10/12/2019
Política

Y usted, ¿por qué vota lo que vota?

Los equipos de campaña estudian las razones por las que se deciden electoralmente los ciudadanos, movidos más por la ideología que por la voluntad de castigo

José Luis Sastre - 11/12/2015 - Número 13
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Y usted, ¿por qué vota lo que vota?
"El primer voto es como el primer amor”, dice el asesor en comunicación política Luis Arroyo, como si en esa papeleta se estableciera un vínculo que perdurará entre el votante y el partido al que prefiera. Es fácil que un votante recuerde con qué candidato se estrenó en las urnas, aunque luego cambie de partido en función de la situación política general o por razones mucho más azarosas e incontrolables: puede que simplemente sea porque le apetezca. En un curso con varias convocatorias electorales, esa es la cuestión que se repite en los despachos políticos o en los centros de estudio. Mucho antes que quién ganará las elecciones, aparece la pregunta de por qué votan los ciudadanos, si lo hacen con la cabeza fría o caliente, por ideología o por castigo, a favor o en contra de unas siglas, atraídos o desalentados por los candidatos. Si lo hacen porque sí, porque es su partido de siempre, al que deben fidelidad, o porque están hartos y les seduce la idea del cambio. A todas esas preguntas se puede contestar por convicción o por principios, por emoción y hasta por miedo, y las respuestas en este caso determinarán el nuevo mapa político del país.

Dice el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que por mucho que se hable del voto de castigo o del voto oculto, por mucho que las tertulias discutan sobre la infidelidad política y teoricen sobre futuros resultados, somos en el fondo unos románticos. Según la encuesta que hizo el CIS tras las europeas del año pasado, la mitad de los electores aseguraba haber votado a quien mejor representaba o defendía sus intereses; los suyos o los de su país. El 11% se decidió por el partido al que siempre vota y prácticamente el mismo porcentaje reconocía

El primer voto es como el primer amor, establece un vínculo que perdurará entre el votante y el partido

haber votado a la contra, para evitar que ganara el principal adversario. Por el cambio, esa idea tan socorrida y que tan a menudo se lleva a los eslóganes de campaña, solo reconoció haber votado el 1,2% de los votantes. Prometer el cambio sin ofrecer nada más no parece ser garantía de gran cosa.

Es interesante, en esa misma encuesta, la posición de los ciudadanos cuando les preguntan qué habrían hecho si hubieran sabido que el resultado de las elecciones iba a ser el que se dio en mayo (ganó el PP con 16 escaños; PSOE, 14; Izquierda Plural, 6; Podemos, 5 y UPyD, 4). La mayoría habría votado lo mismo, pero una cuarta parte de los electores se habría abstenido o habría votado en blanco. Cuesta menos quedarse en casa que dar el voto a una opción distinta porque solo un minoritario 5% hubiera cambiado el voto para dárselo a otro partido.

Razones para el voto

“La gente vota por un relato, por coherencia con una narrativa determinada”, apunta Arroyo, que ha coordinado varias campañas electorales y conoce bien su funcionamiento. “El relato de los partidos es la clave, por eso lo mejor para ellos es apelar en campaña a una narrativa contundente y persuasiva. Eso explica que el PP esgrima la idea de la recuperación, Podemos hablara de la casta y el PSOE se centre en las clases medias y trabajadoras.” La manera en que los candidatos explican la realidad y lanzan sus propuestas resulta determinante a juicio de Arroyo, que añade: “El ciudadano no suele cambiar de voto, excepto una comprobada tendencia hacia un mayor conservadurismo según avanza la edad”. La edad, dice el tópico, vuelve a mucha gente de derechas.

Los partidos tratan de resumir —o improvisar— ese relato con una idea fuerte que luego trasladan a sus eslóganes, frases prefabricadas que repiten en todas partes y en las que, a veces con acierto, revelan si apelan a la razón o a la emoción del votante. “Votar centro es votar Suárez”, escogió Adolfo Suárez para buscar a los moderados en las primeras elecciones, hasta que el PSOE se apuntó en 1982 a una idea muy frecuentada después: “Por el cambio”. El propio Mariano Rajoy tituló con “Súmate al cambio” la campaña que le llevó a La Moncloa en 2011. Aznar optó en 1996 por querer representar al centro político y encabezó sus mítines con un emblema —“Con la nueva mayoría”— que le ayudó a convertirse en el primer presidente del

Las herramientas utilizadas hasta ahora para pronosticar el voto quedan obsoletas en el nuevo escenario

gobierno del PP. El contexto político —y lo apretadas que puedan estar las encuestas— lleva a los estrategas a recurrir a lo racional, a lo emocional o a ambas cosas a la vez, como hizo el PP en 2008: “Con cabeza y corazón”, mensaje con el que se enfrentó a los “Motivos para creer”, de los socialistas, que se arriesgaron apelando a la fe de sus votantes. Siete años después, con cuatro partidos compitiendo por el primer puesto, el PSOE apuesta por “Un futuro para la mayoría” y el PP quiere recalcar la experiencia: “España, en serio”. Ciudadanos y su “Vota con ilusión” engarzan con el ánimo de sus electores. Al escoger sus lemas, algunos partidos llaman directamente al pragmatismo de sus electores, como hicieron en 2008 CiU o Coalición Canaria. “Tu voto hará respetar Cataluña” fue la opción de los primeros; “Habla canario, ponte en tu sitio” fue la de los segundos.

