14/12/2018
Ciencia

Von Humboldt. El científico total

Andrea Wulf recoge en una vibrante biografía el exhaustivo trabajo de investigación sobre el alemán, una de las figuras más apasionantes del siglo XVIII

Joaquín Torán - 23/09/2016 - Número 52
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Von Humboldt. El científico total
Alexander von Humboldt, retratado por Joseph Karl Stieler, 1843. Geographicus / Wikicommons dominio público

En 1769 nacían, con apenas un mes de diferencia, dos personajes destinados a cambiar el mundo, uno desde las armas y la invasión; el otro, desde la ciencia y el diálogo. El primero,  Napoleón, puso en jaque durante 15 años a las potencias absolutistas europeas con su desmedida ambición y construyó en Francia, país del que se proclamó emperador, un Estado tan avanzado que buena parte de sus restos se han integrado en las modernas democracias. El segundo, Alexander von Humboldt, fue un polímata prusiano educado en los ideales ilustrados que orientó todas sus capacidades al desarrollo y perfeccionamiento de distintas disciplinas. Napoleón y Von Humboldt tuvieron objetivos muy distintos y cuando sus caminos se cruzaron, se produjeron fricciones. El corso encajó mal la popularidad del naturalista berlinés y le tuvo siempre por espía; por su parte, el científico lamentó la deriva dictatorial de alguien a quien, como a Victor Hugo o Stendhal, había considerado un ídolo. Fueron distintos incluso en su muerte: cuando falleció Napoleón, en su exilio en Santa Elena, una parte del mundo respiró aliviada; cuando lo hizo Von Humboldt, en su Berlín natal, a los 89 años, el mundo se detuvo. Su funeral de Estado y las muestras de cariño desde cada rincón del planeta certificaron que se había acabado una época. Había muerto el hombre que revolucionó de forma drástica las ciencias y el pensamiento, la visión de la naturaleza y la manera de narrar textos científicos.

El naturalista cedió su nombre a más de 400 especies de plantas, animales y minerales y a accidentes geográficos

La reciente biografía La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, recoge el inmenso calado de sus logros. El libro es el resultado del exhaustivo trabajo de investigación de la escritora británica especializada en temas científicos Andrea Wulf (Nueva Delhi, 1972), colaboradora habitual en The Guardian o Los Angeles Times, entre otros medios. Wulf pretende reivindicar la apasionante figura del “insaciable curioso y descarado aventurero” alemán, hoy en día semiolvidada. Una situación de abandono impensable durante sus años de actividad, cuando el naturalista cedió su nombre a más de 400 especies de plantas, animales y minerales o a toda clase de accidentes del terreno o fenómenos (géiseres, cadenas montañosas o cataratas) en América, Asia, África y hasta en la Luna.

Tal era su popularidad que el estado de Nevada, en EE.UU., podría haberse llamado actualmente Humboldt. Reveló la existencia —en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente— de una corriente de agua fría entre Perú y Chile portadora de nutrientes y que es el ecosistema marino más productivo del mundo; se la conoce como Corriente de Humboldt. Fue el descubridor del ecuador magnético y además inventó las isotermas, líneas de temperatura y presión que pueblan los mapas climatológicos actuales, yendo así a contracorriente de las teorías de su época que igualaban todas las temperaturas a una misma latitud: Von Humboldt aseguró que en la distribución del calor influían también la altitud, la masa continental, la proximidad a los océanos y los vientos.

Más que una biografía

Entre sus admiradores más célebres estaban Charles Darwin, Thomas Jefferson o Simón Bolívar

