18/11/2019
Política

Presidentes del Congreso, con mando en plaza pero sin poder

De los 10 presidentes, dos pertenecían a la extinta UCD, cinco al PSOE y tres al PP. Todos afrontaron momentos difíciles, pero Lavilla aguantó la intentona de Tejero

Diego Carcedo - 18/03/2016 - Número 26
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Presidentes del Congreso, con mando en plaza pero sin poder
Patxi López se dirige a los diputados, tras ser elegido presidente en la sesión de constitución del Congreso, el pasado 13 de enero. J. J. GUILLÉN / EFE

Soy la tercera magistratura de la nación después del rey y el presidente del Gobierno, ocupo un lugar envidiado en el protocolo del Estado, pero si nos atenemos a lo que la gente interpreta —y a menudo confunde con las corruptelas de algunos— de la función de los políticos, cualquier concejal de urbanismo de los ochocientos ayuntamientos que hay en España manda más que yo. Yo no firmo contratos de obras, ni recalifico terrenos, ni convoco concursos. Como presidente del Congreso de los Diputados ni siquiera participo en la redacción y los debates de las leyes que firmo.” Lo decía irónicamente José Bono, cuando era presidente.

Bono, uno de los 10 presidentes que se han venido sucediendo al frente de la Cámara Baja en los cerca de 40 años de democracia, enseguida se ponía serio y añadía: “Pero no me quejo, que conste. Es un cargo muy honroso, con mucha incidencia en la actividad política, y por la tanto en la sociedad, y, por supuesto, con una gran responsabilidad que suele pasar inadvertida. No echo de menos los tiempos en que presidía pero también gobernaba en Castilla-La Mancha y tenía que adoptar decisiones diarias que afectaban directamente a los ciudadanos”.

Algunos historiadores de nuestro tiempo incluyen en la lista a Torcuato Fernández Miranda, uno de los personajes claves de la Transición, su presidencia del Congreso —entre los años 1975 y 1977— es considerada por la mayoría de los estudiosos como trascendental para la implantación de la democracia, pero todavía no era constitucional.

Firma de la Constitución

El primer presidente constitucional del Congreso tras la recuperación de la democracia  —su origen data de 1810, en las Cortes de Cádiz, y desde entonces pasó por múltiples avatares— fue Fernando Álvarez de Miranda, un veterano antifranquista y activista democrático,  quien siempre se enorgulleció —y no es para menos— de haber sido quien firmó la Constitución antes de ser refrendada por el rey. “¡Ahora o nunca!”, exclamó cerrando los puños antes de coger la pluma y estampar su firma bajo el texto refrendado por la inmensa mayoría de los españoles.

El presidente de las Cortes ostenta la tercera magistratura del Estado, tras el rey y el jefe del Gobierno

La lista de los 10 presidentes constitucionales puede considerarse como un reflejo de la pluralidad española en todos los aspectos. Hay algo en lo que chirría: en el marco de la igualdad entre géneros que lentamente se va imponiendo en España. De los 10, solo ha habido una mujer, Luisa Fernanda Rudi, que ostentó la Presidencia entre los años 1996 y 2000. La principal coincidencia entre los 10 es quizás la de su formación, en su mayor parte han sido profesionales del Derecho con las excepciones de la propia señora Rudi y del actual presidente, Patxi López, del ámbito mercantil y técnico.

Todos ellos, por otra parte, llegaron al cargo desde su condición de diputados y elegidos por sus compañeros para ostentar la Presidencia durante la legislatura. Uno solamente, el balear Félix Pons Irazazábal, repitió dos  veces y fue el único, hasta el presente, que se mantuvo en el cargo 10 años, entre 1986 y 1996. Otros, como Gregorio Peces-Barba, que había sido elegido sin ningún voto en contra, renunciaron a participar en las elecciones legislativas siguientes o, habiendo sido reelegidos diputados, sus partidos no presentaron su candidatura a  la reelección a la Presidencia. Fue el caso del anterior presidente, Jesús Posada Moreno, al no contar el PP con la mayoría suficiente para elegirle.

Dos de los 10 presidentes —Fernando Álvarez de Miranda y Landelino Lavilla— pertenecían a la extinta Unión del Centro Democrático (UCD); cinco —Gregorio Peces-Barba, Félix Pons, Manuel Marín, José Bono y el actual, Patxi López—al PSOE,  y tres —Federico Trillo,  Luisa Fernanda Rudi y Jesús Posada— al PP. Todos ellos tuvieron que enfrentar momentos difíciles en sus funciones y todos las desempeñaron correctamente aunque nunca ajenos a críticas por determinadas decisiones o intervenciones desde la Presidencia.

