24/1/2019
Cine

Canciones y cine. Leyendas musicales, títeres de celuloide

En el último año se han estrenado al menos media docena de biografías de protagonistas de la música popular. Llega a España la de Miles Davis

Carlos Reviriego - 29/07/2016 - Número 44
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Canciones y cine. Leyendas musicales, títeres de celuloide
Fotograma de ‘En la cuerda floja’. Creative Wealth Media Finance
Los que hoy llevan las riendas de la producción cinematográfica en Hollywood y otras latitudes son los hijos de la generación rock y de la MTV, aquella que se crio en los años 70 y 80, y que por tanto formaron su educación sentimental (y cultural) bajo el poderoso y fáustico influjo de la música popular, con todo lo que ello conlleva. No es de extrañar, por tanto, que sientan la necesidad de llevar a la pantalla grande las vidas y milagros de sus ídolos de juventud, de aquellas creaciones artísticas que acaso liberaron sus mentes y sus cuerpos. En el último año han florecido en la industria estadounidense al menos una media docena de biografías musicales que han tratado con leyendas de la música popular: Hank Williams, Bessie Smith, Chet Baker, Jimi Hendrix, Nina Simone, James Brown... El último de los trayectos existenciales y creativos en incorporarse a la nómina ha sido el del genio del jazz y trompetista Miles Davis.

El biopic musical como subgénero cinematográfico no goza de mucho predicamento crítico, pero eso no impide su producción continuada en la industria. Son películas generalmente baratas para los estándares de producción que parten con un amplio colchón de potenciales espectadores, fans y mitómanos que ansían ver la vida de sus ídolos bajo el glamour postizo del celuloide, aunque sea, en la mayoría de los casos, para su decepción. Ningún biopic, por su naturaleza sintética, hace justicia al personaje retratado —el cine, ya lo sabemos, es una gran mentira, y el rigor historiográfico siempre pierde frente al artificio del espectáculo y la dramatización—, y en cuestiones musicales suelen quedarse en el pálido reflejo de un karaoke dramatizado, determinados a sintetizar la vida y obra de una leyenda según los patrones aristotélicos del ascenso, la caída y la resurrección (o el completo olvido). En cierto modo, las crónicas de músicos malditos emergen como el perfecto relato en tres actos, de ahí ,entre otras cosas, su conveniencia cinematográfica, aparte de las sinergias industriales de muchos estudios de Hollywood que comparten un padre corporativo con sellos discográficos que no pueden resistirse a la tentación de darle una nueva vida en el mercado musical a sus viejos artistas.

Las drogas, los traumas y los demonios del artista ocupan el primer plano de los biopics musicales

Los espectadores que descubrieron la música de Ray Charles con la exitosa Ray (Taylor Hackford, 2004), donde Jamie Foxx se mimetizaba con asombrosa similitud (algo que se ha convertido en un dogma) en el pianista invidente, acudieron en masa a las tiendas de discos a descubrir su música, a lo que sin duda ayudó el fallecimiento del artista durante la producción de la película, que se hubiera embarcado en una gira mundial arrastrado por el reencuentro tardío con el gran público.

Los guardianes de la música aún parecen tener secretos que revelar. Y el interés por los viejos rockeros no ha decaído, ahora que las generaciones que compraron sus vinilos ven en ellos el nostálgico reflejo de tiempos pretéritos, ahora que la escena musical es tan heterodoxa y profesional, pero en general plana y aburrida. ¿Dónde quedó el espíritu satánico del rock & roll? ¿Dónde la ética rimbaudiana que tan buenas migas hace con la estética cinematográfica? A la avalancha de autobiografías de estrellas que se han editado en los últimos tiempos como si respondieran a una agenda programática —Neil Young, Pete Townshead, Paul Morrisey, Patti Smith, etc.— le toma el relevo la pantalla, determinada a volcar la vida y milagros de tantos genios de la música.

