19/6/2019
Análisis

Los 4 puntos de fricción para la integración europea

Persisten las discrepancias fundamentales entre países acreedores y deudores, entre sociedades y gobiernos del centro y la periferia de la UE

El Brexit ha iluminado una puerta de salida en la oscura habitación europea. Ello fuerza a los 27, y sobre todo a los 19 del euro, a reforzar la integración. Si no, existe un riesgo de contagio con nuevas fugas y una posibilidad real de colapso de la eurozona.

En Reino Unido la campaña por la permanencia se obstinó en costes y miedos. Europa debe aprender la lección y tornar el Brexit en una oportunidad única basada no en el temor a nuevas crisis sino en un convencimiento ilusionante y genuino de que perfeccionar el euro beneficia a todos.

Ya hay una hoja de ruta oficial, perfilada hace un año en el “Informe de los 5 Presidentes” (Parlamento, Comisión, Consejo, Eurogrupo y BCE). Es vaga, desigual y controvertida, pero constituye un paso adelante. Se trataría ahora de acelerarla. Pero la tarea se antoja monumental y su éxito, incierto. ¿Por qué?

1. Electorados desganados

Un 42% de la población europea desea repatriar las competencias entregadas a la UE, un 27% prefiere mantenerlas y solo un 20% apuesta por ceder más (ver gráfico). Mientras, la desaprobación y desconfianza han crecido, siendo ya mayoritarias en Grecia, Francia o España y cercanas a serlo en Holanda o Alemania. Ello ha sido capitalizado y retroalimentado por las formaciones eurohostiles y los populismos a izquierda y derecha, espejos del descreimiento generalizado en el proyecto común. La actual deriva del voto, más insurreccional, inestable y volátil, puede provocar nuevas victorias inesperadas que nos empujen al abismo.

Muchos ciudadanos están desafiando, sin saberlo, la lógica Monnet, según la cual cualquier crisis en la UE debe servir para profundizar la integración. En efecto, los ciudadanos resisten peor, después de cada crisis, el discurso de que la razón por la que la eurozona es disfuncional es que no se le transfirieron poderes suficientes a Europa.

2. Gobiernos reticentes

El euro requiere dosis de integración política que los gobiernos son incapaces de vender a la ciudadanía. Este es el pecado original. La reticencia responde, además, al calendario político. Renzi afronta en otoño un referéndum de reforma constitucional que puede devenir en un plebiscito sobre su gestión y aupar al populista Grillo, en contra sin ambages del euro. En Francia y Alemania hay elecciones en 2017. Le Pen apoya un referéndum de Frexit y lidera los sondeos de primera vuelta. Merkel ha visto fuertemente erosionada su aprobación dentro y fuera de la Koalition a raíz de la crisis de los refugiados. La canciller ha descartado profundizar la integración política y, aunque Berlín no desea la desintegración, esta no será tan inmediata como para adoptar otra posición antes de los comicios.

3. Instituciones paralizadas

La estructura comunitaria es compleja, poco eficaz y nada comprensible. La hoja de ruta deforma aún más el elefantiásico entramado institucional. Escasea el capital político comunitario y faltan claridad y valentía, salvo quizá en el Eurobanco.

A ello ha contribuido la propia UE. Por un lado, con su inclinación tecnocrática a justificar la pertenencia a Europa, olvidando batallar por la narrativa política por la integración. Por otro, con soluciones improvisadas y una indolente exigencia por el cumplimiento de las normas, sobre todo en el caso de las normas fiscales, excesivamente numerosas y sofisticadas, sujetas a modificaciones frecuentes e interpretaciones cambiantes. El retraso en las multas a España y Portugal por la desviación del déficit o el hecho de que Italia haya conseguido la misma senda fiscal que pretendía es considerado por muchos la puntilla y defunción del Pacto de Estabilidad. 

4. Relatos discrepantes

Las discrepancias fundamentales entre sociedades y gobiernos del centro y la periferia persisten. Atañen al origen de la crisis del euro y al papel del BCE y se extiende obviamente a las soluciones.

Con su inclinación tecnocrática a justificar la pertenencia, Bruselas olvida batallar por la narrativa política

En los países acreedores se argumenta que la crisis de deuda se debe a la irresponsabilidad fiscal y a los desbalances de competitividad de los deudores. Su salud económica era pobre por desequilibrios estructurales (como tasas estructurales de paro y déficit insostenibles) y cíclicos (como burbujas crediticias e inmobiliarias). Las tensiones no son culpa de los mercados: estos son meros mensajeros de malas noticias y reflejan los desequilibrios y la inacción reformista. De alguna manera, deben ser “castigados”. Este énfasis puritano en el castigo cuadra con el rechazo a seguir pagando las facturas ajenas, la resistencia a introducir instrumentos como los eurobonos o el papel de prestamista de última instancia del BCE o el apoyo a la austeridad y las consolidaciones fiscales procíclicas.

Entre los estados deudores se argumenta que el euro fue corresponsable. Los países del euro son vulnerables al sentimiento inversor. Un temor de los mercados puede desatar tensiones que afecten a la financiación y forzarles, eventualmente, a suspender pagos. La espiral desestabilizadora que transita de la iliquidez a la insolvencia puede además contagiarse. Esta fragilidad esencial de la eurozona explica en gran medida la crisis del euro.

Este diagnóstico divergente no es un mero pasatiempo recreativo. Tiene implicaciones esenciales. Por un lado, llena portadas sobre los “vagos y corruptos” del sur y el “Diktat” del norte, lo que fragmenta la opinión pública, instalando unos prejuicios que rozan el paroxismo. Por otro, introduce una fuerte incertidumbre (por ejemplo, en forma de recursos contra las políticas del BCE ante el Tribunal Constitucional alemán). Por último, constriñe la acción gubernamental y dificulta la integración.

Por todo ello, se impone la necesidad —apremiante tras el Brexit— de perfeccionar y robustecer el euro. El campo de juego para la integración es estrecho. Los países centrales deben reconocer que los fallos sistémicos del euro proceden de su imperfecto diseño, y ayudar a resolverlo. Hay un “problema heredado” sobre el que hay que hacer borrón y cuenta nueva, por ejemplo con una mutualización parcial y condicional de la deuda heredada. Este reparto de costes es necesario a la par que justo y mutuamente beneficioso. A cambio, los periféricos deben realmente interiorizar que la solidaridad es la contrapartida de la disciplina y que han de ser verdaderamente exigentes y proactivos en cumplir y reformar. En paralelo, habrá que ser creativos con el “problema a futuro”, que afronta el perenne asunto de la desconfianza entre sociedades discrepantes: ¿cómo conseguir un apoyo para los países deudores, que sea suficiente y cuyas condiciones y garantías se perciban como justas por sus ciudadanos, y al mismo tiempo como necesarias y creíbles por los mercados y los países acreedores?