1/4/2020
Exposición

Pesadillas de la ciencia

La muestra Terror en el laboratorio, de la Fundación Telefónica, revisa el mito del científico loco a través de la literatura popular

Raquel Moraleja - 02/09/2016 - Número 49
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Pesadillas de la ciencia
Imagen de "Terror en el laboratorio".ESPACIO TELEFÓNICA
Todo empezó hace 200 años con la erupción de un volcán: el Tambora, en Indonesia. Las cenizas cubrieron gran parte de la Tierra y la sumieron en un largo invierno que se prolongó  más de un año. En Ginebra, cinco jóvenes se habían reunido para pasar unos días en Villa Diodati, tumbados al sol, nadando y remando en el paradisíaco lago Lemán. El anfitrión era el inefable poeta Lord Byron, que huía de Inglaterra —una de tantas veces— a causa de un escándalo en el que se entremezclaban sexo y lazos sanguíneos, y le acompañaba a Suiza su médico personal, el italiano John Polidori. Se les unió una joven pareja, el poeta Percey Shelley y Mary Wollstonecraft —hija de Mary Wollstonecraft y de William Godwin—, que también huían de un amor difícil, el de la esposa de Percey. Había una última invitada que los manuales de literatura, cuando recuerdan esta noche mítica, tienden a olvidar: Claire Clairmont, hermanastra de Mary, despechada por Percey y nueva amante de Lord Byron.

El resto de la historia es de sobra conocida. Aquel junio de 1816 no hubo verano y los cinco jóvenes se recluyeron en la Villa Diodati bajo el estruendo de las tormentas. Como sus planes al aire libre se habían frustrado, decidieron jugar a un juego: ver quién inventaba el monstruo más terrorífico de todos los tiempos. Claire calló y observó. Percey ni se molestó. Lord Byron planteó una historia sobre una aristócrata que se alimenta de la vida de los demás, pero pronto la desechó. Solo John Polidori y Mary Wollstonecraft hija —a la que de ahora en adelante apellidaremos Shelley para distinguir a la madre de la hija— se tomaron en serio el juego. Polidori continuó la historia de su maestro e imaginó una criatura hermosa, pérfida y eterna que se alimenta de la sangre de los demás. Su Vampiro sería el germen de un mito popular que culminaría en el Drácula de Bram Stoker. Esa noche nació otra criatura aún más perturbadora: Frankenstein.

La pesadilla

En el año 2010, el astrónomo Donald Olson viajó hasta el lago Lemán para tratar de averiguar en qué momento exacto de aquella excursión Mary Shelley ideó su Frankenstein. Comparando la posición de las estrellas con las notas que quedan en el diario de Mary de aquel viaje, Olson concluyó que la pesadilla tuvo lugar el 16 de junio de 1816 en torno a las tres de la madrugada. La idea no surgió de la nada. Explica William Ospina en su novela El año del verano que nunca llegó (Literatura Random House, 2015) que, durante la cena de aquella noche, los jóvenes habían estado comentando las teorías del científico Luigi Galvani, que postulaba que la electricidad era el verdadero motor de la vida.

Frankenstein marcó un antes y un después en el imaginario popular no tanto por la criatura como por el inventor

Además, a eso se sumó un viejo recuerdo de una noche cualquiera, de cuando eran niñas, en su casa de Inglaterra. La madre de Mary, la afamada feminista Mary Wollstonecraft, ya había muerto, y ella vivía con su padre, el anarquista William Godwin, y su nueva mujer, la vecina de al lado, la madre de Claire Clairmont. Esta mujer, de la que apenas hay nada escrito, se dedicaba a traducir al inglés los cuentos de los hermanos Grimm. Una de aquellas noches junto al fuego les habló a las niñas del lunático doctor Dippel, que intentaba resucitar cadáveres mediante artefactos técnicos encerrado en el castillo de Frankenstein.

