18/11/2019
Análisis

¿Una Arabia Saudí sin petróleo?

El príncipe Mohammad, segundo en la línea de sucesión al trono y ministro de Defensa, quiere romper la dependencia del crudo para evitar crisis como la actual

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¿Una Arabia Saudí sin petróleo?
Inversores saudíes y extranjeros asisten al Foro de Competitividad Global, un evento anual que reúne a altos funcionarios del país y empresarios de todo el mundo en Riad. F. NURELDINE / AFP / GETTY
A principios de este mes, algunos medios anglosajones no anduvieron muy afortunados al informar de la caída en desgracia del veterano ministro del petróleo saudí Ali al Naimi. Se dijo que “le habían cortado la cabeza”, que es una metáfora que no conviene utilizar en Arabia Saudí porque se presta a confusiones. En realidad a Al Naimi lo han cesado fulminantemente, lo cual ya es bastante considerando que llevaba 20 años en este puesto que, en la práctica, le convertía también en el principal muñidor de la OPEC. En total, desde que comenzó a trabajar para la empresa estatal de petróleo Aramco con 12 años sirviendo el té a los empleados para luego abrirse paso como geólogo y gestor, la vinculación de Al Naimi con los hidrocarburos se extendía a lo largo de casi siete décadas. Pero lo importante no es el calibre del cese sino el motivo, porque se enmarca en una ambiciosa estrategia para transformar la economía del país.

El crudo supone el 90% de los ingresos del país y dos años de precios bajos lo han lanzado a una espiral de deuda

Detrás de esa estrategia está, como no podía ser de otro modo, el también ambicioso príncipe Mohammad bin Salmán al Saud, secretario general de la corte, segundo en la línea de sucesión al trono y a sus 30 años el ministro de Defensa más joven del mundo. Sobre todo, el príncipe Mohammad es el hijo favorito del rey Salmán, y esto a pesar de haber sido el principal impulsor de la desastrosa intervención militar en Yemen. Ahora ha dirigido su atención a la economía y los saudíes le llaman “el príncipe de la guerra y el petróleo”, quizá con la secreta esperanza de que le vaya mejor con este que con aquella.

La sustitución del anciano Al Naimi por Khalid al Falih, un hombre de su confianza, es la antesala de lo que el príncipe denomina su Visión 2030, que él contempla con tanta impaciencia que, saltándose la lógica del nombre, espera completar en 2020. ¿En qué consiste esa visión? Fundamentalmente, en romper la dependencia del petróleo para evitar en el futuro una crisis como la que atraviesa en estos momentos el reino. El crudo supone entre un 80% y un 90% de los ingresos de Arabia Saudí y dos años de precios bajos han lanzado al país a una espiral de déficit y deuda. Lo que sería un problema para cualquier productor se agrava en el caso saudí por las peculiaridades de su modelo económico.

En Arabia Saudí no existe impuesto sobre la renta y la principal fuente de financiación del Estado es una tasa del 85% a la producción de hidrocarburos. En la práctica esto significa que si el precio del petróleo cae a la mitad, los ingresos se reducen en dos tercios, lo cual a su vez tiene un serio impacto en una sociedad fuertemente subsidiada. Tan solo las ayudas al combustible suponen un gasto de unos 52.000 millones de dólares al año, un 8% del PIB. Ya ha habido algunos recortes, pero los subsidios son esenciales para mantener la paz social en un sistema profundamente desigual. El problema es que se ha calculado que para hacerlos sostenibles el precio del barril de crudo tiene que estar por encima de 100 dólares, y últimamente se mantiene por debajo de los 50.

La respuesta obvia sería reducir la producción de crudo para inflar el precio, como reclaman Venezuela, Rusia o Argelia. Pero Riad y en particular el príncipe Mohammad se niegan en redondo. Esto es en parte porque los saudíes ven con satisfacción cómo los precios bajos están arruinando a los productores estadounidenses de gas pizarra (shale gas), que se habían convertido en un serio competidor. Pero, sobre todo, les obsesiona que Irán se haga con una parte de su mercado si ellos relajan el bombeo. Al Naimi, alarmado por el paso del superávit fiscal de 2013 (+6,5 %) al déficit de 2015 (-19%), había negociado con Rusia una breve congelación de la producción. Ese fue el pecado que le hizo caer.

