Análisis

Un antropólogo en la City londinense

Hay mucha gente interesada en el mundo de las finanzas, pero necesitan que alguien les muestre la forma de entrar

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Un antropólogo en la City londinense
Empleados de Canary Wharf descansan en los alrededores de Churchill Place, en Londres. Marta Montes Vilela
Si le digo que su dinero no está seguro llamaré su atención. Pero si le digo las palabras reforma financiera, se aburrirá y pensará en pasar a la página siguiente. ¿Por qué?

La crisis financiera de 2008 estuvo a punto de destruir la economía mundial; algunos banqueros de Nueva York y Londres llegaron a provisionar comida, oro y en algunos casos confirmados armas después de la caída de Lehman Brothers. La crisis griega, unos años después, casi mató al euro, y en España los bancos alimentaron la burbuja inmobiliaria mientras vendían instrumentos tóxicos a pensionistas confiados. Razón suficiente para seguir de cerca las noticias y los acontecimientos relacionados con el sector financiero, pensaría uno. Pero se equivocaría. Al menos en internet —donde estas cosas pueden medirse con gran precisión—, la gran mayoría de los lectores se saltan las páginas de economía y leen “noticias” sobre deporte, moda y famosos. ¿Cómo cubrir la brecha entre el interés público —la seguridad de nuestro sistema financiero— y lo que al público le parece interesante?

Romper la ‘omertà’

Esta pregunta fue el punto de partida de un experimento desarrollado entre 2011 y 2013 por el periódico británico The Guardian en Londres. La hipótesis era que muchos lectores están verdaderamente interesados en las finanzas pero se sienten desalentados y excluidos por la jerga financiera. La solución clásica a ese problema siempre ha sido poner a un experto a escribir una serie de artículos explicativos. El problema, sin embargo, es que esos artículos explicativos son desesperadamente aburridos e imposibles de recordar: “El megabanco moderno consiste en actividades minoristas y comerciales por un lado, y en banca de inversión por el otro. La banca de inversión, a su vez, se divide en trading, productos estructurados, gestión de activos y el asesoramiento en negocios. El asesoramiento en negocios puede ser finanzas corporativas, salidas a bolsa y fusiones y adquisiciones”. Etcétera. El Guardian escogió un método distinto. Contrató a alguien por completo ajeno a ese mundo —yo— y le dijo que se pusiera a entrevistar a banqueros y personal de los bancos desde una posición de absoluta ignorancia. La idea era que saber tan poco como mis lectores me obligaría a iniciar la entrevista en el punto en el que se encontraban los lectores —es decir, a cero— y hacer todas las preguntas tontas. Los banqueros y el personal de los bancos, por su parte, tendrían que utilizar términos sencillos porque de lo contrario yo entendería tan poco de sus respuestas como los lectores.

Las entidades con sede en Londres pueden despedir a sus empleados en 5 minutos y sin aviso previo

Parecía una locura. El Gobierno británico ha negociado una exención especial con la Unión Europea según la cual los bancos y las entidades financieras con sede en Londres pueden despedir a sus empleados en cinco minutos y sin aviso previo. Una de las faltas “causa de despido” es hablar con un periodista sin acompañarse de un miembro del departamento de relaciones públicas del banco como “testigo y árbitro”. De hecho, el primer día de tu primer trabajo en la City de Londres es muy probable que te digan: “Todo lo que digas en público sobre nuestra empresa puede usarse, y probablemente se usará, contra ti. Así que si alguna vez te pillamos diciendo algo en público que no ha sido consultado con los de relaciones públicas…”. Piense en despido inmediato, denuncias y su nombre incluido de facto en una lista negra de toda la City.

Así las cosas, ¿cómo convencer a la gente para que se vea contigo para mantener una conversación franca, en otras palabras, sin que se lleven a un espía del departamento de relaciones públicas de su banco? ¿Por qué iba un banquero a romper el código de silencio y poner en riesgo su puesto de trabajo para reunirse en secreto con un periodista holandés del Guardian que no para de meterse con los banqueros, cuando en el mejor de los casos este periodista le convertiría en un personaje tan anónimo que nadie descubriría jamás que es él? Dicho en término bancarios, los beneficios serían para mí: tendría una entrevista. Las pérdidas, para ellos: serían despedidos.

