10/12/2019
Ciencia

La gota y el océano. Bases biológicas de la multitud

Vivir en grupos o tribus es una de las soluciones evolutivas que han permitido la supervivencia del ser humano

Roger Corcho - 08/07/2016 - Número 23
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La gota y el océano. Bases biológicas de la multitud
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Existen numerosas teorías filosóficas y reflexiones políticas edificadas sobre la dicotomía del individuo enfrentado a la masa. Es habitual caracterizar a la masa como constituida por individuos pasivos, mediocres y grises, seres uniformes que siempre van por los caminos trillados. Es la tendencia a ser rebaño. El individuo-ciudadano, por el contrario, sería el que piensa por sí mismo y por tanto puede acabar yendo contracorriente. Sería la persona activa, cuya creatividad, espontaneidad e inteligencia le llevarían a diferenciarse de los demás y a tomar sus propias decisiones.

¿Es la masa una ficción que emerge cuando se contempla de lejos la realidad, como ese retrato de Lincoln que compuso Dalí? Cuando centramos la mirada, solo hay individuos. Sin embargo, psicólogos evolutivos y neurocientíficos tienen bien claro lo siguiente: estamos equipados biológicamente para establecer lazos con los demás, y se trata de una tendencia impresa en nuestros circuitos neurológicos y hormonales. Nuestra naturaleza biológica, adaptada para empatizar con otros y aceptar las normas del grupo, se ve arrastrada a fluir con los demás de manera casi inevitable. Llevamos la masa en nosotros mismos.

Tribus

La necesidad de vivir en grupos o tribus fue una de las soluciones evolutivas que encontraron los antepasados del ser humano —entre otras especies— para no acabar pereciendo ante los peligros que le acechaban. Tanto a la hora de cazar como para defenderse de los depredadores, el grupo se reveló como el instrumento más idóneo. Durante dos millones de años fue como el bote salvavidas en medio de una tormenta salvaje y permitió sobrevivir y tener descendencia a aquellos cuyas adaptaciones contribuían a mejorar la vida del grupo. Las presiones selectivas, en cambio, se encarnizaron sobre los individuos solitarios, condenados a perecer. Los circuitos neurológicos y hormonales dirigidos a trabar lazos con los demás, a aceptar las normas del grupo y a participar de sus rituales, supusieron una ventaja para sobrevivir y, por tanto, reproducirse. La selección natural amoldó no solo la condición biológica, sino también la conducta y la psique.

La selección natural amoldó no solo la condición biológica, sino también la conducta y la psique

Uno de los circuitos hormonales sobre los que actuó la selección natural, y que en la actualidad se ha estudiado ampliamente, es la oxitocina. “La oxitocina es crítica para el sexo en los mamíferos, y sin ella no pueden parir y tampoco dar leche —afirma el psicólogo Carsten de Dreu—. Si se le retirara la oxitocina a un mamífero, no tendría prole, y en caso de que accidentalmente la tuviera, no la alimentaría y acabaría muriendo.”

La oxitocina influye notablemente en la conducta de un individuo respecto del grupo. Tras estudiar una colonia africana de suricatas, se comprobó que al suministrarles oxitocina, estos animales, por un lado, tenían más sexo, jugaban más y proveían de más comida. Por otro lado, también dedicaban más tiempo a la vigilancia, una conducta muy arriesgada que obliga a exponerse ante los potenciales depredadores. Para De Dreu, la oxitocina potencia que nos acerquemos a lo que nos gusta, y a la vez suprime la reacción de alejarnos de lo que nos desagrada. Para la supervivencia del grupo, es necesario contar con individuos que no van a escapar ante una señal de peligro y que, por tanto, estarán dispuestos a defender al grupo recurriendo a otras habilidades, como la fuerza. La selección natural soldó la diversión al sacrificio en ese mismo sostén biológico.

Entre el individuo y el grupo se produce una relación de simbiosis: el individuo se sacrifica por el grupo, lo que incrementa las posibilidades de supervivencia para todos (sin grupo, los individuos no tendrían ninguna opción de prosperar y reproducirse). El coste personal que supone, por ejemplo, dar una parte de los recursos alimenticios obtenidos para beneficio del grupo tiene compensaciones, como tener un mayor estatus en relación con el resto de miembros del grupo. Estar convencido de que tu grupo es mejor que los demás contribuirá a que sigamos sacrificándonos por el bien común, a la vez que produce una gran satisfacción saberse perteneciente al grupo mejor. El grupo, por último, ofrece un sentimiento de pertenencia a sus miembros, un sentimiento que los humanos estamos programados para buscar.

Líderes y seguidores

En todo grupo se necesitan líderes. En cualquier parte del mundo, al frente de cualquier proyecto, país o empresa, encontramos a una cabeza visible, con unas dotes para el mando que pueden variar significativamente. La necesidad de líderes también se ha constatado en un sinnúmero de especies animales.  Como asegura el psicólogo Mark van Vugt, “ir detrás de un líder competente es una forma inteligente, para cualquier especie —no solo Homo sapiens—, de prosperar”.

 En su obra Naturally Selected (coescrita junto a Anjana Ahuja), el profesor de la Universidad de Oxford Mark van Vugt apunta que “los grupos dirigidos desempeñan sus tareas mucho mejor que los grupos sin líderes”. De hecho, “los grupos sin líderes efectivos se extinguen”. Si la evolución ha presionado para que se desarrollen características psicológicas del liderazgo, es preciso considerar que también habrá presionado para que los demás lo sigan. Las dotes de liderazgo —como la capacidad para coordinar, convencer, dirigir o impartir justicia— tuvieron que emerger al mismo tiempo que las cualidades relacionadas con la sumisión y la capacidad de obedecer.