Realidades y espejismos

Para dejar aún más claro su punto de vista, el príncipe Mohammad ha dado orden incluso de aumentar la producción, que, por encima de los 10 millones de barriles diarios, está ya en su máximo histórico. Extraer más petróleo para rebajar la dependencia del petróleo: parece una contradicción y lo es. Como en la guerra de Yemen, es difícil distinguir una ofensiva de una huida hacia delante.

Para ser justos con el príncipe Mohammad, la economía saudí desde luego necesita una reforma en profundidad. La cuestión es si la que él propone es realmente profunda, o siquiera factible. De lo primero hay muchas dudas, y de lo segundo más todavía. De momento, y a falta de que se conozcan los detalles, lo que ha trascendido parece poco realista.

Lo más espectacular es una privatización parcial de Aramco, la empresa pública de hidrocarburos. Se habla únicamente de un 5%, pero Aramco es gigantesca —está considerada como la empresa más valiosa del mundo—. Cuando salgan a la venta esas acciones posiblemente nos encontremos ante una operación de unos 120.000 millones de dólares, la mayor de su clase en la historia bursátil. Pero por muy mareantes que sean las cifras, esos 120.000 millones están muy lejos del objetivo declarado del príncipe Mohammad, que es crear un fondo soberano por valor de 2,5 billones de dólares. Este tesoro improbable es el que debería servir para garantizar lo que se espera que sea una lluvia de inversión extranjera directa en un catálogo de nuevas industrias destinadas a la exportación.

Dejando a un lado, de momento, que los números no cuadran, algunas de las ideas que se contemplan tienen bastante sentido, como la de ampliar las actividades de Aramco de la extracción a otros servicios especializados, por ejemplo el almacenaje o el refino. Otras, en cambio, parecen castillos en el aire, como la poco original y poco creíble promesa de crear un Silicon Valley saudí.

Tampoco es que romper la dependencia del petróleo sea imposible. Malasia, Indonesia o México lo consiguieron en su momento. Pero no son buenos precedentes para este caso. La economía saudí es muy diferente. Su empresariado está formado por miembros de la familia real o personas vinculadas a ella. Sus empresas son ineficientes, se basan en la mano de obra extranjera barata y poco especializada, están abundantemente subvencionadas y dependen de contratos públicos repartidos mediante una red clientelar. A diferencia de lo que sucedía en Malasia, la mayor parte de las empresas saudíes producen servicios difícilmente exportables —fundamentalmente, construcción—.

A diferencia de Indonesia, Arabia Saudí tampoco puede devaluar su moneda mientras el rial siga pegado al dólar, algo que de momento Riad no se atreve a cambiar. Tampoco, como hizo México para fomentar sus exportaciones, puede firmar acuerdos transfronterizos con sus vecinos, entre otras cosas porque Arabia Saudí ha invadido a dos de ellos (Baréin y Yemen) y mantiene relaciones hostiles con otros cuatro (Siria, Irak, Israel e Irán). No es precisamente el entorno más favorable a una NAFTA de Oriente Medio.

Pero no solo la economía saudí es muy diferente. También lo es la sociedad saudí. Ese es un aspecto crucial. Esta clase de transformación de la economía del país se ha intentado otras veces en el pasado y los esfuerzos han acabado chocando siempre con el mismo obstáculo: la propia naturaleza del reino. Este se asienta sobre dos pilares, el pacto entre los miembros de la familia real para el reparto de la riqueza y su alianza con el clero, que legitima a los gobernantes y actúa de mediador con el pueblo a cambio de una obediencia de todos a la doctrina radical del wahabismo. Una reforma, cualquier reforma, pone en peligro ese delicado equilibrio.

