5/8/2020
Análisis

La impotencia del G20 y la retórica de Shanghái

La fractura que dificulta la cooperación económica internacional se produce no solo entre países avanzados y emergentes, sino entre keynesianos y hayekianos

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La impotencia del G20 y la retórica de Shanghái
Las autoridades financieras de los países miembros del G20 en la reunión de Shanghái del 26 y 27 de febrero. ROLEX DELA PENA / POOL / AFP / GETTY
Los ministros de economía y los banqueros centrales de los países del G20, acompañados por la dirección del FMI y de otros organismos económicos multilaterales, se reunieron el 26 y el 27 de febrero en Shanghái para intentar mandar un mensaje de confianza sobre la capacidad de la comunidad internacional de hacer frente a los riesgos a los que se enfrenta la economía mundial.

En su comunicado, los mandatarios reiteraron sus buenas intenciones: se comprometen a apoyar el crecimiento y la estabilidad financiera mediante políticas monetarias, fiscales y de reformas estructurales, a evitar las devaluaciones competitivas y la excesiva volatilidad de los mercados de divisas y a hacer todo lo posible para que los riesgos geopolíticos (con especial mención al Brexit y a la crisis de los refugiados) no debiliten aún más el débil crecimiento económico. Se trata de ahuyentar el fantasma de una nueva recesión que, de producirse, abonaría todavía más el ascenso de los movimientos xenófobos y proteccionistas en los países avanzados y pondría en serio riesgo los avances que las nuevas clases medias en los países emergentes han logrado en los últimos años.

Sin embargo, más allá de la retórica, no se han adoptado medidas concretas vinculantes que lleven a una acción coordinada. Cada país hará lo que buenamente pueda y, como mucho, lo comentará con los demás, seguramente después de hacerlo. A primera vista, esta falta de coordinación parece sorprendente. Puesto que la economía mundial lleva cinco años desacelerándose, el comercio mundial se ha frenado en seco, llevamos años con inflación cada vez más baja y deuda cada vez más alta, la volatilidad de los mercados financieros es máxima, la caída de los precios del petróleo y otras materias primas ya ha provocado una recesión en varias economías emergentes y existen dudas sobre la capacidad de la economía china de seguir creciendo (aunque sea de forma más lenta) sin pasar antes por una severa crisis, la justificación para la cooperación económica internacional parecería clara.

Decidir al borde del abismo

Desgraciadamente, necesitamos que las cosas estén mucho peor para que se produzcan acciones concretas. Solo se toman decisiones de calado cuando nos encontramos al borde del colapso. La última vez fue en 2008-2009, cuando, tras la quiebra de Lehman Brothers, el renacido G20 anunció que haría todo lo necesario para evitar el hundimiento del sistema financiero (es decir, que todos los bancos serían rescatados con fondos públicos) y que todos los países se embarcarían en un estímulo fiscal coordinado, del que luego algunos se arrepintieron por aumentar demasiado la deuda. Hoy, a pesar de que la acumulación de riesgos es evidente, es imposible saber si nos dirigimos hacia una nueva crisis o si más bien estamos por fin saliendo de la resaca de la gran recesión que siguió al crac financiero de 2008.

Como señalan los optimistas, el petróleo barato debería ser bueno para el crecimiento, las economías de Estados Unidos, Reino Unido, India y un buen número de países de la zona euro crecen con fuerza, la desaceleración de China es manejable (y además saludable a medio plazo), el comercio parece menor porque vivimos en una economía cada vez más desmaterializada y las nuevas tecnologías harán que la productividad vuelva a acelerarse, lo que se reflejará en los datos cuando aprendamos a medir adecuadamente la producción asociada a la llamada cuarta revolución industrial.

Solo al borde del colapso se toman decisiones de calado. La última vez fue tras la quiebra de Lehman Brothers

En este debate entre apocalípticos y optimistas todavía tardaremos en saber quién tiene razón. Pero lo que la historia nos enseña es que la cooperación económica internacional es muy difícil en momentos de elevada incertidumbre como los actuales. En general, para que los países estén dispuestos a coordinar sus políticas económicas se tienen que dar al menos dos condiciones. Primero, que haya unos valores medianamente compartidos por las principales potencias sobre qué políticas son necesarias. Y segundo, que exista un liderazgo capaz de plasmar esos valores en acciones concretas. Ninguna de las dos se cumple en la actualidad (algo que sí ocurrió, por ejemplo, al final de la Segunda Guerra Mundial), lo que dificulta enormemente la acción coordinada.

