22/8/2019
Actores del conflicto en Oriente Medio

Verdades y exageraciones de la alianza chií

La ejecución del jeque Nimr al Nimr en Arabia Saudí es un episodio más de la progresiva sectarización regional

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Verdades y exageraciones de la alianza chií
Una multitud asiste en Teherán al funeral de Abdollah Bagueri, miembro de la Guardia Revolucionaria caído en combate en Siria enatTA KENARE / AFP / Getty Images
El pasado noviembre se anunciaba la muerte en Siria del general Qasem Soleimani, el legendario comandante de la Fuerza al-Quds, la unidad de élite de la Guardia Revolucionaria iraní. No era la primera vez. Soleimani ya había muerto en Siria en octubre de 2015, y también en septiembre del 2012. Quizás se refiera a esto el líder supremo iraní, Alí Jamenei, cuando le llama el “mártir vivo”, pero no parece que lo diga con ninguna intención irónica.

La enésima falsa muerte del “comandante de las sombras”, como también se le apoda a veces, da pie para ponderar la presencia de Irán en el conflicto sirio. Como sucede con las actividades del propio Soleimani, el papel de Irán es un tanto oscuro, a menudo exagerado por la propaganda de uno y otro lado, importante en algunos aspectos, aunque no necesariamente en los que generalmente se piensa. De hecho, más que por su influencia directa en el curso de la guerra, la alianza entre Irán y Siria es interesante por lo que revela sobre la enrevesada geopolítica de Oriente Medio.

Esa geopolítica es uno de los subtextos del conflicto, el cual hay que ver no solo como un pulso entre un dictador y sus oponentes islamistas sino también como una partida de ajedrez entre las potencias regionales. Una de ellas es Irán. Otra es Hezbolá, que en algunos aspectos es una prolongación de Irán, pero que a su vez, como se verá, tiene su propia estrategia. En este artículo se abordará el papel de ambas, tratando de establecer cuál es su peso real en el conflicto sirio, sus objetivos y sus limitaciones.

Una alianza pragmática

De un lado, la Siria laica, panárabe y socializante —más que socialista—; de otro lado, el Irán teocrático, conservador y persa —y por tanto, no árabe—. En principio, la alianza entre dos países tan diferentes parece una paradoja. Lo cierto, sin embargo, es que ni esto es algo inhabitual en la región —¿qué decir de la amistad entre Estados Unidos y Arabia Saudí?— ni esta clase de diferencias supone un problema para forjar alianzas. Más bien al contrario: en Oriente Medio, la proximidad ideológica suele conducir a una lucha por la primacía, como sucedió con el “odio entre gemelos” que llegó a existir entre la Siria de Hafez el Asad y el Irak de Sadam Hussein a pesar de que ambos países estaban gobernados por el mismo partido político, el Baaz.
 

Por su pragmatismo, la relación entre
Teherán y Damasco simboliza la enrevesada geopolítica de Oriente Medio

Las alianzas basadas en el pragmatismo son más duraderas, y la de Irán y Siria, que cumple ya más de tres décadas, es buena prueba de ello. Se inició tan pronto como la revolución jomeinista permitió un acercamiento que había sido imposible hasta entonces por el alineamiento de Irán con Estados Unidos y de Siria con la URSS. Pero lo que la puso en marcha realmente fue la guerra Irán-Irak. Siria se apresuró entonces a ayudar a los iraníes a neutralizar al rival común desplegando sus tropas a lo largo de la frontera y cortando algunos de los oleoductos que daban salida al petróleo iraquí.

Los intereses de Siria e Irán volvieron a coincidir poco después, cuando Israel invadió el Líbano en 1982, ocupando permanentemente una franja en su región meridional de mayoría chií. Damasco abrió entonces las puertas a que Irán crease, entrenase y abasteciese a la milicia Hezbolá. Y esto a pesar de que los sirios contaban con su propia milicia chií afín, la laica Amal; pero el pragmatismo se impuso en este caso también.

