14/12/2019
Análisis

Elecciones: toma 2

Los segundos comicios son una excelente coartada para los partidos políticos porque acuerdos que hoy parecen irrealizables serán plausibles

Ignacio Jurado - 29/04/2016 - Número 31
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Febrero de 1974. Reino Unido vota en medio de la primera gran crisis económica desde los años 30. Se produce el resultado más temido: un hung parliament (parlamento sin mayoría). El hasta entonces primer ministro Edward Heath es incapaz de llegar a un acuerdo con los liberales y el líder laborista, Harold Wilson, es nombrado primer ministro en minoría. Carente de una mayoría parlamentaria estable convoca unas segundas elecciones para octubre. Grecia, mayo de 2012. Tras el segundo rescate financiero, se celebran elecciones generales. El Pasok se desploma y Nueva Democracia gana las elecciones solo por dos puntos de ventaja a Syriza, que emerge como la alternativa de izquierdas. Tanto Antonis Samaras como Alexis Tsipras son incapaces de formar gobierno y, tal y como prevé la Constitución griega, se convocan inmediatamente unas segundas elecciones para junio.

Estos son dos de los pocos ejemplos que podemos encontrar de repetición de unas elecciones. En las democracias parlamentarias no es infrecuente que se formen gobiernos inestables sobre la base de acuerdos multilaterales (y, en ocasiones, aparentemente imposibles antes de las elecciones) que terminan cayendo tras un breve periodo. Pero convocar elecciones apenas unos meses después de las anteriores ante la imposibilidad de encontrar una salida al nuevo escenario político es una anomalía que, más allá de los dos casos mencionados, casi se cuenta con los dedos de una mano (Grecia en 1989 y 1990, Irlanda en 1982, Liechtenstein en 1993 o Moldavia en 2009, hasta donde yo he podido acreditar).

La lógica de la repetición de elecciones no es cambiar el Parlamento, sino cambiar las expectativas de los votantes

Cuatro meses después del 20-D, España podría sumarse a este club. La experiencia que estamos viviendo tiene algo más en común con Grecia y Reino Unido que el simple hecho de repetir elecciones. Por un lado, ambos son países con una fuerte tradición de gobiernos monocolor con mayoría absoluta, donde el voto de derecha e izquierda se ha aglutinado alrededor de dos grandes partidos. Por otro lado, sus repeticiones electorales se dieron en mitad de una crisis económica y política.

Estos dos factores explican en gran medida por qué la repetición ha sido una opción sobre la mesa desde la noche electoral. Una coalición, por naturaleza, supone una doble cesión (renunciar a políticas que van en mi programa y aceptar políticas que van en el de otro) a cambio del beneficio de ser parte del gobierno. Cómo manejar este dilema no es un cálculo de solución inmediata. A la hora de ceder, cada partido tiene que decidir en qué ámbitos renunciar y cuáles blindar, además de dilucidar qué parte del programa de otro partido tus votantes están dispuestos a aceptar. Igualmente, deben decidir de qué manera se involucran con el nuevo gobierno y sobre qué políticas quieren tener control.

Cuando un país está habituado a gobiernos monocolor, una fuente importante de incertidumbre sobre estos cálculos proviene de la inexistencia de experiencias previas que permitan que los partidos conozcan cómo sus votantes (que a su vez no están acostumbrados a este contexto) van a digerir los acuerdos. No se trata de que los políticos de algunos países sean más propensos a la negociación, sino que tienen más y mejor información para desenvolverse en ella. Conocen, por los errores y aciertos en el pasado, qué deben hacer y hasta dónde pueden llegar. Este desconocimiento también se aplica a los partidos emergentes que amenazan con romper el duopolio de los partidos grandes.

En 1974 los liberales británicos se resistían a formar gobierno con los conservadores, en parte porque una coalición con un Heath en decadencia era percibida como una jugada demasiado incierta que amenazaba la solidez de su reciente ascenso electoral. Resolver el dilema de las coaliciones se dificulta, además, en el actual contexto de desempleo, inestabilidad económica e insatisfacción política. Para que se dé el aprendizaje, uno necesita la seguridad de que un error no será fatal. El contexto actual es el peor para que los partidos experimenten y se aventuren al ensayo o error de las coaliciones. Es casi imposible aprender qué pueden y qué no pueden hacer los partidos en las negociaciones porque un mal movimiento no solo puede llevarte a la oposición cuatro años, sino también al colapso.

¿Qué esperar, pues, de unas nuevas elecciones? En realidad, a nivel parlamentario, poco. Igual que ocurrió en Reino Unido, donde los laboristas subieron solo dos puntos. O en Grecia, donde se profundizó en el nuevo bipartidisimo, pero la diferencia de escaños entre ND y Syriza permaneció casi invariable. Nada hace pensar que en España esto fuera a ser muy distinto. En realidad, la lógica de la repetición de elecciones no es cambiar la configuración parlamentaria, sino cambiar las expectativas y las resistencias de los ciudadanos.

El día después de las elecciones el Parlamento puede ser el mismo, pero nosotros ya no lo seremos. Habremos vivido un primer fracaso en el manejo de un escenario multipartidista y nuestra percepción de qué coaliciones son deseables o tolerables habrá cambiado. Las segundas elecciones suponen, así, una excelente coartada para los partidos políticos. Acuerdos que hoy parecen irrealizables serán más plausibles. ¿Se imaginan a Ciudadanos y Podemos llegando a un acuerdo de gobierno?, ¿al PSOE aceptando un presidente del PP?, ¿al PP dejando gobernar una opción menos votada?, ¿y un gobierno encabezado por un independiente? Estas combinaciones han parecido inviables y la única que ha estado algo cerca de ser una opción real durante las negociaciones ha encallado hasta ahora. Pero estas opciones, como fruta ya madura, pueden ser más posibles tras volver a hacer pasar por las urnas a los españoles. Las líneas entre lo tolerable y lo inviable se pueden difuminar. Así ocurrió en Grecia cuando el Pasok aceptó entrar en un gobierno con la derecha —el cual había rechazado apenas un mes antes— bajo el argumento de que ya no se podía permanecer en la oposición y esperar tranquilamente a que el país cayera.