Sonar la alarma

Así que escribí un artículo para la edición digital dirigido a todos los lectores del Guardian que trabajaran en finanzas, preguntando: si os garantizo anonimato, ¿me daréis acceso franco? Antes de que publicara el artículo varios colegas me mostraron su escepticismo. Los banqueros, en buena medida, están formados para pensar que los seres humanos son egoístas por naturaleza, y buscan constantemente maximizar su beneficio, es decir, obtener el máximo rendimiento de una inversión (de tiempo, dinero, afecto). ¿Qué beneficio podía maximizar un banquero reuniéndose conmigo?

Y entonces sucedió el milagro. Al cabo de unas horas fueron llegando los primeros voluntarios, y en el transcurso de dos años me reuní con más de 200. Escribí lo que decían en monólogos de 2.500 palabras (equivalente a 10 páginas de libro), invitándoles a unirse a la conversación en la sección de comentarios. Muchos lo hicieron y me dijeron que era una de las experiencias más intensas y con frecuencia liberadoras que habían tenido jamás. ¡Finalmente la posibilidad de responder! Algunos de ellos querían dejar claro que no todos los bancos habían tenido que ser rescatados. Otros, que alguien en su trabajo no recibía un inmenso bonus, o siquiera uno pequeño. Muchos querían decir que el 98% de los banqueros y personal de los bancos no tenía nada que ver con la crisis, porque se dedicaban a actividades completamente diferentes. “Estoy tan cansado —decían algunos entrevistados— de que me culpen por una crisis que no provoqué, un rescate que mi banco no requirió o un bonus que nunca recibí”.

Otros entrevistados decían  que querían transmitir el mensaje de que, sin el sector financiero, Gran Bretaña estaría arruinada, o sería muy pobre. Y que sus impuestos pagaban los servicios que a periódicos de izquierdas como el Guardian tanto les gustaban, como la sanidad o la educación gratuitas.

“¿Cómo puedes esperar que trate a un cliente mejor de lo que mi banco me trata a mí?”, me dijo un entrevistado

Así que ¿todo está bien en el mundo de las finanzas? No exactamente. Había otra categoría de entrevistados, y no querían exculparse o justificarse. Querían hacer sonar la alarma. Estas son las palabras de uno de ellos, un veterano que había trabajado durante décadas en una pequeña agencia de calificación (las empresas que juzgan la salud financiera de empresas y países): “A veces tengo la sensación de que el mundo de las finanzas ha reaccionado a la crisis como lo haría un motorista después de tener un conato de accidente —dijo—. Después de salir ileso se produce un subidón automático de adrenalina, seguido por un inmenso susto cuando te das cuenta de lo que podría haber pasado. Pero a medida que sigue el viaje y la escena retrocede en tu espejo retrovisor, te dices: quizá no ha sido tan grave. El recuerdo del pánico se desvanece e incluso empiezas a recordar mal lo sucedido. ¿Ha sido de verdad tan grave?”.

Era un hombre que hablaba con voz queda, de los que te mandan un mensaje si va a llegar cinco minutos tarde a un encuentro. Pero estaba enfadado de verdad: “Si en lo más agudo de la crisis le hubieras dicho a la gente que no se iban a producir cambios fundamentales, nadie te habría creído. Tal era el pánico y el miedo. Pero aquí estamos. Hemos vuelto a la normalidad. Hemos pasado de ‘Casi nos matamos en esta’ a ‘Hemos sobrevivido’”.

Si tuviera que resumir esas 200 entrevistas, este sería el punto esencial: después de pasar por el pánico de septiembre de 2008, que fue mucho más aterrador de lo que parece pensar el mundo exterior, el sector financiero ha vuelto a la normalidad. Ha habido muchas reglas nuevas y muchas promesas solemnes, pero el ADN no ha cambiado.

Suspiros de alivio

Empecé las entrevistas pensando que el problema con las finanzas era la gente: adictos al juego, psicópatas prostituyéndose con El lobo de Wall Street, el gran éxito de Hollywood, como modelo. Pero conocer a verdaderos banqueros me hizo cambiar de opinión. La abrumadora mayoría de ellos no eran monstruos, y cuando les preguntaba sobre sus colegas la mayoría decía que eran gente bastante decente o más bien neutral.

