19/11/2019
Política

Se acabó el recreo

A partir del recuento de las elecciones del 26 de junio, que los sondeos auguran muy parecido al del 20-D, los partidos estarán obligados a intentar de nuevo el acuerdo que en estos cuatro meses han sido incapaces de alcanzar

AHORA / Rosa Paz - 29/04/2016 - Número 31
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Se acabó el recreo
Patxi López, presidente del Congreso de los Diputados. chema moya / efe
Se acabó. Lo que parecía que tenía más posibilidades de pasar ha acabado pasando: los partidos —unos más que otros— no han tenido ni la capacidad ni la generosidad necesarias para alcanzar un acuerdo, si no para gobernar al menos para la investidura de un presidente. Así que habrá repetición de las elecciones. A partir del recuento de votos de la noche del 26 de junio, que los sondeos no vaticinan muy diferente al del 20-D, los líderes políticos se verán en la obligación de intentar de nuevo lo que en estos cuatro meses han sido incapaces de conseguir. Y lo logren o no, habrá sido un año perdido para intentar resolver los problemas de los españoles, algunos de ellos acuciantes. Porque si los partidos fueran capaces de forjar pactos rápidos no se formaría un nuevo gobierno, en el mejor de los casos, hasta agosto —las Cortes se constituyen el 20 de julio—, pero si repiten la experiencia de esta ocasión y llegan a agotar el plazo, podrían pasar otros cuatro meses con un ejecutivo en funciones, es decir, hasta bien entrado el otoño. Lo que hagan dependerá de en qué posición coloquen las urnas a cada partido. Un resultado más incierto, si cabe, que el de diciembre.

Ni para opciones sorpresa

Hasta el 2 de mayo hay plazo para intentar la elección parlamentaria de un presidente, pero tendría que ser ya en una sola votación por mayoría absoluta, porque no hay margen temporal para convocar un pleno de investidura con dos sesiones, la primera para esa designación por mayoría absoluta y la segunda, 48 horas después, para la elección por mayoría simple. Parece, por tanto, que se ha acabado el tiempo también para hipotéticas sorpresas, que, de producirse, serían realmente extraordinarias.

A Rajoy e Iglesias les interesa una repetición electoral en la que Sánchez se juega su futuro político

El martes se tuvo por unas horas la impresión de que la situación se podía desbloquear gracias a la propuesta de los diputados de Compromís y la rápida contraoferta del PSOE. Pero no fue más que un espejismo fugaz que solo sirvió para poner una vez más de manifiesto la cruda realidad: la incapacidad de los partidos para alcanzar un acuerdo.

Porque el martes las posiciones se mantenían como al principio. El líder del PSOE, Pedro Sánchez, no tenía (no tiene) autonomía para pactar un gobierno de coalición con Podemos porque los principales barones territoriales ya le advirtieron en diciembre que lo vetarían, y Podemos y sus confluencias no admitían (no admiten) más opción que ese gobierno de coalición a la valenciana que ha pregonado su líder, Pablo Iglesias, desde el primer momento. Los socialistas ofrecieron un ejecutivo monocolor presidido por Sánchez pero formado por independientes del gusto de los podemitas y de Ciudadanos y someterse en dos años a una moción de confianza, pero fue insuficiente. Porque Iglesias siempre ha jugado al todo o nada. O gobierno de coalición o elecciones.

Objetivo, el ‘sorpasso’

Iglesias y el presidente del PP, Mariano Rajoy, parecen ser los únicos a los que les interesan las elecciones. Hay un sector de Podemos que no lo ve tan claro, pero su líder acaricia el sorpasso al PSOE con la confluencia de Izquierda Unida. Cinco millones de Podemos —y sus confluencias— más uno de IU suman seis en la calculadora de Iglesias, es decir, medio millón más que los que obtuvieron en diciembre los socialistas. Muchos analistas, e incluso el dirigente podemita Íñigo Errejón, creen que hay variables políticas que pueden hacer que la adición no dé ese resultado. Si finalmente hay convergencia de las dos fuerzas —más Compromís, En Comú y En Marea—, el 26 de junio se sabrá quién tiene razón.

