23/6/2017
Arte

Un escaparate para los encargos de Austrias y Borbones

AHORA / Noelia Sastre - 30/09/2016 - Número 53
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Han pasado 17 años desde que comenzó el proyecto del Museo de las Colecciones Reales y todavía no tiene fecha de apertura. Primero se demoró por el concurso arquitectónico, impugnado y con sentencia judicial. Después por los 250.000 metros cúbicos movidos en un terreno con grandes desniveles y hallazgos arqueológicos: lo que era una grata sorpresa para los arqueólogos, que estudiaban los primeros vestigios de Madrid, obligaba a parar las obras. También por los concursos de la Administración para cumplir los presupuestos (ha costado 150 millones de euros). Y finalmente, cuando el edificio de Tuñón y Mansilla ya es una realidad, queda pendiente el concurso de museografía, paso final para que este museo descrito por Emilio Tuñón como “un gran muro de contención habitado por las colecciones” pueda abrir sus puertas. Construido por FCC y Dragados, este año ha recibido tres premios de arquitectura por sus 50.000 metros cuadrados de almacenes y salas de exposiciones (permanentes y temporales) divididas en tres niveles. Cada sala es una nave de  120 metros de largo y 16 de ancho. 

Quienes conocen el proyecto aseguran que no se trata de una pieza separada de los 19 palacios y monasterios reales que gestiona Patrimonio Nacional, a los que se suman 22.500 hectáreas de parques y jardines históricos. Este museo forma parte del Palacio Real y pretende ser un escaparate de todos los reales sitios a través de las piezas expuestas: pinturas, tapices y carruajes son los hits de las colecciones reales, que se dividen en 27 disciplinas (armería, escultura, mobiliario, relojes, porcelana, abanicos, dibujos, indumentaria, los libros y documentos de los inmensos fondos de las bibliotecas…). Todo excepto las joyas. Las de la Corona española, salvo excepciones y al contrario de otras como la británica, nunca se exponen porque son de uso privado. 

En el museo se podrán ver algunas de las 154.000 obras encargadas para los palacios por los monarcas españoles, desde los Austrias a los Borbones, a los mejores artesanos del mundo. Será histórico como Versalles pero sobre todo muy didáctico. Al menos esa es la intención: que el público pueda completar aquí la visita al Palacio Real —que hoy recibe una media de 5.000 personas diarias— para ampliar su conocimiento de las colecciones: en el palacio ven salones vestidos; en el museo, salas diáfanas donde las piezas —su historia y características— adquieren todo el protagonismo. De ahí la idea de que este proyecto, el último de los grandes museos estatales, sirva de “escaparate” para explicar cómo están relacionados entre sí los reales sitios, lo que tienen en común, lo que sugiere cada obra para animar al público a visitar el espacio para el que fue encargada (Aranjuez, La Granja, El Escorial, Yuste, Riofrío…, entre todos recibieron 1,3 millones de visitantes en 2015). 

Por eso la museografía es tan importante: su éxito y objetivo didáctico dependerá del relato, de cómo se presenten las obras. El centro cubre un hueco que ya quiso rellenar Manuel Azaña en la Segunda República, cuando firmó el decreto de fundación del Museo de Armas y Carruajes en 1936, frustrado por el inicio de la Guerra Civil. Azaña fue respetuoso con el arte y la historia de España. Suya es esa famosa frase, preocupado por el estado de las obras del Museo del Prado, en conversación telefónica con Negrín: “El Prado es más importante para España que la república y la monarquía juntas. Calcule usted qué sería si los cuadros desapareciesen o se averiasen gravemente… Un gran bochorno. Tendría usted que pegarse un tiro”. Por fortuna, y a pesar del convulso siglo XIX y primera mitad del XX que vivió España, no se perdieron demasiadas piezas. A diferencia del vandalismo que estalló en países como Francia, la II República fue “escrupulosa y dio la máxima protección a las obras”, afirman los expertos. Azaña planteó el museo debajo de la Plaza de la Armería, en la fachada principal del palacio, donde excavarían un sótano para exponer los carruajes y tapices de la monarquía, catalogados desde el siglo XIX. La apuesta actual es mucho más ambiciosa, “radical y conservadora al mismo tiempo”, concluye Tuñón.