El genio bicéfalo

“Todo se reducía a deambular a la deriva, arriba y abajo. Éramos cuatro personas, porque siendo Géminis yo ya soy dos. Dos personas sin la coca y dos más con la coca. Yo era cuatro personas diferentes; dos de ellas tenían conciencia y dos, no. Miraba al espejo y veía una película completa, una jodida película de horror. En el espejo veía aquellos cuatro rostros. Sufría una alucinación constante. Veía cosas que no estaban allí, oía ruidos y voces inexistentes. Cuatro días sin dormir y atiborrándote a drogas conducen a esto.” Escribe Miles Davis, con la ayuda del escritor Quincy Troupe, en sus divertidas memorias (Miles. La autobiografía. 1989, Ediciones B, 1995 y Alba Editorial, 2015), de las más desenfadadas y viscerales de la cosmogonía musical del siglo XX. Este fragmento pertenece al episodio en el que, por primera vez, el compositor que “cambió la música cuatro o cinco veces” hablaba de sus cinco años de silencio, de 1975 a 1980, en los que se recluyó en su mansión neoyorquina para entregarse al lado salvaje (muchas drogas y sexo) y no se molestó en poner sus dedos sobre la trompeta, porque “ya no tenía nada que decir”.

Aquel paréntesis hedonista, del que nació su concepción del jazz funk y el acid jazz, es el que toma como punto de partida Don Cheadle para Miles Ahead, película que escribe, dirige y protagoniza. Cheadle, actor con una alta formación musical (él mismo toca la trompeta en las inerpretaciones musicales del film), ha dedicado 10 años de su vida a este proyecto, largamente esperado por sus fans que representa su debut detrás de las cámaras. El actor fetiche del primer Paul Thomas Anderson (Boogie Nights, Magnolia) no ha hecho “una jodida película de horror”, sino más bien una de cine negro, poniendo el foco en el carácter chulesco, aventurero y arrogante del artista, quien en un relato ficticio se embarca junto a un no menos ficticio periodista de Rolling Stone (Ewan McGregor) en una peripecia de persecuciones, chantajes y tiroteos para recuperar una cinta con la única grabación de sus años de silencio. El entramado de esta extraña ficción, puntuada por diversos flashbacks a algunos momentos decisivos de su vida, le permite abordar sus complicadas relaciones con las drogas, las discográficas, el racismo y las mujeres (con especial atención a su primera mujer, la bailarina Francis Taylor, de manera que la portada del álbum Someday My Prince Will Come es omnipresente) con la superficialidad propia de los biopics, pero en todo caso tocando por momentos el alma del músico.



Las leyendas del jazz ocupan un capítulo importante del biopic musical. El cine se hizo sonoro con El cantor de Jazz (Alan Crosland, 1927), donde Al Jolson se interpretaba a sí mismo, y filmes tan memorabales como Bird (Clint Eastwood, 1988), en torno a Charlie Parker, y ‘Round Midnight (Bertrand Tavernier, 1986), con Dexter Gordon, han capturado sus claroscuros con conmovedora pureza. Acaso la traslación libre, improvisada del jazz a la pentatónica cinematográfica la llevó a sus últimas consecuencias  John Cassavetes con Shadows (1959), su mítico debut. Miles Ahead, a pesar de sus ambiciones, no escala esas alturas, ni tampoco Born to Be Blue (Robert Budreau, 2015), la encomiable crónica alrededor de un Chet Baker interpretado por Ethan Hawke. Descansa en la cinta un manifiesto talento para alinear la música con las imágenes, el personaje con el artista, la biografía con el mito. Hay un discurso y una emoción concretas. No es que su director subvierta los clichés del género, pero sí los hace evidentes desde el principio —en el rodaje de una película dentro de la película— para dejar claro que él no cometerá los mismos errores. El filme se centra sobre todo en la historia de amor que mantuvo a Baker apartado de sus inseguridades y hábitos destructivos, y la pantalla vuelve a encenderse con la belleza y el genio de su música.

