión de tales valoraciones juega un papel decisivo la simpatía o antipatía que los entrevistados sienten hacia los distintos líderes. Y cabe sospechar que en ese grado de simpatía pesa mucho la adscripción partidaria. Basta observar la regularidad con que los entrevistados otorgan una elevada valoración al que representa sus colores y una desfavorable a los contrarios. Cualquier test estadístico probaría de manera contundente la existencia de tal sesgo. Lo extraño sería que un candidato recibiera una elevada nota, por seguir con la lógica escolar, cuando de entrada tiene a la mayor parte del electorado en contra. Y mucho más si a ello se añade la probable influencia del antipoliticismo, una planta que en nuestros turbulentos días crece casi en cualquier clima, pero que en España viene de lejos. Por antipoliticismo puede entenderse el predominio de sentimientos negativos hacia los políticos y hacia los partidos: algo así como sentirse bien albergando malos sentimientos hacia la política y hacia los políticos, a los que se sitúa en los últimos lugares en las escalas de simpatía y fiabilidad.

Si tales sesgos se tuvieran en cuenta, y si la conversión de las valoraciones numéricas agregadas en un juicio en prosa no estuviese presidida por la lógica escolar, tal vez un resultado de, digamos, 4 sobre 10 no fuera visto como un suspenso sino como un triunfo, pues se habría obtenido a pesar del castigo de carácter partidario que los distintos candidatos padecen por parte de los que votan a otras opciones.

Hay una gran diferencia entre la puntuación que  otorgan a su líder y la que asestan a los restantes

El segundo rasgo antes apuntado es la gran diferencia observable entre la puntuación que los entrevistados otorgan al líder más próximo a sus preferencias políticas y la que asestan a los restantes, un rasgo que remite al hiperpartidismo, o a la hiperpolitización espuria, que paradójicamente caracterizan nuestra cultura política. La paradoja reside en el contraste entre un bajo interés declarado hacia la política, unido a muy bajas tasas de participación política y sindical, con un elevado grado de politización de instituciones y esferas de la vida pública que deberían quedar fuera del juego partidario. Los ejemplos podrían fácilmente multiplicarse.

Por cierto, tal partidismo podría contribuir a explicar, en parte al menos, la tan criticada tendencia a reiterar el voto a formaciones y líderes sobre los que pesan denuncias, cuando no sentencias judiciales, por corrupción. La preferencia por los colores, o el disgusto hacia los contrarios, suele ser tan acusada que muchos votantes mantienen su fidelidad de voto a pesar del disgusto que les produce la corrupción de los suyos. Claro que, en no pocos casos, ese disgusto se mitiga no dando pleno crédito a las acusaciones o diluyéndolas en la afirmación de que en todos los partidos hay corrupción. Como se gritaba en Argentina hace unas décadas, “atorrante y ladrón, queremos a Perón”.