El vibrante ensayo de Andrea Wulf no es solo la narración de una vida sino también el retrato de un tiempo y de un esquema de pensamiento que van alterándose progresiva y contundentemente. Para lograr un efecto de aproximación muy tangible, Wulf recorrió los lugares visitados por Von Humboldt y experimentó, en consonancia con el ideario del científico, sensaciones y emociones propias que volcó con extraordinaria viveza en su narración. “Los principales desafíos a los que me enfrenté a la hora de realizar el libro —detalla— tuvieron que ver con lo que ponía y lo que dejaba, porque la vida de Alexander von Humboldt fue plena y larga. Usé abundante material, desde centenares de cartas, diarios y varias docenas de libros escritos por él mismo en distintos lenguajes (sobre todo, francés y alemán), así como ocho minibiografías de algunas de las personas en las que influyó más poderosamente, como Charles Darwin, el presidente estadounidense Thomas Jefferson o Simón Bolívar.” Efectivamente, Darwin tenía un ejemplar de las obras de Von Humboldt en su reducido camarote del Beagle y se inspiró en sus escritos para perfilar su teoría de la evolución. El tercer presidente de EE.UU. pidió al naturalista datos sobre el desconocido vecino mexicano tras incorporar el estado de Luisiana a sus posesiones; Von Humboldt se los brindó sin titubear, pues abogaba por la libertad e igualdad de los individuos, de las que creía, salvo por su sistema de esclavitud que nunca cesó de denunciar, que Estados Unidos era epítome, y era enemigo acérrimo del sistema de explotación colonial (sus críticas en Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, en cuatro volúmenes, 1808 - 1811, le cerraron las puertas a explorar las posesiones británicas y a escalar el Himalaya, su gran aspiración). Simón Bolívar se preció de su amistad y de compartir su punto de vista sobre la estrecha vinculación entre naturaleza y política (acción humana), tesis que aplicó a sus textos, discursos y decisiones. Para Bolívar, la naturaleza era el indicador que medía la importancia de un país.

Célebre y celebrado

El perfil de Alexander von Humboldt ofrece la imagen de una personalidad volcánica y dinámica. Era seguro de sí mismo, pero tenía un afán constante de aprobación que le impulsaba a ser el centro de atención de todo acto social al que asistía, hasta lindar con lo grosero —defecto que se fue acentuando con la edad y conforme su reputación fue en aumento—.

Su estilo era poético: conjugaba en sus obras una bonita prosa con datos específicos muy contrastados

Aunque no era un erudito, poseía vastos conocimientos que no dudaba en mostrar, muchas veces con una humildad que sorprendía a sus interlocutores, y un cerebro en continua ebullición. Como conferenciante, podía ser abrumador y también disperso. Era tan inquisitivo que no dudó en experimentar consigo mismo los efectos de la electricidad galvánica y de las propiedades del curare. Sus libros se tradujeron a 12 idiomas y fueron tan populares que los lectores hasta sobornaban a los libreros para ser los primeros en recibir los ejemplares; en contra de lo que podría pensarse, su estilo era poético: conjugaba en sus obras una bonita prosa con datos específicos muy contrastados (casi siempre como notas al final de cada capítulo para no entorpecer las lecturas), lo que favoreció el inmenso éxito de sus escritos. Von Humboldt fue un férreo defensor de la imaginación, a la que consideraba una herramienta fundamental para comprender la naturaleza.

Defendía la imaginación como una herramienta fundamental para comprender la naturaleza

Fue uno de los hombres más célebres y celebrados de su momento y sin embargo murió pobre, porque no entendía de finanzas y siempre estaba sufragando y manteniendo actividades científicas o a jóvenes investigadores. Era vanidoso y tenía una lengua viperina, pero a la vez siempre fue íntegro y profundamente impresionable. Hombre de acción, cultivó tanto la mente como el cuerpo: a sus 60 años, en una expedición financiada por el zar Nicolás I para analizar las potencialidades minerales de Rusia, dejaba continuamente atrás a sus compañeros de menor edad. Poseía una memoria asombrosa, también fotográfica. Consideraba que no bastaba solo con analizar la naturaleza sino que había que comprenderla emocionalmente, “experimentarla a través de los sentimientos”, en contra de las leyes universales que buscaban todos sus coetáneos.

Años de aprendizaje

Von Humboldt fue un niño querido pero incomprendido que careció de una infancia feliz. Huérfano de padre a los 9 años, fue educado por una madre fría y poco afectuosa que aspiraba a la perfección intelectual y moral de sus dos hijos, Wilhelm y Alexander. El mejor legado que Marie Elisabeth von Hollwede dejó a sus vástagos fue una educación exquisita, tutelada por selectos maestros prusianos que contagiaron a sus pupilos la pasión por la libertad, la verdad y el conocimiento.