Azarosa fue la creación de la historia y azarosa fue su publicación. Lo que hoy se conoce como Frankenstein, lectura obligatoria de todos los manuales escolares y de apreciación algo simplificada, es la edición de 1831, la que publicó Mary Shelley como definitiva tras un par de intentos. Previamente había publicado una primera versión anónima en 1818 que es el auténtico original de la historia concebida en Villa Diodati. Una segunda edición apareció en 1923, con las correcciones del poeta y firmada por Mary Shelley, al fin casados tras el suicidio de la esposa de Percey. Durante todos aquellos años el matrimonio Shelley había visto morir a dos de sus hijos, Percey falleció al naufragar su barco Don Juan, Polidori se había suicidado y Lord Byron había muerto luchando por la independencia griega.

Al título de Frankenstein, Mary Shelley añadió un subtítulo que encerraba todo el significado de su poderosa historia: El moderno Prometeo. En la mitología griega, el titán Prometeo roba el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Este desafío a la fuerza creadora, este querer llegar más allá de lo que la naturaleza permite, es lo que lleva a cabo el doctor Frankenstein al darle vida a su criatura sin nombre.

El científico es el nuevo dios

La publicación de la novela de Mary Shelley marcó un antes y un después en el imaginario popular, y no es tanto por su criatura como por el creador de la misma, el doctor Victor Frankenstein. Su ansia desmedida de revertir el orden natural y robarle a dios su poder más exclusivo, el de dar la vida, le valen el apodo de “científico loco” que, con el tiempo, culminará en un rentable arquetipo literario.

“¿Te pedí, por ventura, creador, que transformaras en hombre este barro del que vengo? ¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?” Esta cita de El paraíso perdido, la obra más conocida del poeta John Milton, abre el camino a la exposición Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau, que acoge el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el próximo 16 de octubre. Son las palabras perfectas para plantear el conflicto del científico loco. No, no es él quien se lamenta. Quien se lamenta es su criatura, que jamás pidió la vida, y que ahora se encuentra sola, desamparada y perdida en un mundo que la aborrece. “¿Y quién soy yo?”, se pregunta la criatura de Frankenstein, y su creador, la única persona obligada a amarla y entenderla, la abandona y corre a esconderse. Es la confrontación con la propia creación, el arrepentimiento por haberse atrevido a cometer lo que las leyes naturales le habían negado, lo que desata la tragedia. Porque todas estas historias de científicos locos y extrañas criaturas son, ante todo, grandes tragedias de tintes románticos.

Siguiendo la línea de otras exposiciones, como la dedicada el año pasado al escritor francés Julio Verne, el Espacio Fundación Telefónica aúna ciencia, literatura y cultura popular como solo ellos parecen saber hacerlo. Repiten en el comisariado Miguel A. Delgado y María Santoyo, responsables de la magnífica Julio Verne. Los límites de la imaginación. Esta vez, tomando como excusa el 200 aniversario de la noche de los monstruos en la Villa Diodati que se celebró el pasado 16 de junio, los comisarios han perseguido la historia del científico loco a través de décadas de literatura y sus manifestaciones más populares, como el cine y las figuras de acción —de las que se puede ver un ejemplo gracias a la magnífica colección de Sara Torres que su marido, el divulgador Fernando Savater, ha cedido al Espacio Fundación Telefónica—.

Frankenstein de Mary Shelley es el punto de partida del arquetipo, pero también de un género literario que se ha alimentado de él desde entonces: la ciencia ficción. Muchos coinciden en situar la novela de Mary Shelley como la culminación de la fantasía científica que habían iniciado Julio Verne y Edgar Allan Poe y el inicio de la ciencia ficción que continuarían H. G. Wells e Isaac Asimov, entre muchos otros. ¿Qué diferenciaba a este nuevo género literario del que bebe la exposición de Telefónica de todo lo escrito anteriormente? La prospección de un futuro de maravillosas invenciones que pueden escapar al control del hombre. La ciencia sucumbirá a su propio poder. Y, entonces, llegará el terror. Todo ello cuando aún ni siquiera se había inventado ese subgénero moderno al que se llama distopía y al que pertenece la tríada de grandes novelas distópicas: 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury.

