25/4/2017
Internacional

Nacionalidad: Refugiado

Según Unicef, cuatro millones de niños sirios no saben lo que es vivir en un país sin guerra o en un hogar que no sea un campo de refugiados

Beatriz Rivera - 23/09/2016 - Número 52
  • A
  • a
Nacionalidad: Refugiado
Dos niños junto a una tienda en el campo de Katsikas donde se lee “No más silencio. Somos humanos”. b. rivera

Desde el inicio de la guerra en Siria más de 300.000 niños han nacido fuera de su tierra. Los principales países de acogida de refugiados, Turquía, Líbano, Jordania, Irak, Egipto, Grecia e Italia, asisten a las madres en hospitales y en los propios campos, pero las condiciones de salubridad durante el parto y los primeros meses de vida de los bebés están muy lejos de ser óptimas.

Estamos en el campo de refugiados de Katsikas, al noroeste de Grecia, cerca de la frontera con Albania. Este es uno de los últimos campos de Grecia en admitir refugiados antes de la entrada en vigor del pacto migratorio firmado entre la Unión Europea y Turquía. El 19 de marzo de 2016 fueron trasladadas hasta aquí más de 1.200 personas, la mitad de ellas menores de edad, desde la isla de Quíos —cuando todavía no era un centro de detención—, hasta donde habían llegado en diferentes y frágiles embarcaciones desde la costa turca.

Han pasado cinco meses y medio desde su llegada a Katsikas y desde entonces han nacido seis niños y pronto nacerán otros 30. En este medio año la población del campo se ha reducido a la mitad porque muchos han logrado llegar a otros puntos de Europa, otros han sido trasladados a diferentes campos y los hay también que se han vuelto a sus países de origen. Sin embargo, en Katsikas cada vez hay más menores, que siguen suponiendo la mitad de los refugiados en este campo.

Los hijos de sirios son sirios

¿Nacer en este lugar supone para los recién nacidos ser automáticamente ciudadanos griegos y por lo tanto europeos? La respuesta es no.

Al igual que sucede en España, la nacionalidad de los progenitores prima sobre el lugar de nacimiento, por lo que los hijos de los sirios siguen siendo sirios, los hijos de los afganos siguen siendo afganos y así con todas las nacionalidades. Un caso diferente es el de los refugiados de origen kurdo o palestino, que no son pocos, ya que ellos también carecen de país y por lo tanto de nacionalidad propia. De hecho, cuando se presentan anteponen su identidad a su nacionalidad: “Soy Ahmed, palestino de Siria”. Pero estos niños y niñas, al contrario que sus progenitores, sí tienen algo en común. Todos han nacido en un campo de refugiados. Podríamos otorgarles una nacionalidad común porque comparten su futuro inmediato. En sus pasaportes recién estrenados podríamos leer “nombre: Mohammed, nacionalidad: refugiado”.

Las principales preocupaciones de las madres son el frío y la falta de higiene en las tiendas de campaña

La principal preocupación de las mujeres que ya han dado a luz en el campo y de las que están embarazadas son el frío y la falta de higiene en las tiendas de campaña en las que viven desde marzo. “Cuando damos a luz, Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) nos aloja en un hotel los primeros días, pero es muy duro tener que volver al campo con un bebé que tiene muy pocas horas de vida. Se acerca el invierno y no tenemos buenas condiciones”, comenta una de las embarazadas. La expresión que más repite, al igual que el resto de las madres del campo, es “no good”. Además, para muchas de ellas no es su primer hijo, por lo que tienen que hacerse cargo del recién nacido y del resto de la familia, que en algunos casos ya supera los cuatro hijos.

Sociedad patriarcal y machista

El rol del padre merece un capítulo aparte. En el campo se reproducen las costumbres de una sociedad patriarcal y machista en la que la mujer se encarga de los hijos, de los ancianos, de cocinar, lavar la ropa y limpiar la jaima a diario. Claro que aquí también hay excepciones y vemos a algún hombre que ayuda a su familia en esas tareas, pero es un ejemplo que no cunde.

Tal y como nos decía la futura madre, de nacionalidad siria, las condiciones del campo no son las mejores ni para los recién nacidos ni para el resto de sus habitantes. Por ello en este mes de septiembre, mientras escribo este artículo, los refugiados han decidido abandonar el campo para instalarse en tiendas de campaña en la plaza del pueblo de Katsikas. Su intención, según nos comunica uno de los líderes de la comunidad, es ser recibidos por el alcalde de Ioánina (localidad a 65 kilómetros de la frontera con Albania) para que los reubique en edificios de la zona. “Basta de mentiras. Tenemos niños pequeños y debemos protegerlos, el invierno aquí es muy duro y tememos por sus vidas. No podemos esperar más”, dice esta refugiada siria que prefiere no dar su nombre.

Se calcula que han muerto unos 15.000 niños, las víctimas más vulnerables de la guerra de Siria

Según Unicef, uno de cada tres niños sirios tiene menos de cinco años, lo que significa que casi cuatro millones de menores no saben lo que significa vivir en un país sin guerra o en un hogar que no sea un campo de refugiados. Estos datos no cuentan a los menores que han perdido la vida en Siria. El 2 de septiembre se cumplió un año de la muerte del pequeño Aylan, cuya imagen en una playa de Turquía saltó a la primera plana de los medios internacionales, y nos recuerda que no hay un número oficial de menores fallecidos durante la guerra o en su intento por escapar de ella. Algunas fuentes como Unicef estiman que han muerto 10.000 niños. Otras, como Save The Children, calculan que 15.000 y subiendo. Todos coinciden en algo: son las víctimas más vulnerables del conflicto.

Acnur no es una ONG

El campo de Katsikas, al contrario de otros militarizados, pertenece al municipio de Ioánina, que lo dirige con el apoyo del Ejército. La comida, de la que todos los refugiados se quejan por su pobre menú, que se repite semana tras semana, la suministra un catering privado y la distribuyen los uniformados. Hace una semana la comunidad rechazó el desayuno a modo de protesta y los líderes propusieron al alcalde que dejara a un cocinero sirio que vive en el campo asesorar en la cocina, pero la propuesta fue rechazada y siguen comiendo lo mismo todas las semanas: pasta, arroz y patatas cocidas.

Para el reparto de la comida, cada tienda tiene asignado un número y una letra que va de la A a la E, según la zona del campo en la que esté ubicada, y cada persona recibe su ración entregando la tarjeta de su tienda, una cartilla de racionamiento sin la que no se les da de comer.

Las infraestructuras del campo dependen de Acnur, que nada tiene que ver con el resto de ONG ya que es una agencia de Naciones Unidas con la responsabilidad de garantizar la información pertinente a los refugiados sobre su solicitud de asilo y unas condiciones óptimas de vivienda, aunque esta sea una jaima. Según los propios refugiados ninguna de las dos premisas se cumple.

“En dos semanas recibirán un mensaje en su móvil con información sobre su entrevista, tienen que esperar”, nos asegura una de las trabajadoras de Acnur que ha visitado el campo. Para los refugiados esta vía de comunicación es desesperante porque si se les rompe el móvil o lo pierden, son ellos los que están perdidos. “Si pierden el móvil tienen que comprar uno nuevo y comunicárnoslo”,  añade. Si tienen dinero o no para comprar un móvil no parece preocuparles. La versión de los refugiados es muy distinta: “Desde marzo nos dicen que en dos semanas nos informan, estamos en septiembre y nada”.