Elecciones siempre inciertas

Es verdad que cada convocatoria electoral tiene sus circunstancias y se da por hecho que los votantes actúan con diferentes criterios según se presenten a unas europeas, a unas autonómicas o a unas generales. En el sondeo del CIS tras las últimas generales, que dieron la mayoría absoluta al PP de Rajoy, el 70% de los españoles dijo votar por convicción y el 30% admitió que lo había hecho con dudas o porque le parecía un mal menor. También en este caso, la mayoría votó al partido que mejor representaba sus ideas o al que veía más capacitado para gobernar España, y se mantenía en torno al 12% el número de personas que se decantaba por una opción para frenar el avance de otras fuerzas. Pero existen casos en los que el voto en contra se dispara.

En aquellas legislativas de 2008, por ejemplo, el 27% de los electores del PP en Cataluña votó para impedir el avance del PSC y el 21% de los votantes socialistas argumentó que había votado para frenar al PP, según el Centre d’Estudis d’Opinió, que apuntaba ya la existencia de lo que los expertos definen como voto dual: uno de cada diez catalanes reconocía votar a un partido en las generales y a otro en las autonómicas. Los expertos advierten, sin embargo, de que todas las herramientas que se han utilizado hasta ahora pueden quedarse obsoletas con el nuevo escenario, en el que resulta difícil pronosticar qué razones llevarán a los votantes a las urnas. Nunca habían sido tan altas las expectativas para las fuerzas que están fuera del Congreso.

“Se vota por ideología, aunque hay también un componente de castigo”, interpreta el sociólogo Jorge Galindo, del colectivo Politikon e investigador de la Universidad de Ginebra, que recuerda que la pregunta de por qué votan los ciudadanos es una de las que más estudios ha generado en la teoría política. Será porque no hay una única respuesta. Se vota por ideología, de acuerdo, pero “la ideología media de los votantes en España se está desplazando hacia la izquierda, aunque esto refleja más la valoración negativa del actual Gobierno que un cambio sustancial en el plano ideológico”, señala Galindo a partir del posicionamiento en el que se reconocen los ciudadanos en las encuestas. “Y existe además un componente de castigo —continúa—, una valoración negativa respecto a lo que hay y las políticas que ofrecen los partidos tradicionales.” ¿Qué buscan ahora los votantes, qué esperan de los nuevos partidos? No hay análisis concluyentes sobre las expectativas de los electores ante las generales, primeras de un nuevo tiempo que será posbipartidista. Se abre una nueva etapa de desencanto ciudadano y tertulias televisivas, con más interés en la política y todavía más preguntas que respuestas.

Los efectos de la corrupción y las encuestas en los votantes

José Luis Sastre
Se habla de castigo a los partidos —en especial a los dos mayoritarios— por los casos de corrupción, aunque este país, acostumbrado ya a los escándalos, lleva años preguntándose cuál es el coste político real de la corrupción. La Fundación Alternativas le dedicó un capítulo al asunto en su “Informe sobre la Democracia” de 2012 y concluyó que el desgaste de un candidato depende de varios factores: “El grado de apoyo inicial que tenga, la gestión política de la actividad delictiva, la relevancia mediática y el tipo de corrupción denunciado”, porque no es igual, según el citado informe, la corrupción que perjudica directamente a los ciudadanos que aquella que carece de efectos en su vida cotidiana. El grado de implantación de los partidos en el territorio o el tiempo que lleven en el poder se convierten también en factores que determinan el voto de la ciudadanía. Influye además el trato y la dimensión que den a unos partidos o a otros los medios de comunicación. Y, más aún, lo que digan las encuestas que se publican: la incidencia que tenga la llamada opinión publicada sobre la propia opinión pública, que es la que decide. Luis Arroyo reconoce que los sondeos se usan con finalidad política y destaca cómo “contribuyen a generar un clima de opinión”. En el libro La mentira os hará libres, el profesor Fernando Vallespín cuenta que “a mucha gente le gusta sumarse a la communis opinio, a la opinión pública de la mayoría”, aunque en esas encuestas los ciudadanos puedan opinar una cosa y su contraria mientras contestan al cuestionario sin sorprenderse por ello. El sociólogo y diputado del PSOE José Andrés Torres Mora anotó hace varios meses en su blog: “Viendo el uso que algunos medios de comunicación hacen de la sociología electoral para manipular las conciencias de los ciudadanos, las prácticas del CIS deberían ser obligatorias para todos los que publican encuestas”. Invita así a que se conozcan los llamados microdatos de los sondeos para que cada uno haga su propia cocina y extraiga sus conclusiones, e incide en la difusión de las encuestas como instrumento que puede mediatizar el voto. El PSOE, enfadado con el último CIS, insiste en el valor de esos microdatos.