El alumno aplicado siempre fue Wilhelm, tres años mayor, cuya pasión por las lenguas fue constante durante toda su vida: teórico y especialista en lingüística comparada, estudió, por ejemplo, el euskera, y no dudó en catalogarlo como el idioma más antiguo del continente. Wilhelm, embajador prusiano ante la Santa Sede y en Londres, vivió 69 años, estuvo siempre pendiente de las andanzas de su aventurero hermano por el mundo y aprendió idiomas tan dispares como el copto, el húngaro o el japonés. Llegó a hablar con fluidez español, inglés, latín, griego clásico y francés, y tuvo un papel fundamental en la implantación del moderno sistema educativo en Alemania como asesor ministerial.

Durante sus años de juventud, Alexander von Humboldt se aprovechó del deseo de su madre de inscribirle en las mejores universidades con vistas a un rutilante porvenir funcionarial y aprendió disciplinas que le serían de gran utilidad para sus investigaciones posteriores: en Gotinga estudió Ciencias, Idiomas y Matemáticas, y en Freiberg tomó cursos teóricos de Minería para convertirse, como le sucedió con 22 años, en inspector de minas. En Gotinga pudo disfrutar de las lecciones del profesor Johann Friedrich Blumenbach, padre de la antropología física y pionero de la anatomía comparada, además de postulador de la teoría de que cada ser vivo tiene un proceso activo implícito en su interior que favorece la vida: la idea resultaría deslumbrante para Von Humboldt y estaría en el germen de su tesis sobre la interrelación de la naturaleza. En Freiberg, la más prestigiosa de las academias de su ramo, se empapó de una fecunda vida universitaria y de punteras teorías geológicas. Cuando le tocó ejercer de funcionario público, no solo registró minerales sino que se preocupó por las condiciones de trabajo y educación de los mineros: fabricó una mascarilla respiratoria y una lamparilla que funcionaba incluso con poco oxígeno y escribió libros de texto para la escuela que ayudó a fundar.

Congenió rápidamente con el escritor Goethe por sus intereses comunes en óptica, geología y botánica

Lo más reseñable de sus idas y venidas en los días en que aún soñaba con viajar y conocer mundo —Berlín siempre se le quedó pequeña y provinciana— fue su amistad con el poeta Goethe. Alexander von Humboldt no tenía maña para la poesía, pero congenió rápidamente con el líder de filas del movimiento romántico alemán por sus intereses comunes en óptica, geología y botánica. El autor de Fausto (1808) lo fue también de Intento de explicar la metamorfosis de las plantas (1790), en la que mostraba su desdén por aquellos científicos que solo se dedicaban a catalogar y clasificar especies, con resultados previsiblemente sesgados. Goethe escribió: “La naturaleza debe experimentarse a través del sentimiento”, y creía en el matrimonio entre arte y ciencia, inseparables en su obra a partir de su relación con Von Humboldt. El científico, cuya alma fue siempre solitaria, jamás olvidó al amigo en sus viajes, le enviaba ejemplares de sus libros e incluso le llegó a dedicar su primer superventas literario.

La naturaleza interconectada

En sus primeros experimentos, el naturalista coligió que toda la naturaleza estaba relacionada, que la importancia estribaba en examinar las diferencias y las similitudes sin perder de vista el conjunto. Su método pasó a ser comparativo. En su peregrinación de cinco años por Sudamérica, Von Humboldt asumió que la naturaleza era una red interrelacionada. Las colonias españolas en América eran territorio vedado para los extranjeros; se necesitaba un permiso especial y un salvoconducto para atravesarlas. Contra todo pronóstico, Von Humboldt logró ambos del rey de España en 1799, con la condición de que se pagara el pasaje en barco y de que enviara muestras de sus especímenes a la colección real. Von Humboldt embarcó en A Coruña con Aimé Bonpland, excirujano de la Armada francesa y botánico de temple calmado, espléndido para el trabajo de campo pero desastroso ante un escritorio, y con el equipo más sofisticado que pudieron cargar, que incluía un sextante, un termómetro, un barómetro y un cianómetro, invento atribuido al propio Von Humboldt y al suizo Horace-Bénédict de Saussure con el que se pretendía medir el azul del cielo (el cianómetro convertía el azul del cielo en una medida de transparencia a partir de la cantidad de vapor de agua en la atmósfera).