A partir de ahí la alianza sirio-iraní decayó considerablemente. Cuando volvió a activarse fue de nuevo en respuesta a una amenaza percibida como común: la forzada retirada siria del Líbano en 2005, que dejaba a Hezbolá en una situación delicada. Damasco y Teherán firmaron al año siguiente un pacto militar secreto. Este pacto fue a su vez una de las razones por las que Israel desencadenó casi de inmediato una guerra contra Hezbolá, que terminaría en un fiasco para el ejército hebreo y tendría como consecuencia, precisamente, el reforzamiento de la milicia chií en la política libanesa.

Los intereses que unen a Siria y a Irán siguen siendo los mismos a día de hoy. Para Irán la supervivencia del régimen de Al Asad es importante porque su caída debilitaría el llamado Bloque de Resistencia frente a Estados Unidos e Israel, y también porque dificultaría mucho —aunque no haría imposible— el abastecimiento de Hezbolá. Por otra parte, es lógica la preocupación de Irán ante la aparición de un califato salafista en Siria que ya se ha extendido a Irak y se ha acercado a sus fronteras.

Otros factores, en cambio, limitan las opciones de Irán en el conflicto. Su entrada abierta en la guerra tensaría demasiado la cuerda con Israel y haría perder a los iraníes todo lo logrado con el acuerdo nuclear de 2015, que les ha puesto en camino a la reintegración en la comunidad internacional.

Irán también se ve coartado por su condición de potencia chií. Aunque el hecho de que la familia Al Asad proceda de una secta afín al chiismo —los alawíes— es más bien irrelevante en todo esto, la oposición suní ve la guerra como un conflicto sectario, y la entrada de Irán con su ejército sería catastrófica para la imagen del bando gubernamental. Todo esto explica que, contrariamente a lo que se cree, la contribución iraní al esfuerzo bélico de Al Asad haya sido mucho menor de lo que cabría esperar.

La aportación iraní y sus límites

¿Cuál es esa aportación, en concreto? Aunque sea de la que menos se hable, la principal es la económica. Irán ha seguido importando de Siria todo lo que ha podido y le ha proporcionado al régimen de Al Asad créditos por valor de miles de millones de dólares, quizás en torno a unos 6.000 millones por año.

En orden de importancia, la segunda aportación de Irán ha sido el entrenamiento, desde principios de 2013, de las Fuerzas de la Defensa Nacional (FDN), unas milicias voluntarias que actúan como tropas auxiliares del ejército. En mayo del año siguiente Irán había adiestrado ya a unos 70.000 voluntarios sirios encuadrados en 128 batallones. Se cree que el arquitecto de esta operación ha sido, precisamente, el general Qasem Soleimani.
En lo que se refiere a la participación directa de tropas iraníes en los combates, la cuestión es más confusa.

Irán ha proporcionado al régimen de Bashar al Asad créditos por valor de miles de millones de dólares

El mutismo de Teherán y la constante desinformación sembrada por la prensa saudí —a la que los medios occidentales, asombrosamente, no dejan de dar crédito— hace imposible saber con una mínima certeza cuántos efectivos iraníes combaten en Siria. Desde el comienzo mismo de la revuelta en 2011 circulaban informaciones disparatadas, basadas únicamente en rumores, según las cuales eran francotiradores iraníes quienes abatían a los manifestantes en las protestas. Luego se han ido publicando regularmente noticias sobre la presencia de miles, e incluso decenas de miles, de soldados iraníes en los frentes de combate. Tras cuatro años de exageraciones, hoy parece haberse ido asentando la convicción, al menos en la prensa occidental, de que los efectivos iraníes en Siria se cuentan por cientos más que por miles o decenas de miles.

Las propias autoridades iraníes han reconocido unos 400 muertos entre sus filas, pero en su mayoría se trata de voluntarios afganos salidos de los campos de refugiados de Irán y encuadrados en una unidad especial de la Guardia Revolucionaria, la Brigada Fatemiyoun, que también incluye a chiíes pakistaníes perseguidos en su país. A cambio de enrolarse en esta variante persa de la Legión Extranjera, Teherán les ofrece un sueldo y un permiso de residencia permanente. La oficialidad, eso sí, es enteramente iraní, y también ha sufrido bajas. Se habla de que entre 7 y 18 oficiales de la Guardia Revolucionaria habrían perdido la vida en combate.