“Estamos programados para vivir en grupos dirigidos y ser, la mayor parte del tiempo, obedientes miembros del grupo”, explica van Vugt. La capacidad de convertirnos en seguidores es la disposición por defecto, el rol que nos asignamos de partida. Solo si la situación así lo requiere, aparecerán unos rasgos de líder que han podido quedar ocultos durante años. El resto seguirá el “instinto de ir con la corriente”, como se aprecia cada vez que se activa una alarma en unos grandes almacenes.

Esta diversidad de roles permite que un grupo de desconocidos pueda emprender una tarea rápidamente: lo habitual es que alguien tome las riendas y los demás sigan sus instrucciones de forma coordinada. En los casos de grupos en los que nadie se decide a ponerse en cabeza, o bien cuando son dos los que quieren ejercer como tal, el desempeño del grupo acaba siendo mucho peor.

Los mecanismos que llevan a obedecer a la autoridad están incrustados en el interior del ser humano

Cuando Stanley Milgram realizó sus experimentos en la década de los 50, ya era conocida la capacidad de sumisión a la autoridad por parte de la ciudadanía. Milgram ideó una máquina con la que supuestamente se podían aplicar descargas eléctricas, cada vez más potentes, sobre un individuo. Se pedía a un sujeto que manejara el aparato y aplicara descargas sobre otra persona cada vez que se equivocara al responder las preguntas de un test. Era un montaje, pero el sujeto que aplicaba las descargas lo ignoraba. La persona que sufría las descargas —en realidad se trataba de una grabación— llegaba a implorar que se detuviera el experimento y sus gritos daban a entender que estaba sufriendo tortura. Sin embargo, la simple indicación de un científico presente en la sala para que siguiera el experimento era suficiente para que no se hiciera caso a las súplicas. La mayoría de sujetos seguía suministrando descargas más altas, que hubieran sido mortales. Los mecanismos que nos llevan a obedecer a la autoridad están profundamente incrustados en nuestro interior y no se detienen ni cuando se está llegando al extremo de torturar a otro.

El desajuste

La transformación cultural, que nos ha llevado por una senda de imparable progreso, se inició hace apenas 12.000 años, con la invención de la agricultura, la ganadería y los primeros asentamientos. El cambio fue total: de vivir en tribus cerradas se pasó a vivir en ciudades cada vez más abiertas. Ha sido también un cambio rapidísimo, producido en un abrir y cerrar de ojos, en comparación con el lento camino por el que la humanidad se había desarrollado hasta llegar a ese punto.

Esos mismos cerebros que están llevando a que se produzca esta gigantesca transformación crean un mundo a su alrededor para el que no están adaptados. En este breve lapso, el entorno ha sufrido cambios espectaculares. En lugar de depredadores, hay que procurar que no nos arroyen los coches. Los cambios van más allá de la vegetación africana al cemento de las ciudades; o de los árboles a gigantescos edificios: afecta absolutamente a toda nuestra manera de comportarnos. Esta es la razón por la que van Vugt ha propuesto la hipótesis del desajuste, según la cual, “nuestros relativamente primitivos cerebros, que nos preparan para la afiliación a tribus igualitarias y bastante pequeñas, encuentra difícil enfrentarse con unas estructuras empresariales y cívicas del tamaño de un mamut y propias del siglo XXI”. 

Como si se constituyeran estratos geológicos, las adaptaciones al medio ocurridas durante millones de años siguen formando parte de nuestra naturaleza, a pesar de que las presiones que provocaron su aparición han dejado de existir. Los dispositivos psicobiológicos que regulan nuestro comportamiento siguen operando, pero esta vez sobre una sociedad tecnificada y organizada en estados: se pueden ver en acción, por ejemplo, al observar a grupos de aficionados al fútbol, tanto en las expresiones de alegría como cuando se manifiestan agresivamente con forofos del equipo contrario. Movilizando estos sentimientos de pertenencia con inteligencia es posible hacer que millones de personas se lancen a la calle, llamadas por la nación.

El desajuste puede tener consecuencias inocuas, pero también puede dar lugar a serios cortocircuitos —como si se hubieran arrancado unos cables de cuajo— con unas consecuencias terribles. Explica que haya personas que acaben en manos de sectas destructivas (sectas capaces de proporcionarles un sentimiento de pertenencia que les ciega del daño inmenso que les pueda ocasionar). O que haya adolescentes que acaben integrándose en bandas callejeras. O terroristas suicidas que sacrifican su vida —y asesinan a los que se encuentran a su alrededor en el momento de hacer detonar el explosivo— convencidos de hacerlo por un bien superior. O que la exaltación nacional desemboque en una guerra civil devastadora, como la que arrasó Yugoslavia en la década de los 90. Como expone van Vugt, “estamos, en efecto, preparados para seguir a la multitud, lo que explica el fenómeno de Twitter, las raras tendencias de la moda y los seísmos en los mercados de valores”. El conocimiento de este sustrato biológico podría ser la clave para resolver los conflictos que se despiertan con la identidad y el sentimiento de pertenencia.

El ser humano se enlaza con los que le rodean, pero solo con aquellos que se encuentran más próximos: los demás habitantes de la sociedad forman parte del paisaje, un fondo con el que apenas existe un entramado de afectos. Estamos abocados a vivir en grupo. La multitud, por tanto, existe, y hay un sustrato biológico y razones evolutivas que explican su aparición.