Los dos investigadores hicieron una efímera parada en Canarias, donde estudiaron el Teide, uno de los pocos volcanes del continentes y el primero de los muchos que escalarían. Humboldt y su séquito (al que terminó incorporándose el criollo Carlos de Montúfar, hijo de un gobernador provincial colonial y futuro mártir de la independencia americana) siempre buscaron comprender si los volcanes eran simples accidentes locales o si estaban conectados entre sí por conductos subterráneos. El alemán tenía la corazonada de que estudiarlos podría dar pistas sobre cómo se creó la Tierra. Desde que desembarcaron en Nueva Andalucía (actual Venezuela) trufaron su viaje de escaladas a volcanes: así, pasaron por el Pichincha, el Cotopaxi y el Antisana, hasta alcanzar el anhelado Chimborazo.

Para Von Humbodlt escalar el Chimborazo constituyó una obsesión y resultó ser una proeza: lo escaló herido de una pierna, parándose a cada instante para hacer mediciones con su instrumental. En su época, el Chimborazo, volcán inactivo con forma de cúpula en los Andes, a 5.000 metros sobre el nivel del mar y de casi 6.263,47 metros de altitud, situado a 160 kilómetros al sur de Quito, era el pico más alto del mundo (hoy en día no lo es, pero su proximidad al ecuador terrestre lo convierte en el más alejado del centro de la Tierra). Von Humboldt pudo alcanzar los 5.917 metros, un récord para la época. En su cima tuvo la revelación de que toda la naturaleza estaba conectada, que era una gran cadena, una “red de vida” de causas y efectos en la que no cabían los fenómenos aislados. Esa teoría la reflejó en su Tableau Physique, luego incorporado a Ensayo sobre la geografía de las plantas, el primero de sus 34 volúmenes de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, una vastísima obra que recoge sus impresiones y experiencias en Sudamérica y que, por su ecumenismo, implicaría a numerosos artistas, grabadores, botánicos y cartógrafos.

Grabado que aparece en ‘Los viajes a las regiones equinocciales de América’. La distribución de las plantas en la América equinoccial, según Von Humboldt. Geographicus / Wikicommons dominio público

El Tableau Physique, o Naturgemälde, está considerada una obra maestra de la infografía muy anterior al nacimiento de esa técnica. Se trata de un grabado de 90 x 60 centímetros coloreado a mano, en el que se recogen en 16 columnas la presión atmosférica, el clima o la humedad, así como las distintas especies animales y vegetales por altitudes; es tan escrupuloso que hasta indica los lugares a los que llegan los cultivos de patatas o las zonas de pastoreo de las llamas. Y tan perfecto que el año pasado sirvió para demostrar que el cambio climático había desplazado la altitud de plantas acostumbradas a un cierto tipo de clima. El Naturgemälde reveló por primera vez que la naturaleza era una fuerza global con zonas climáticas correspondientes en todos los continentes. Además, Von Humboldt agrupaba las especies vegetales en relación al clima y la situación, y no en base a categorías taxonómicas, lo que resultaría fundamental para entender los ecosistemas, un concepto que el naturalista postuló por primera vez.

Visionario del cambio climático

Von Humboldt no se limitó a postularlos, sino que también alertó sobre la necesidad de preservarlos. “Una de las cosas que más me sorprende de Von Humboldt —sostiene Wulf— es lo clarividente que fue: ya en 1800 habló de cómo la acción humana tenía consecuencias dañinas para el cambio climático. Hubo momentos, incluso, en los que pintó un desalentador futuro sobre una hipotética expansión humana por el espacio, en la que los hombres difundirían su mezcla letal de vicio, avaricia, violencia e ignorancia sobre otros planetas.”

Von Humboldt denunció cómo las políticas coloniales estaban afectando al medioambiente: en el lago Valencia pudo observar cómo la deforestación y las agresivas plantaciones de índigo dejaron la tierra estéril, por lo que el nivel del agua disminuyó y los torrentes arrasaron el suelo de las montañas aledañas. En Rusia contempló los efectos perniciosos para la naturaleza de la ganadería intensiva.

Von Humboldt aseguró que la naturaleza estaba hermanada por un equilibrio perfecto pero frágil: enumeró los tres aspectos en que la especie humana afecta al clima (deforestación, irrigación descontrolada y grandes masas de vapor y gas de los centros industriales). Explicó la importancia de los bosques para enriquecer la atmósfera con su humedad y efecto refrescante y para retener las aguas y frenar la erosión del suelo y cómo su talado podía tener consecuencias irreversibles en el entorno. Planteó la existencia de especies fundamentales para la supervivencia de un ecosistema antes de que Robert T. Paine definiera en 1969 su concepto de “especies clave”. Estas teorías influirían de manera determinante en los conservacionistas estadounidenses Henry David Thoreau y George Perkins Marsh.