Promesas de reformas

Aun así, los medios internacionales se han esforzado por ver reformas sociales de acompañamiento en la Visión 2030. Pero las que se han insinuado son pequeñas y están todavía en el aire, precisamente porque anuncian tormenta. Ideas pragmáticas como la de crear una tarjeta de residencia para los inmigrantes, promover el turismo o autorizar la venta de terrenos a extranjeros son muy polémicas. El globo sonda lanzado por el príncipe en abril de que “se fomentaría el empleo de la mujer” se ha quedado en la vaga promesa de pasar del 22% actual de mujeres con un trabajo fuera de casa a un 30% en 15 años. De levantar la prohibición que les impide conducir, por ejemplo, no se ha dicho nada.

Cabe todavía la posibilidad de que la propia dinámica de la confrontación con los líderes religiosos acabe empujando al príncipe Mohammad a posturas cada vez más liberales, aunque sea solo para debilitar a sus oponentes. Es por eso que, aunque en principio los cambios que promete la Visión 2030 no parezcan gran cosa, la polémica sí puede conducir al cambio, o al menos a ese subproducto indeseado del cambio que es el conflicto.

El príncipe quiere crear un fondo de 2,5 billones de dólares para garantizar la inversión en nuevas industrias

Sea como sea, la Visión 2030 ha tenido ya al menos un efecto positivo, si no para el futuro de la economía saudí, sí al menos para su presente: ha conseguido distraer la atención de su estado real, que es alarmante. Este año se espera que el déficit siga disparado y el crecimiento se mantenga bajo. El pasado octubre, el Fondo Monetario Internacional ya advertía a Riad que su deuda es insostenible. Más tarde, Standard & Poor’s rebajó su nota crediticia de AA- a A+. La reacción de los saudíes fue cancelar su contrato con la agencia de calificación.

No hay muchas razones para pensar que las cosas vayan a mejorar en un futuro próximo. La Agencia Internacional de la Energía prevé superabundancia de crudo al menos hasta 2020 y un aumento lentísimo de la demanda. También hay quien teme un rebote repentino del precio, pero eso tampoco sería positivo para los saudíes. Si encima la Reserva Federal de Estados Unidos decidiese elevar los tipos de interés en algún momento, Riad se encontraría con una moneda demasiado fuerte justo en el momento en que pretende impulsar sus exportaciones. Es comprensible que Arabia Saudí quiera imaginarse libre de la dependencia del petróleo, pero lo que de lejos parece un oasis, de cerca se puede revelar un espejismo.

¿Un trampolín al trono?

Por último, hay una clave más. El futuro del proyecto depende casi completamente del futuro político del propio príncipe Mohammad. De momento solo es el segundo en la línea sucesoria, detrás de su primo, el príncipe Mohammad bin Nayef, actual ministro del Interior. La rivalidad que existe entre los dos no es ningún secreto, como tampoco lo es que el rey Salmán está sopesando hacer saltar a su hijo un puesto en el escalafón —se rumorea que podría suceder este mismo verano—.

De hecho, la Visión 2030, tan gigantesca y tan poco detallada, tiene todo el aspecto de formar parte de esta campaña de imagen para promover al joven príncipe. El rey Salmán, que tiene 80 años y mala salud, ya le había entregado el ministerio de Defensa para protegerlo. Ahora ha aprovechado el cese del ministro Al Naimi para darle otro empujón, colocando tecnócratas afines en puestos clave y otorgándole a él más poderes.

Por ahora, Bin Nayef mantiene un extraño silencio, y el príncipe Mohammad tampoco le menciona casi nunca cuando habla del futuro del reino. Pero sería un error confundir su discreción con desinterés. Es un hombre poderoso que tiene en sus manos los hilos de los servicios de inteligencia. En Washington, donde confían más en él que en el impredecible príncipe Mohammad, temen sobre todo que se desate entre ellos una lucha por el poder que desestabilice al reino saudí. Porque, tal y como están las cosas, hay un aspecto de la Visión 2030 que seguramente sí se va a cumplir: Arabia Saudí no será la misma para entonces. Lo que no está claro es en qué sentido y en qué aspectos cambiará.