24/6/2019
Literatura

Viaje al origen del sabor

La segunda novela de la escritora afincada en Canadá Kim Thúy recupera parte de la historia y la gastronomía de Vietnam

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Mãn, la protagonista de la segunda novela de Kim Thúy (Saigón, 1968), no puede pedir más a la vida porque su nombre le impone un estado de satisfacción y saciedad. Mãn, además de ser el título de esta delicia de novela, es una palabra vietnamita que quiere decir “enteramente colmada” o “que no tiene nada más que desear”, o “a quien se le han concedido todos los deseos”. La escritora Kim Thúy nació en plena guerra de Vietnam y a los 10 años tuvo que abandonar el país junto a su familia para huir de la represión del régimen comunista de Vietnam del Norte. Thúy nunca imaginó que después de dejar su país natal y de practicar oficios tan diversos como el de costurera, intérprete, abogada, dueña de un restaurante y crítica gastronómica de radio y televisión acabaría convirtiéndose en escritora. Aunque ella misma confiesa que, desde pequeña, le ha gustado escribir y que anotaba todo lo que su padre y su madre le contaban en pequeñas libretas que llevaba siempre consigo.

Thúy pasó los primeros días de su huida de Vietnam en la bodega de un barco camino de un campo de refugiados de Malasia y, algunos años más tarde, acabó en Canadá, donde se estableció definitivamente. En su primera novela, Ru (Alfaguara, 2010), Thúy recrea parte de esa historia con técnicas narrativas similares a las que utiliza en Mãn: escenas breves que van saltando en el tiempo y el espacio entre Vietnam y Canadá. Autora y protagonistas se confunden en una suerte de cuento ancestral que tiene en la comida su centro.

“Mamá y yo no nos parecemos. Ella es bajita y yo alta. Ella tiene la piel oscura y yo tengo la piel de las muñecas francesas. […] Mi tercera madre, la que me vio dar los primeros pasos, se convirtió en Mamá, mi Mamá.” Mãn arranca con un breve capítulo dedicado a las tres madres de la protagonista: la que la trajo al mundo, la que la recogió en un huerto en mitad de las plantas de okra y la que le dio un segundo nacimiento al criarla en una gran ciudad, rodeada de niños que le tenían envidia porque su madre era profesora y vendedora de helado de plátanos. Justo ahí comienza un viaje excepcional al origen de los sabores de su vida: cocos maduros, pimientos perversos, plátanos, cacahuetes, guanábana, zapote, papaya.

Autora y protagonistas se confunden en una suerte de cuento ancestral que tiene en la comida su centro

Lo primero que Mãn le preparó a su marido fue helado de plátano con la esperanza de poder servirle y acompañarle con sigilo, como esos sabores que pasan desapercibidos a fuerza de permanecer en su sitio. Su matrimonio fue un arreglo de su madre, que le buscó un marido que reuniese las cualidades de un padre. Mãn nunca conoció al suyo, pero las malas lenguas sospechaban que era hija de un blanco, alto y colonizador. Memorables son las escenas en las que la protagonista recuerda la vida de su madre, que estaba en uno de los transbordadores del Mekong cuando las  primeras balas alcanzaron a los pasajeros. Su vecino, un hombre mayor de piel acartonada y ojos vivos,  le ordenó que arrojase todos sus papeles por la borda: “Si quieres sobrevivir —le dijo—, deshazte de tu identidad”.

Cuando Mãn llegó a Montreal comenzó a trabajar en un restaurante vietnamita que solo tenía un plato, una única especialidad. A los pocos meses de que ella se hiciera con la cocina, los clientes comenzaron a ir acompañados, y así fue como apareció Julie, una canadiense que la acogió sin cuestionar su pasado. Poco a poco, el restaurante se convirtió en taller de cocina y en lugar de reunión de vietnamitas y canadienses atraídos por las historias de su tierra que la protagonista de la novela contaba a los clientes a través de sus recetas.

La historia de Mãn es también una historia de amor a Luc, un francés cuyos padres habían trabajado cuando él era apenas un bebé en un orfanato de Saigón. “El error surgió de ese segundo más durante el cual mi huella tuvo tiempo de impregnarse de la suya. ¿Habría podido hacer otra cosa? Yo tenía una mano de niña y él la de un hombre, con dedos de pianista, largos y envolventes.”

“Al igual que las cifras, los colores me vienen primero en vietnamita.” Cuenta Mãn que en Vietnam no tienen la costumbre de distinguir a las personas por el color del cabello o de los ojos porque los asiáticos solo tienen un tono: de un marrón muy oscuro a un negro ébano.

A través de escenas poéticas y emocionantes, Kim Thúy explora cómo la protagonista siguió la voz de Luc de la misma manera que su abuelo había seguido las huellas de su abuela, dos personas que nunca llegó a conocer, pero cuya historia de amor había trascendido las fronteras del tiempo.

La novela viaja a través de las experiencias personales y colectivas de unos personajes partidos y desarraigados por la guerra. Kim Thúy consigue recuperar, con breves destellos de la memoria de su protagonista, parte de la gastronomía y de la historia de Vietnam que se ha ido perdiendo poco a poco.

Mãn
Mãn
Kim Thúy
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica, Cáceres, 2016,
134 págs.