Vuelta a Europa

A su regreso a Europa, con 35 años y con baúles repletos con 60.000 ejemplares de plantas (que incluían 2.000 especies aún desconocidas) y cuadernos plagados de anotaciones, se convirtió en una celebridad, y también en un fenómeno de feria. Von Humboldt se multiplicó en todo tipo de actos sociales. Frecuentó a los mejores científicos de Europa, con los que no dudó en intercambiar conocimientos, pues opinaba que con el libre intercambio de ideas la ciencia avanzaría a pasos agigantados. En Berlín tuvo que resignarse a aceptar el puesto de chambelán de dos reyes para gozar de un sueldo exiguo que le permitiese sobrevivir: todo lo que había ganado lo invirtió en experimentos, propios o ajenos, y en costosos libros.

El más ambicioso de sus escritos fue Cosmos, una obra de senectud en la que quiso representar todo el mundo material. Fue su libro más influyente, un ensayo del que llegó a terminar cuatro libros desde 1845 hasta su muerte, ecuménico e imposible de realizar sin el concurso de viajeros o especialistas en campos científicos diversos, que se prestaron a participar encantados de poder ayudar al anciano sabio. En sus páginas presentó el universo como un sistema ordenado (el título, de hecho, procede del griego kosmos, belleza u orden), y unía el mundo físico externo con el mundo interior de la mente. Es decir, reunió de manera puntillosa todo aquello que la ciencia profesional mantenía separado en compartimentos estancos. Alexander von Humboldt pensó que la belleza del universo y de la naturaleza residía en su compacta unidad, en la que cada detalle era imprescindible para la comprensión de la totalidad. Todavía hoy sigue siendo un pensamiento apabullante.

La invención de la naturaleza
La invención de la naturaleza
Andrea Wulf
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia Taurus, Barcelona, 2016, 544 págs.

La profunda huella de Von Humboldt

Joaquín Torán

Alexander von Humboldt regresó a Europa a los 35 años, tras su viaje de un lustro por Sudamérica, convertido en una leyenda. Recaló en París, por entonces la ciudad con mayor dinamismo científico. Allí frecuentó a los mayores cerebros de la época: a Louis-Joseph Gay-Lussac (estudioso del magnetismo terrestre a gran altura), con el que dio conferencias; al paleontólogo y naturalista Georges Cuvier, gran investigador de fósiles y postulador del principio de correlación de las partes, central para la anatomía, y muy similar a las tesis humboldtianas de que la naturaleza es el resultado de la múltiple interacción de numerosas unidades; a Jean- Baptiste Lamarck, cuya teoría de la transmutación de las especies inspiraría los principios evolucionistas de Charles Darwin, o al astrónomo Pierre-Simon Laplace. También conoció al físico y matemático François Arago, cuya vida aventurera sedujo a Von Humboldt y a quien le unió una profunda amistad. En los salones de la alta sociedad se topó con un frívolo Simón Bolívar, aún lejos de ser el caudillo que lideraría la revuelta contra España. Con todos estos personajes mantuvo relaciones de intercambio de conocimientos, pues consideraba que era la única manera en que la ciencia podría evolucionar y desarrollarse.

Su visión solidaria y generosa de la ciencia se materializó en la copiosa correspondencia que mantuvo a lo largo de su vida y que, en sus últimos años, ascendió a las 50.000 cartas recibidas (respondió casi a la mitad de ellas), procedentes de todas partes del mundo. Von Humboldt hablaba fluidamente, además de su natal alemán, francés, inglés y español, e intercalaba todos estos idiomas en sus conversaciones, rápidos monólogos con los que abrumaba a sus interlocutores con cifras, estadísticas o fenómenos.

Tan importante fue la huella del naturalista alemán que la literatura no pudo resistir su fascinación. Julio Verne fusiló pasajes enteros de sus obras en Viajes extraordinarios (1863- 1918), la serie en la que recogió su visión cientificista del mundo y de la historia. Edgar Allan Poe le dedicó su poema cósmico Eureka (1848), tras quedarse asombrado por la lectura de Cosmos. Gabriel García Márquez lo convirtió en secundario fundamental de El general en su laberinto (1989), que protagoniza Simón Bolívar.