18/8/2019
Internacional

Marruecos, azote del terror yihadista

El país frena los atentados gracias a la eficacia de sus fuerzas de seguridad, su carácter de Estado policial y la legitimidad religiosa de su régimen

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Marruecos, azote del terror yihadista
Policías en un retén para comprobar la entrada de coches en Casablanca tras los ataques de 2003. A. SENNA / AFP / Getty
En aquel lugar olvidado, ni la policía osaba entrar. Sidi Moumen, 40 kilómetros cuadrados de miseria en las afueras de Casablanca, es un océano de chabolas para los olvidados de una ciudad en la que conviven la exclusión y la opulencia. De ese suburbio salieron 14 jóvenes la noche del 16 de mayo de 2003. Ellos fueron quienes arrancaron a Marruecos del espejismo del remanso de paz ajeno a la amenaza del terrorismo yihadista.

Cinco objetivos —entre ellos el restaurante de la Casa de España—, 45 muertos —de los que 22 (cuatro de ellos españoles) perecieron en el centro español—. “Están borrando pruebas vitales”, decía estupefacto un policía español adscrito a la Embajada de España en Rabat. El agente observaba en el lugar de los atentados cómo un bombero arrojaba agua con una manguera para limpiar la calle y la sangre que manchaba las fachadas colindantes. 

Un error así sería hoy inconcebible en un país que desde entonces ha hecho de la lucha contra el terrorismo yihadista una prioridad. Y lo ha hecho con éxito porque, pese a que Marruecos es el tercer Estado árabe que más nacionales ha aportado a grupos terroristas como Estado Islámico (1.505, según el diario marroquí Assabah), entre 2011 y 2015 solo se ha producido un atentado en territorio marroquí, el 28 de abril de 2011 en el café Argana de Marrakech. Fernando Reinares y Carola García-Calvo, investigadores del Real Instituto Elcano, comparan este dato con “los 33 atentados ocurridos en Túnez, 77 en Argelia y 353 en Libia entre 2011 y 2013”. 

La mayoría de los autores de atentados yihadistas en Europa eran marroquíes o de origen marroquí



Marruecos se ha convertido además en un aliado para Europa. Un aliado a veces incómodo —por el carácter policial de su Estado y por su democracia de fachada— pero vital. Según la prensa francesa, los datos ofrecidos por los servicios secretos marroquíes hicieron posible el asalto al apartamento de Saint-Denis en el que se ocultaba Abdelhamid Abaaoud, cerebro de los atentados de París del pasado 13 de noviembre. La mayor parte de los autores de los peores atentados yihadistas en suelo europeo eran marroquíes o europeos de origen marroquí. Se calcula que entre 1.000 y 2.000 inmigrantes de esa nacionalidad en Europa comulgan con el terrorismo yihadista. 

Lucha en varios frentes

Los atentados de Casablanca, recuerda la politóloga Luisa Barrenechea, “marcaron un punto de inflexión” en Marruecos. Desde entonces “el país adoptó un enfoque global, con medidas policiales de prevención y contención de la amenaza terrorista, reforma de la legislación penal, incremento de la cooperación internacional y programas contra la radicalización”. A ello habría que añadir un refuerzo del control sobre el campo religioso (los imames, los sermones de las mezquitas —supervisados por el Ministerio de Asuntos Islámicos— y las escuelas coránicas), así como la lucha contra los oratorios salafistas ilegales que hasta 2003 habían proliferado gracias a la tolerancia de las autoridades marroquíes, sobre todo en el deprimido norte del país, de donde proviene el 30% de los marroquíes de la yihad

Para el periodista experto en yihadismo Ignacio Cembrero, el éxito de la lucha antiterrorista en Marruecos se remite a tres factores: el primero es “la eficacia de sus fuerzas de seguridad, aunque a veces con métodos polémicos”. Se refiere a las denuncias de tortura que, especialmente en los casos de terrorismo, sigue siendo endémica en el país, según denuncia Amnistía Internacional.

Los funcionarios espían a la población: desde qué mezquita frecuentan hasta si se dejan crecer las barbas

Las otras dos razones que, en opinión de este experto, explican que Marruecos haya conseguido frenar el terrorismo son “la monarquía y su legitimidad religiosa [el rey es también líder religioso en su calidad de comendador de los creyentes], así como la alternativa que representa Justicia y Espiritualidad”. Al Adl wal Ihssane, Justicia y Espiritualidad, es un movimiento islamista ilegal pero tolerado que aboga por la no violencia. Este movimiento hace hincapié en la dignidad de ser musulmán, lo que evita que jóvenes con problemas de identidad caigan en el  yihadismo.

Una legión de espías

A la hora de luchar contra el terrorismo, la policía y los servicios secretos marroquíes utilizan instrumentos clásicos como las escuchas telefónicas y la creación de falsos perfiles en redes sociales como anzuelo para los reclutadores. Según revelaron documentos confidenciales difundidos por un grupo de hackers en 2015, las autoridades marroquíes se han servido también de tecnologías como la ofrecida por la empresa italiana Hacking Team, que comercializa sistemas informáticos de control remoto. Este software malicioso introduce un troyano en móviles y ordenadores que permite acceder a distancia a correos, contraseñas y cuentas en las redes sociales. Entre 2010 y finales de 2014, Rabat pagó tres millones de euros a Hacking Team, de acuerdo con estas informaciones.

Marruecos es a su vez un experto en lo que se conoce como humint (acrónimo de inteligencia humana) que, en no pocas ocasiones, consiste en espiar a la población. Además de los infiltrados en redes terroristas y en las comunidades inmigrantes en Europa, el Estado marroquí dispone de una legión de informadores en su territorio, proporcionados por una administración híbrida del modelo francés y del sultanato que rigió el país hasta el inicio del protectorado franco-español en 1912. Tras la independencia, en 1956, figuras como el caíd, el pachá y el moqqadem —funcionarios de la autoridad en barrios y aldeas— fueron asumidos por el Ministerio del Interior.

Una de sus tareas es espiar a los ciudadanos: desde qué mezquita y cibercafés frecuenta una persona hasta si se deja crecer las luengas barbas que lucen los salafistas. Los moqqadem son el escalón más bajo del sistema de colecta de información, analizada luego por un departamento ministerial ad hoc: la Dirección de Asuntos Generales (DAG). A estos funcionarios se unen aparcacoches, vendedores ambulantes y conserjes de edificios y mezquitas, entre otros, que ejercen de soplones quieran o no.

La importancia de estas fuentes es relevante porque, como señala Cembrero, “el perfil y los métodos de reclutamiento en Marruecos difieren de los que las redes utilizan en Europa. Los candidatos tienen un nivel socioeconómico mucho más bajo y la captación por contacto personal es más importante que en los países europeos, donde ese contacto personal se produce solo en la última fase del reclutamiento  a través de internet”.

Un informe publicado en julio de 2015 por Small Arms Survey confirma esta afirmación: “El reclutamiento de luchadores extranjeros del norte de África se produce ampliamente cara a cara. Las redes sociales influyen, pero la mayor parte de los reclutados son captados por gente que conocen”. De ahí la eficacia de un Estado cuyos tentáculos llegan hasta la aldea más remota de su territorio.
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