Como me contestó un banquero, que se consideraba “bastante de izquierdas”, cuando le pregunté si se merecía su bonus de un millón de dólares de ese año: “¿Me merezco ser yo en lugar de un tío en Darfur tratando de no morirse de hambre o que no le maten? Me pagan mucho porque sé hacer cosas, pero si hubiera nacido con retraso mental no sabría. Así es la vida. Pido que me paguen bien cuando hago un buen trabajo, pero eso no significa que yo me sienta con el derecho a nada.”

Eso era bastante habitual y el problema con las finanzas, decía todo el mundo, no era que los banqueros sean monstruos, sino que los bancos son organizaciones monstruosas, diseñadas casi como recetas para incentivar las conductas a corto plazo. He aquí alguien que trabajaba en recursos humanos sobre el sistema de “cero seguridad laboral” que funciona en la práctica: “Cuando se produce la llamada, la gente lo sabe enseguida. Podemos utilizar el tono de voz más inocente al decir: ‘Hola, ¿puedes subir un segundo a la planta 20?’. Ya saben de qué se trata: nunca recibes una llamada inesperada de esa persona a menos que… Es increíble  lo rápido que se difunden las noticias de una ronda de despidos. Es como la ola de pánico que recorre la sala de trading… Después de nuestra conversación, que normalmente dura cinco minutos, los de seguridad les acompañan a la puerta”.

Como dijeron otros entrevistados al hablar de este sistema de “cero seguridad laboral” y “cero lealtad”: ¿cómo puedes esperar que trate a un cliente mejor de lo que mi banco me trata a mí? Añádase a esto que en finanzas aún no existe responsabilidad civil y uno empieza a hacerse una idea: recompensas cuando todo va bien, los llamados bonus; ningún castigo cuando hay fracasos, los no llamados “malus”. Esto es un incentivo terriblemente perverso y podemos ver en toda Europa adónde conduce. Dale a los banqueros un bonus para ayudar a Grecia a pedir prestado tanto dinero como puedan, y esos banqueros harán eso. Dale a los banqueros un bonus para ayudar a Grecia a esconder esas deudas y, de nuevo, esos banqueros lo harán. Legaliza la venta de instrumentos tóxicos, dale a los banqueros un bonus cuando consigan vender más, y así una y otra vez.

Pese a todas las nuevas reglas y las promesas solemnes tras el pánico de 2008, el ADN del sector no ha cambiado

Esto es lo que hace tan interesante el proyecto de hacer las entrevistas y publicarlas. Una cosa es leer en abstracto sobre “los perversos incentivos en el sector financiero actual” y otra muy distinta es escuchar a un entrevistado hablar sobre cómo es mentir a un cliente, dentro de la ley. O lo que se siente cuando el algoritmo de negociación de alta frecuencia empieza a actuar de forma inesperada y casi lleva a la quiebra a tu banco. O escuchar cómo ya nadie tiene una visión de conjunto de los bancos porque se han vuelto demasiado grandes y complejos para manejarlos.

Esta es por tanto mi explicación de por qué mi libro basado en las entrevistas con los banqueros londinenses ha sido un bestseller en Europa, número uno en Bélgica, Suecia y Finlandia, y el más vendido de 2015 en mi país, Holanda: hay mucha gente normal interesada en las finanzas, pero necesitan que alguien les muestre la forma de entrar.

Ese es un pensamiento estimulante, como lo es el hecho de que tantos banqueros y empleados de banca estuvieran dispuestos a arriesgar sus trabajos para mostrar a los lectores esa entrada. Las noticias sobre finanzas generalmente son malas, ya que los perversos incentivos que llevaron al crash de 2008 y a todos los escándalos que siguieron todavía siguen ahí. Pero como outsiders nunca deberíamos olvidar que tenemos aliados dentro del sistema: aquellos banqueros que preferirían hacer un trabajo del que se sintieran orgullosos. Juzgar por las entrevistas a estos banqueros de buena fe no cambiará el sistema desde dentro. Las tentaciones son demasiado grandes y el castigo demasiado rápido, recuerden la llamada desde el piso 20. Pero si alguna vez elegimos a políticos preparados y dispuestos a reorganizar el sector financiero y convertirlo en algo estable y útil de nuevo, nos sorprenderíamos de cuántos banqueros y empleados de banca suspirarían de alivio si lo lograsen. 
 

Traducción del inglés de Luisa Bonilla y Noelia Sastre.