Cánones y subversiones

Tanto Miles Ahead como Born to Be Blue se posiciona, en algún punto intermedio entre el tratamiento canónico y el enfoque subversivo. Su agradecida audacia está lejos del modelo a seguir que, después de su éxito en los Oscar y en las taquillas, estableció En la cuerda floja (Walk the Line, James Mangold, 2005), el convencional biopic de Johnny Cash que protagonizó Joaquin Phoenix, pero también de los antibiopic por excelencia: I’m Not There (2007), donde Todd Haynes trataba de desentrañar las mascaradas de Bob Dylan, y Last Days (2005), suerte de crónica espiritual de los últimos días de Kurt Cobain filmada por Gus Van Sant. Ambas cintas, procedentes de sendos pilares del queer cinema, son gloriosas excepciones a la regla. Lo más común es encontrarse con trabajos sin sustancia, meras ilustraciones de vidas castigadas, empeñados en contrariar con sus formas y caminos convencionales los espíritus caóticos y revolucionarios que retratan, como las películas que recientemente han abordado los trayectos de Hank Williams (I Saw the Light, Marc Abraham, 2015), Bessie Smith (Bessie, Dee Rees, 2105), James Brown (Get on Up, Tate Taylor, 2014), Nina Simone (Nina, Cynthia Mort, 2016) o Jimi Hendrix (Jimi: All is by My Side, John Ridley, 2013), todas ellas aún pendientes de estreno en España.

Cheadle ha dedicado 10 años de su vida a Miles Ahead, que protagoniza y es su debut detrás de las cámaras

Con la magnífica interpretación de Tom Hiddleston en la piel del monarca del country, el filme de Abraham avanza como si rellenara los huecos de un formulario, sin alma y sin verdadero contenido, y son más bien la energía y calidez del repertorio musical lo que mantiene el interés. Se sabe el final del creador de “Cold, Cold Heart” en la parte de atrás de un Cadillac, con 29 años, y las tensiones con su esposa Audrey (Elizabeth Olsen) o su adicción al alcohol y las mujeres, pero las estilizadas imágenes de I Saw the Light no logran conectar con la verdadera relación del genio con su música, en un relato que cubre los seis años de ascenso, estrellato y ruina física y psicológica del artista country más influyente. Puede que un biopic musical no debiera limitarse a recrear un segmento de la vida de un cantante, sino a explorar su universo creativo y confrontar un discurso a partir de él. Ese no ha sido el caso de Hank Williams, que ha sido carne de biopic en otras ocasiones, como en Your Cheatin’ Heart (Gene Nelson, 1964). Como tampoco lo ha sido la esperada cinta alrededor de Jimi Hendrix, que merece una película a la altura de su arte que lamentablemente no es Jimi: All is By My Side, pálida crónica del estrellato londinense del guitarrista más revolucionario del rock, interpretado por André Benjamin.

El rock es la energía vital más genuina creada por la cultura moderna, de ahí que su relación con el cine sea necesariamente íntima. Pero la música raramente ocupa el primer plano de los biopics musicales. Suelen ser otros asuntos como los estupefacientes, los traumas sentimentales y demás demonios del artista. En ese arco dramático se han disputado la inmensa mayoría de las recreaciones fílmicas alrededor de leyendas de la música. Hay excepciones. Haynes llega hasta la cima de I’m Not There después de haber llevado a la pantalla otros dos trabajos musicales tan sublimes como controvertidos: el mediometraje Superstar: The Karen Carpenter Story (1988), donde convertía al juguete roto del pop en una muñeca Barbie, y Velvet Goldmine (1998), una encubierta crónica de la transformación de Ziggy Stardust en David Bowie, que no concedió los derechos de su música; eso no impidió que el más arrebatado artificio convocara las más intensas emociones. Diez años después, con su extrovertida, compleja y pluriforme inmersión en el mito dylaniano, Haynes firmaba un poema visual en el que varios actores (Cate Blanchett, Richard Gere, Christian Bale, Heath Ledger, Ben Whishaw) encarnaban a Robert Zimmerman como si fuera un concepto y no tanto como un hombre o un artista. Era su respuesta a la infertilidad del biopic hollywoodiense como retrato de artistas irretratables.

Miles Ahead
Miles Ahead
Escrita, dirigida y protagonizada por Don Cheadle
En cartelera.