Rajoy no ha movido un  dedo para intentar formar gobierno —a la espera de que los poderes económicos, Bruselas y otros agentes exógenos forzaran al PSOE a la gran coalición— e incluso estuvo a punto de causar un conflicto constitucional al rehusar la invitación del rey a la investidura. Sin embargo, está convencido de que el fracaso de las negociaciones protagonizadas por Sánchez y la repetición de las elecciones le benefician. Ha acallado las críticas internas a su inmovilismo, que se han multiplicado en estos meses, y está convencido de que a poco que cambie la correlación de fuerzas el 26-J podrá seguir en la Presidencia del Gobierno con el apoyo de Ciudadanos, pese a que los casos de corrupción le van cayendo en avalancha.

Al que menos le interesan las elecciones es a Sánchez, que sabía que su oportunidad de sobrevivir políticamente en el PSOE estaba en conseguir ser presidente y ahora sabe que la única posibilidad de salvarse está en mejorar considerablemente el resultado del 20-D. Un objetivo difícil que dependerá, en buena medida, de cómo valoren los votantes socialistas los esfuerzos que ha realizado en estos meses para formar gobierno. Las encuestas muestran que su valoración personal ha mejorado, pero que la marca PSOE sigue estancada. Los expertos dudan también de qué influencia tendrá en sus votantes de más a la izquierda el acuerdo suscrito con Ciudadanos y consideran, además, que la mayor abstención que se espera en los comicios de junio podría perjudicar más a los socialistas, porque su electorado está más desmovilizado.

Algo parecido le ocurre al partido de Albert Rivera, mimado por los sondeos que le dan expectativas al alza, pero que teme que parte de quienes le dieron su apoyo en diciembre —antiguos votantes del PP— puedan ahora abandonarle porque no entienden que haya pactado con los socialistas.

Rajoy y Sánchez se la juegan

En las elecciones del 26-J se juegan de nuevo su futuro político Rajoy y Sánchez. Los dos necesitan mejorar sus resultados y gobernar para que sus partidos no decidan removerlos de sus cargos. Porque los críticos del PP solo callarán si Rajoy sigue en La Moncloa, y en el PSOE los esfuerzos de Sánchez por ser presidente solo han servido para ratificar a los barones díscolos en sus posiciones. El liderazgo de Iglesias, pese a los disidentes, y el de Rivera no parecen cuestionados.

Estos cuatro líderes políticos han incrementado en los últimos días los reproches entrecruzados. Ya el fin de semana anterior a la tercera ronda real los grandes partidos en liza habían organizado actos públicos para empezar el reparto de culpas. El PP se las echa al PSOE y Ciudadanos. El PSOE, a Podemos (a Pablo Iglesias, concretamente). Podemos, al PSOE. Y Ciudadanos, al PP. Es el arranque de la campaña electoral. O la simple continuidad de una campaña que empezó  hace un año con las elecciones autonómicas y municipales de 2015 y no ha terminado todavía.

La campaña se centrará en lo ocurrido en estos cuatro meses y no en lo que hizo el PP en los cuatro años anteriores

Así que oír ahora hablar a los dirigentes de todos los partidos de una campaña corta y austera suena a broma. Lo dicen porque son conscientes del hartazgo de la ciudadanía y también porque no saben si ese cansancio puede penalizarlos en las urnas. Por eso buscan mensajes positivos: campaña compacta y barata. Pero será una campaña de dos meses, los que faltan hasta el 26 de junio, aunque quizás sí más austera, especialmente porque no tienen dinero y ni los viejos ni los nuevos partidos quieren incrementar su endeudamiento.

Cuatro meses o cuatro años

Lo sorprendente es que la campaña, salvo sorpresas de última hora, se centrará en qué ha hecho cada uno en este paréntesis de cuatro meses que se abrió el 20-D y ha acabado en frustración y no en qué hizo el PP en los cuatro años anteriores. Ni siquiera cuando al PP se le multiplican los casos de corrupción, el ministro de Industria en funciones, José Manuel Soria, se ha visto obligado a dimitir por tener sociedades offshore en paraísos fiscales, el Gobierno ha tenido que admitir el incumplimiento de la reducción del déficit para 2015 pese a los recortes sociales, y ha empeorado sus previsiones de déficit, deuda, crecimiento y desempleo para 2016. Sin contar, además, la influencia de un año perdido por las dos convocatorias electorales y la incapacidad política para pactar.

No se esperan, desde luego, grandes propuestas electorales para resolver los problemas. Si la tónica de los dos próximos meses es la marcada hasta ahora solo se les escuchará echarse mutuamente la culpa por la parálisis política.