Hoy, los países emergentes tienen visiones sobre la regulación financiera, los mecanismos de ajuste en el sistema monetario internacional o las mejores prácticas en política comercial que son muy distintas a las de los países avanzados. Incluso tienen una visión sobre cómo debería funcionar (y regularse) el capitalismo que dista mucho de la dominante en occidente. Además, tras décadas de liderazgo intelectual y político anglosajón en asuntos económicos internacionales, la crisis financiera global supuso un importante golpe a la legitimidad de la hegemonía norteamericana, lo que ha contribuido (junto a otros factores) a poner a Estados Unidos a la defensiva, generando un vacío de poder en el sistema internacional que ni los países emergentes ni la Unión Europea están dispuestos a ocupar.

Una división recurrente

Pero la fractura que dificulta la cooperación no se da solo entre países ricos y emergentes, sino entre quienes abogan por más gasto público y una política monetaria aún más audaz y quienes creen que esa estrategia es tanto inviable como suicida. Así, Estados Unidos y China se han sumado al FMI y apoyan redoblar la estrategia keynesiana que se puso en marcha tras la crisis financiera y que intentó compensar la caída de la actividad privada con estímulos públicos. Y resulta llamativo que incluso la OCDE, el think tank de los países ricos y adalid de las reformas estructurales, esté insistiendo en esta idea y argumentando que con los tipos de interés tan bajos la inversión pública se pagará prácticamente sola. Nunca antes se había metido en este jardín.

Enfrente encontramos una visión hayekiana de la economía, defendida por Alemania (pero también por muchos otros países que no tienen margen fiscal para aumentar el gasto), que insiste en la necesidad de hacer reformas por el lado de la oferta para aumentar el crecimiento potencial de las economías. Señalan que mantener la actividad artificialmente a base de manguerazos de liquidez de los bancos centrales o del engorde del endeudamiento en las cuentas públicas es pan para hoy y hambre para mañana, además de aumentar la desigualdad al inflar los precios de los activos financieros y generar burbujas que terminarán estallando. Los keynesianos, por su parte, recuerdan a los hayekianos que las reformas estructurales tienden a ser recesivas en el corto plazo y que sin estímulos monetarios nos veríamos obligados a replantearnos si la deuda de bancos y estados es realmente pagable.

Los emergentes tienen una visión sobre cómo funciona el capitalismo que dista mucho de la dominante en Occidente

Con estos mimbres, lo esperable es que ni siquiera bajo la actual presidencia del G20, que a lo largo de 2016 corresponde a una China que quiere poner en valor este foro que ha sustituido al G7, se adopten medidas importantes. Como decía Benjamin Cohen, “la cooperación internacional, como el amor pasional, es algo bueno pero difícil de sostener”. Como exige adaptar las políticas nacionales a las necesidades del sistema (y en ocasiones de otros países), e incluso entrar en acuerdos internacionales que implican cesión de soberanía, los países están poco dispuestos a llevarla más allá de la retórica que encontramos en los comunicados del G20 a menos que se encuentren ante circunstancias realmente excepcionales.

Esto no significa que el G20 y el resto de foros que configuran la gobernanza económica internacional sean irrelevantes. Pero solo se puede esperar de ellos que impulsen reformas graduales (y en ocasiones muy técnicas, como las referidas a la regulación financiera, al aumento de las bases fiscales o a los mecanismos de gobierno interno de las instituciones financieras internacionales, que caen fuera del radar de la opinión pública) y que sirvan como punto de encuentro entre los principales líderes mundiales, algo bastante necesario en una economía multipolar.

Por todo ello, si el pánico financiero se calma y la economía se recupera, el G20 seguirá siendo un foro internacional seudodurmiente con una actividad limitada. Pero si las cosas van a peor, se utilizará para tomar decisiones que realmente importen. Esperemos que no haga falta.