18/11/2019
Análisis

El ¿inevitable? auge de la islamofobia en Francia

Los partidos en el poder deben escuchar los miedos de una sociedad que vive una profunda crisis de identidad

Tarik Yildiz - 18/12/2015 - Número 14
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El ¿inevitable? auge de la islamofobia en Francia
“El terrorismo no tiene religión”, sostiene un musulmán en París. D. FAGET / AFP
El observatorio nacional contra la islamofobia del Consejo Francés del Culto Musulmán contabilizó 25 actos antimusulmanes en los cinco días siguientes a los atentados del 13 de noviembre en París. En enero la cifra fue aún mayor: hasta 50 actos contra ciudadanos musulmanes durante los cinco días que siguieron a los ataques contra Charlie Hedbo

Aunque prudente en su formulación, algunos responsables políticos animan a los musulmanes a desmarcarse de los que cometen atentados. Entre ellos Alain Juppé, ex primer ministro y miembro del partido Los Republicanos, presidido por Nicolas Sarkozy. La asociación en el discurso, aunque indirecta, de musulmanes y terroristas demuestra el gran temor de la sociedad. 

También el récord de votos del Frente Nacional en las elecciones regionales francesas demuestra que la sociedad demanda más autoritarisno y nacionalismo. El partido de Marine Le Pen, durante mucho tiempo marginado por considerarse xenófobo, fue la formación más votada en la primera vuelta de estos comicios, por delante incluso de la derecha de Sarkozy, que quedó en segundo lugar, y de los socialistas, en tercero. El Frente Nacional no logró finalmente ningún gobierno regional en la segunda vuelta, pero este fue su mejor resultado electoral. 

Si no hay propuestas para salvar el modelo republicano, los franceses buscarán soluciones en otra parte

¿Cuáles son las razones de los temores de la sociedad francesa? En primer lugar, la razón más evidente y también la más superficial es el desarrollo de movimientos radicales y los atentados cometidos en Francia en nombre del islam suní, perpetrados por “enemigos internos” que han nacido y crecido en el país y que atacaron a otros franceses en nombre de su ideología. 

La confusión, incluso inconsciente, entre quienes pertenecen a la misma religión es difícilmente evitable. Pero no es la única razón de la angustia. Ya antes de los atentados los musulmanes de Francia eran objeto de debate sobre su capacidad de integración en el país, puesto que algunas prácticas desestabilizan a un Estado apegado a la laicidad y que ha vivido numerosas guerras de religión a lo largo de su historia. 

Algunos miembros de la sociedad gala, musulmanes incluidos, cuestionaron el modelo francés republicano. Y pidieron cambios en la práctica de la religión y su visibilidad en el espacio público. Ese modelo francés no reconoce otra comunidad que la de los ciudadanos, como declaró en 1789 el conde Clermont-Tonnerre en su famoso discurso: “Debemos rechazar contundentemente a los judíos como nación y aceptarlos como individuos. Debemos retirar el reconocimiento de sus jueces: deben solamente tener nuestros jueces. Debemos rechazar la protección legal al mantenimiento de unas supuestas leyes judías; no se debe permitir que formen dentro del Estado un cuerpo político o una orden aparte. Deben ser ciudadanos individualmente. Pero, algunos me dirán, ellos no desean ser ciudadanos. ¡Fuera entonces! Si no desean ser ciudadanos, deben decirlo así y entonces los desterraremos. Es repugnante tener dentro del Estado una asociación de no ciudadanos, una nación dentro de la nación”.

Es este modelo, esta identidad profunda de Francia, la que parece amenazada por una parte importante de la sociedad. La gran mayoría de los franceses apegados a ese republicanismo no cae en el racismo, pero pide a los poderes públicos que conserven sus valores y, sobre todo, que se limite lo religioso al espacio estrictamente privado. En definitiva, que se respeten sus reglas. 

Un minoría de la sociedad desarrolla en cambio una forma de racismo con sentimientos nacionalistas y agresivos, como demuestran los actos islamófobos: el fenómeno, aunque marginal hoy, debe tomarse en serio. Si los partidos que han ocupado tradicionalmente el poder (la derecha de Sarkozy, el Partido Socialista de Hollande) no tienen en cuenta los miedos de una sociedad que duda sobre su capacidad de integración, se corre el riesgo de desarrollar una profunda polarización que alimentará las tensiones. Más allá de las dimensiones económicas y sociales, los ciudadanos franceses viven, hoy más que nunca, una grave crisis de identidad. Sin propuestas para salvaguardar el modelo y hacerlo respetar buscarán —como de hecho ya han empezado a hacer-— soluciones en otra parte. No solo en otros partidos que resaltan la crisis identitaria (el Frente Nacional). También buscarán soluciones fuera de las instituciones, y eso es más grave. La historia nos ha enseñado que ignorar la voz de una parte del pueblo puede acabar por avivar las tensiones y la violencia. 

Sin gobiernos pero con récord de votos

“Hemos sido víctimas de la manipulación y la difamación, pero seremos el principal partido de la oposición en la mayoría de las regiones”, dijo la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, al conocer los resultados de la segunda vuelta de las elecciones regionales francesas. Tras la victoria de los ultraderechistas en la primera vuelta (cuando el FN fue el partido más votado y ganó en seis regiones), el electorado se movilizó para apoyar al frente republicano contra la extrema derecha. Los Republicanos de Sarkozy obtuvieron el 40,75% de los votos, la izquierda (Partido Socialista, Verdes e izquierda radical), el 29,23%, y el FN, el 27,44%. Pero la de Sarkozy es una victoria insuficiente porque se debe en parte a la retirada de las listas socialistas, que se han sacrificado contra Le Pen. La izquierda ha ganado en cinco regiones, Sarkozy en siete. El FN no gobernará en ninguna, pero ha conseguido su récord de votos: 6,8 millones.