3/8/2020
Televisión

Shakespeare revive en ‘prime time’

En el año que se celebra el 400 aniversario de la muerte del autor isabelino, El mundo, un escenario celebra y repasa el legado narrativo de su obra en la ficción audiovisual contemporánea
 
 

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Shakespeare revive en ‘prime time’

Si Shakespeare estuviera vivo, estaría escribiendo en Los Soprano.” Ya hace unos 13 años que el periodista George Anastasia del Philadelphia Inquirer escribió esta sentencia que se ha convertido en la coletilla más utilizada desde que las series de televisión son el nuevo santo grial de la ficción audiovisual. A tenor de la inmensa cantidad de películas y seriales que a juicio de Jordi Balló y Xavier Pérez están influidos por el ingenio narrativo del bardo de Stratford-Upon-Avon, parece que la frase no ha perdido vigencia. Lo que en su día parecía una máxima que justificaba casi como un capricho el renovado culto a la ficción televisiva con la irrupción de series como Los Soprano, The Wire o Breaking Bad es en El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista infinito piedra de toque sobre la que crece y se expande una constelación de ficciones y firmas que deben a Shakespeare parte del éxito de sus dramaturgias.
 

Habrá quien se crispe al ver que David Chase, David Simon o Vince Gilligan gozan (casi) de la misma autoridad que el autor de La tempestad, o al leer que la televisión es la nueva novela clásica. De lo que no cabe duda es de que en las series de los tres encontramos trazos y conexiones con la literatura del británico. En el siglo XXI no es Shakespeare quien escribe los guiones de las series, obviamente, pero sí sus émulos, fascinados por la fuerza de una puesta en escena y una narratología que se ha erigido en universal.

Hace 13 años se publicó la frase de que si Shakespeare estuviera vivo escribiría en Los Soprano 


Balló y Pérez, profesores de Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, continúan con la senda iniciada en La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine (Anagrama, 1997) y Yo ya he estado aquí. Ficciones de la repetición (Anagrama, 2005) para indagar en cómo las estrategias narrativas de Shakespeare, así como algunos de los grandes temas y arquetipos de sus obras, perviven en el audiovisual contemporáneo. El guionista Aaron Sorkin comienza el relato de La red social (David Fincher, 2010) con el “todo puede suceder en cualquier momento” que, puntualizan Balló y Pérez, es una de las astucias narrativas propias del teatro isabelino heredadas de la épica homérica. Este procedimiento narrativo vuelve a ser el motor que pone en marcha la dramaturgia en el reciente biopic Steve Jobs (Danny Boyle, 2015). En este último trabajo, por cierto, también está el personaje excesivo como protagonista absoluto de la película, Jobs, interpretado con precisión por Michael Fassbender.

El carácter desmesurado de ciertos personajes es un trazo muy propio de algunas de las obras dramáticas más poderosas del poeta (Ricardo III o el Falstaff de la Henriada shakesperiana)  que en la pequeña pantalla se ha metamorfoseado en los avatares de los psicópatas Hannibal Lecter (en su versión catódica), Dexter Morgan o el Walter White de Breaking Bad, “uno de los personajes más irresistibles de la serialidad contemporánea”, indican los autores de El mundo, un escenario.

Esos protagonistas o secundarios titánicos de varias de las piezas del autor isabelino funcionan como contrapunto de otro de los procedimientos narrativos que ha hecho fortuna en la ficción audiovisual actual: la trama coral. La serie The Wire y su retrato fragmentado y colectivo sobre la ciudad de Baltimore es quizá el ejemplo más claro de este recurso, evolución del antiguo coro del teatro ático, pero tampoco resulta complicado verlo en series como Juego de Tronos. Aunque la aportación más interesante de Balló y Pérez acerca de las tramas corales es su tesis sobre cómo estas han derivado en historias duales y desdobladas que cambian protagonistas a mitad del relato y en narraciones rimadas donde la trama principal y la secundaria se desvanecen en una “complejidad orgánica en la que todos los elementos dramáticos adquieren una importancia estructural”. Ejemplos contemporáneos de estos procedimientos dramáticos que encontramos en El sueño de una noche de verano, Julio César o El rey Lear son Psicosis, de Alfred Hitchcock, Misterios de Lisboa, el serial del chileno Raúl Ruiz, o en gran parte de los largometrajes de Woody Allen, desde comedias como Melinda y Melinda a dramas como Delitos y faltas.

Poder y venganza

El estudio de la herencia macbethiana en la ficción audiovisual contemporánea es uno de los tramos más atractivos del estudio de Balló y Pérez sobre el legado de Shakespeare. Los autores se sustentan en Shakespeare, nuestro contemporáneo (Alba Editorial, 2007), de Jan Kott, para hablar del mecanismo circular de ascensión y caída de los poderosos mediante un entramado de conspiraciones, engaños, usurpaciones, ambición enfermiza y destrucción. Macbeth es la obra que mejor ilustra “el doble movimiento del usurpador”, la ambición y la paranoia y que, aparte de las adaptaciones cinematográficas de Orson Welles (1948), Roman Polanski (1971) y la de Justin Kurzel (2015), se ha reproducido en las ficciones como pocas: desde las series House of Cards o Boss a la saga El padrino, de Francis Ford Coppola.

Hamlet no se acaba nunca y una de sus últimas traducciones se encuentra en la serie London Spy 


Resistir o revelarse contra los poderes fácticos del gran mecanismo resulta estéril. El personaje shakesperiano canónico que intenta esquivar el mandato paterno por el que debe reproducir ese engranaje circular de venganza parricida es Hamlet, recuerdan Balló y Pérez. Aunque el príncipe de Dinamarca acaba cometiendo el fatal destino asesinando a su tío Claudio, toda la pieza teatral es la historia de una sospecha y de una resistencia. Como apuntan en el libro, la semilla hamletiana crece vigorosa en el género de espías. Las narraciones de John LeCarré y otros thrillers como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) o El escritor (Roman Polanski, 2010) derivan de esa figura solitaria que acaba convertida en marioneta del poder. Hamlet no se acaba nunca y una de sus últimas y creativas traducciones se encuentra en la serie de Tom Rob Smith para la BBC London Spy, en la que ya no es un príncipe quien descubre las oscuras tretas del engranaje político, sino un chaval sin oficio ni beneficio (Ben Whishaw), enamorado de un atlético espía, que se resiste a ejercer de peón y de víctima del violento sistema que controla el mundo.
 
El mundo, un escenario. Shakespeare, el guionista
El mundo, un escenario. Shakespeare, el guionista
Jordi Balló y Javier Pérez
Anagrama,
Barcelona, 2015,
248 págs.