Ajustarse a la democracia

La labor desarrollada por el Congreso de los Diputados en estas décadas es sin duda una demostración de que el principal órgano legislativo cumplió sus funciones nada fáciles teniendo que enfrentarse al reto de cambiar el ordenamiento jurídico heredado de la Dictadura, ajustarlo a los principios democráticos y constitucionales y, a partir de 1986, también a las normas impuestas por la incorporación de España a la Unión Europea. Aunque el principal mérito quizás corresponda a los grupos parlamentarios y sus partidos, la tarea de coordinación, moderación y arbitraje de los presidentes no puede ser desdeñada.

Todos ellos llegaron al cargo con experiencia política y en la mayor parte de los casos legislativa o administrativa. Ninguno —salvo Landelino Lavilla, que encabezó por un tiempo la UCD ya en pleno declive— había ocupado cargos de máximo relieve en sus partidos, lo cual les permitió presentarse ante los diputados desde la máxima independencia y neutralidad que permitía su declarada militancia. Entre todos ellos el que se recuerda más implicado en los intereses de su partido e hipotecado por sus ideas conservadoras fue Federico Trillo, a quien se acusa, en el lenguaje del Salón de los Pasos Perdidos, de barrer para casa.

“¡Manda huevos!”

Trillo es el actual embajador en Londres y adquirió mayor papel histórico cuando relató, siendo ministro de Defensa, la intervención armada para la recuperación de la soberanía del islote de Perejil y, más tarde, por el escándalo en torno al accidente de aviación del Yak42 que, en Trevisonda (Turquía), costó la vida a 62 militares españoles que regresaban de cumplir una misión de paz en Afganistán, 12 tripulantes ucranianos y un bielorruso. Desde su condición de presidente del Congreso protagonizó una anécdota que, 15 años después, sigue recordándose con hilaridad.

Durante el debate del proyecto de Ley de la Televisión Digital Terrestre, después de leer una larga y evidentemente tediosa lista de nombres, se olvidó de que el micrófono del hemiciclo seguía abierto y, echándose hacia atrás en el sillón e inclinándose hacia uno de los otros miembros de la mesa, exclamó con su voz potente: “¡Manda huevos!”. Tras la carcajada general en los escaños, todo el mundo coincidió en que se trató de un desliz sin importancia. Pero en la calle la expresión, no por bastante habitual y poco obscena, nunca cayó en el olvido.

No fue la última vez que la Cámara se divirtiera con alguna expresión con la que el presidente de turno intentó, y no siempre lo consiguió, distender el ambiente. Manuel Marín, de quien no se recuerda que jamás abandonara su seriedad tristona en las sesiones, tuvo en cambio que enfrentar una de las situaciones más delicadas pero también más cómicas de la historia reciente del Congreso. No se produjo en el hemiciclo, ni siquiera en el marco de la Junta de Portavoces, lo cual le habría dado eco popular y probablemente un conflicto diplomático. Fue en vísperas de la venida a España del presidente de Rusia, Vladimir Putin, que incluía en la agenda una visita al Congreso de los Diputados esperada con mucho interés. La embajada rusa envió una lista del séquito presidencial encabezada por la esposa del presidente, y al redactar las invitaciones, los encargados del protocolo vieron con pavor  que el nombre de la señora debía incluir el apellido de su marido en femenino.

Es decir que, textual y correctamente, el presidente acompañado de su señora, en la traducción al español, Putina, llegarían, y tal y tal... Cuando se dieron cuenta de lo improcedente de la expresión en castellano, Manuel Marín —que en sus años de comisario y vicepresidente de la Comisión en Bruselas nunca se había visto ante un problema semejante— ordenó que se negociase con la embajada un cambio para eludir lo que en castellano parecía una expresión tan impropia. Pero lo más grave fue que en la embajada, lejos de aceptar la sugerencia, respondieron con crispación que no cabía ningún cambio. Todavía no está claro cómo se las arregló el solemne Marín para salvar la situación. La visita al Congreso del anterior matrimonio presidencial ruso se realizó con normalidad, pero no consta que nadie ajeno a los servicios de la Cámara haya visto programa e invitación impresa alguna del acto.