La publicación de Frankenstein y del resto de narraciones que aparecen en la exposición no tuvo lugar a lo largo del siglo XIX por mera casualidad. El contexto social europeo favoreció su concepción. La revolución industrial era un hecho, la gente abandonaba el campo para saturar las ciudades, la clase media y el proletariado se desgajaban… En las grandes urbes se respiraba un clima de cambio de siglo amenazante. Por todo el continente se extendía el cientificismo, una corriente ideológica que defiende que la ciencia es el mejor modelo, si no el único, para explicar y entender la vida que nos rodea. Esta confianza ciega en el método científico desplazó la fe en el poder sobrenatural de dios. La ciencia es el dios del hombre moderno. Sin embargo, todas estas obras literarias vienen a ofrecer un toque moralista: cuidado con que el nuevo dios se vaya de las manos, o se desencadenará un desastre total.

Autómata, doble y monstruo

La exposición Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau persigue al científico loco a través de seis obras literarias. La muestra se divide en tres bloques temáticos en función de la naturaleza de las criaturas. Por un lado están los autómatas, las máquinas sin alma creadas para mejorar al propio hombre, como la Olimpia del relato El hombre de la arena de E. T. A. Hoffmann y La Eva futura de Auguste Villiers de L’Isle-Adam. Por otro lado está el doble, el doppelgänger nórdico, una confrontación entre el yo y el ego reprimido que da lugar a aterradores seres como los protagonistas de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson y de El hombre invisible de H. G. Wells. Y por último están los monstruos —aunque el término monstruo, como recuerda un panel con la nube de palabras más usadas en estas narraciones, sea poco o nada utilizado por los autores—, que son el Frankenstein de Mary Shelley y las criaturas de La isla del doctor Moreau de H. G. Wells.

La exposición aúna ciencia, literatura y cultura popular y parte del 200 aniversario de la noche de los monstruos

En cada uno de estos bloques, se pueden ver variados objetos relacionados con la adaptación de las historias a la cultura popular. A la entrada, una enorme pantalla ofrece fragmentos de icónicas películas, como El jovencito Frankenstein, dirigida por Mel Brooks en 1974, o El hombre invisible, dirigida en 1933 por James Whale, quien también se haría cargo de la más famosa adaptación de Frankenstein al cine. Es cuanto menos curioso ver cómo las historias originales se transforman para adaptarse a los gustos del público, como por ejemplo darle una seductora novia a la criatura de Frankenstein. Aparte de la colección de Sara Torres, los museos de Farmacia y de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid han cedido antiguo material tecnológico muy parecido a todo aquel por el que estaban fascinados los escritores del siglo XIX. Predominan en las paredes carteles de cine, anuncios de muñecas hinchables que emulan a las autómatas, portadas de cómics y novelas pulp inspiradas en las criaturas.

Todas ellas, los hombres-bestia del doctor Moureau, la autómata de Thomas Edison en la novela de De L’Isle-Adam, son aberraciones de científicos en su intento por llegar siempre más allá. A veces, como le sucede al doctor Jekyll, las víctimas de tamaña ambición son ellos mismos. Pero, en cierto modo, recorriendo la exposición, viendo los carteles de las numerosísimas adaptaciones al cine de estas historias, surge una pregunta: ¿no es ese el papel de la ciencia?, ¿llevar al hombre hasta los confines de su propia existencia? O como decía el autor de ciencia ficción Brian W. Aldiss en su Frankenstein desencadenado, “la naturaleza necesitaba ser enmendada, y enmendarla era la misión del hombre”.

Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau
Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau
Comisariada por Miguel A. Delgado y María Santoyo
En la Fundación Telefónica, Madrid, hasta el 16 de octubre