Las visitas de mandatarios extranjeros siempre son objeto de atención especial y suelen despertar reticencias o algún debate previo en la Mesa del Congreso, cuando se trata de personalidades polémicas por su trayectoria política o escaso respeto a los derechos humanos, que los presidentes tienen que templar.

Varios expresidentes coinciden con frecuencia en que a menudo es más complicado moderar una reunión de la Mesa y la Junta de Portavoces que un pleno por acalorados enfrentamientos que acoja.

La presencia de diputados de partidos independentistas que quieren demostrar que se sienten  como apestados y otros que por sus convicciones más radicales no se creen que en un Parlamento las diferencias ideológicas o simplemente políticas son respetadas, originó problemas de comunicación y actitudes hostiles al principio. Pero se fueron limando y, aunque algunos de esos diputados a veces evitan relacionarse normalmente con sus colegas, cada vez la convivencia en el hemiciclo, las comisiones e incluso fuera del Congreso es más fluida.

En la primera sesión de investidura de la actual legislatura, algunos diputados de ERC intentaron aprovechar la bisoñez de López para robarle turnos de palabra. También lo hicieron los del PP, empezando por el propio Mariano Rajoy, y el exlehendakari y ahora presidente del Congreso sorprendió por su espontaneidad y sus formas poco ceremoniosas, inhabituales en quien ostenta la tercera magistratura del Estado.

Con todo, los momentos más complicados en el ejercicio de la Presidencia los vivió Lavilla en la tarde del 23 de febrero de 1981 cuando, en plano debate de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno, un grupo de guardias civiles mandados por el teniente coronel Antonio Tejero Molina irrumpieron en el hemiciclo, ordenaron a los diputados arrojarse al suelo y, tras intimidarlos con varios disparos al aire, los mantuvieron secuestrados cerca de 12  horas.

23-F: “Se levanta la sesión”

El presidente del Congreso se mantuvo en su puesto con la dignidad propia del cargo e intentó convencer en algún momento a los golpistas del disparate que estaban haciendo. Durante largas horas se mantuvo en el sillón, con la mirada perdida en la cúpula del hemiciclo, contemplando el impacto de las balas y sin perder la compostura ni prestar atención a las amenazas para que abandonase. Uno de los diputados lo recordaba: “Landelino permanecía enhiesto, pero alguien comentó en voz baja que más bien parecía expuesto”.

Quizás la anécdota que mejor refleja la seriedad y su sentido de la responsabilidad la protagonizó  cuando, bien entrada la madrugada y ya los golpistas, vencidos, abandonaban el edificio, Lavilla, desde lo alto de la tribuna, recobrando el control, reclamó orden y silencio en el hemiciclo y, cumpliendo el procedimiento, anunció: “Se levanta la sesión”.

La personalidad de quienes presiden el Congreso marca el estilo en que se desarrollan los plenos

Para la mayor parte de los expresidentes, la vida política no terminó tras su paso por el Congreso y su consideración como tercera autoridad nacional. Álvarez de Miranda fue embajador en El Salvador, donde tuvo que afrontar el asesinato de los jesuitas españoles, y Federico Trillo lo es actualmente en Londres. Peces-Barba culminó el sueño de su vida, volver a la cátedra y crear una universidad pública, la Carlos III, considerada una de las mejores de España. Luisa Fernanda Rudi presidió el Gobierno de Aragón y Lavilla es miembro del Consejo de Estado. Marín y Bono han vuelto a sus actividades universitarias y jurídicas.

En los más de 200 años de historia, el Congreso de los Diputados cambió varias veces de nombre y, por supuesto, de circunstancias. Aquel Parlamento que se inició en las Cortes de Cádiz en unos momentos dramáticos pasó al correr de las décadas por todas las situaciones imaginables, golpes de Estado, fugaces periodos democráticos, una guerra civil que costó la vida a bastantes de sus tribunos, una etapa orgánica de 40 años sin funciones dignas de tal, la entrada de personas que venían del exilio como la dirigente comunista Dolores Ibarruri, La Pasionaria, o el poeta Rafael Alberti, y cambios de todo género. Alguien estos días lo describía a través de la indumentaria y las formas de sus miembros: desde aquellas ceremoniosas sesiones con chaqué hasta las rastas que actualmente se dejan ver en algunos escaños.