Como se puede ver, la participación directa de Irán en la guerra siria ha sido relativamente tardía y es relativamente modesta. No hay acuerdo respecto a si se está incrementando o reduciendo, pero todo parece indicar que la entrada de Rusia en el conflicto ha permitido a los iraníes empezar a retirar sus fuerzas y concentrarse  en Irak. En este otro escenario de la lucha contra la insurrección suní, Irán es más visible, pero también se encuentra limitado por la necesidad del Gobierno iraquí de mantener al menos una apariencia de alianza con Estados Unidos.

Hezbolá, decisiva y localizada

Para muchos analistas, Teherán sí está muy presente en la guerra, pero de manera indirecta, a través de Hezbolá. Esto es verdad pero solo a medias. Aunque es cierto que la milicia chií libanesa no haría nada sin la autorización expresa de Teherán, su implicación en la guerra responde en mayor medida a sus propios intereses.

Como en el caso de Irán, Hezbolá se resistió en principio a participar en el conflicto y de hecho no lo hizo hasta 2013, dos años después de comenzadas las hostilidades. Entonces sus milicias apoyaron al ejército sirio en la toma de Al Qusair y varios pueblos de la región. Esta era una zona de enorme importancia estratégica porque amenazaba la ruta de Damasco a Alepo, que es realmente el eje en el que se decide la suerte de la guerra; pero también tenía un valor especial para Hezbolá puesto que se trata de una región fundamentalmente chií —aunque no así la ciudad de Al Qusair propiamente dicha—. Las tropas rebeldes —consistentes en una alianza entre el Ejército Sirio Libre y la filial de Al Qaeda en Siria, el Frente Al Nusra— se habían empleado a fondo en una limpieza étnica de la zona, expulsando a chiíes, alawíes y cristianos. Cuando Hezbolá intervino, habían incluso empezado a atacar aldeas chiíes dentro del Líbano.

Al Qusair estableció la pauta de lo que ha sido hasta ahora el carácter de la intervención de Hezbolá en la guerra civil libanesa: puntual y restringida a tres objetivos muy concretos. Esos objetivos, enunciados expresamente por el líder de Hezbolá, el jeque Hassan Nasrallah, incluyen también las montañas de Qalamoun, que es otra región de mayoría chií, y el santuario de Sayyida Zeinab, especialmente reverenciado por los chiíes, que está en los alrededores de Damasco. Este despliegue ha sido vital para el régimen sirio, porque le ha permitido aliviar la presión sobre la capital y recuperar el control del corredor de Damasco a Homs, sin el que quizás habría perdido la guerra en aquel año crucial de 2013. En este sentido, y al margen de que sean ciertas o no las noticias sobre la presencia de Hezbolá en otros frentes, su ayuda al régimen de Bashar al Asad ha sido decisiva.

Hezbolá ha pagado cara esa ayuda. En combate puede ser que haya perdido cerca de un millar de hombres del total de cinco o seis mil que se cree que ha enviado. Mientras, en su retaguardia ha sido el objetivo de atentados brutales por parte de Al Qaeda y Estado Islámico, que han atacado sin piedad lo que la prensa describe como “bastiones de Hezbolá” pero que son simplemente barrios de Beirut en los que se da la circunstancia de que viven muchos chiíes. El primer atentado con bomba se produjo a las pocas semanas de la caída de Al Qusair y desde entonces le han seguido una veintena más, incluido el que en noviembre causó medio centenar de muertos en la capital libanesa, poco antes de la masacre de París. A esto hay que sumar el coste político: la organización, hasta ahora admirada casi universalmente en el mundo árabe por su lucha contra Israel, ha pasado a ser vista por muchos suníes como una milicia sectaria.

También Irán se ve más aislado en la región: países clave como Egipto y Turquía, con los que había logrado un cierto acercamiento, se han incorporado ahora al “frente suní” que encabeza Arabia Saudí. A cambio, sin embargo, Teherán se está beneficiando de una nueva alianza con Moscú y de un reforzamiento de su papel en Irak. En todo caso, tanto para Irán como para Hezbolá los costes parecen compensar de sobra el riesgo que supondría la caída del régimen sirio.



 

Escalada del sectarismo en la región

Miguel-Anxo Murado
La ejecución del jeque Nimr al Nimr en Arabia Saudí el pasado 2 de enero y las reacciones que esta ha provocado en Irán suponen un episodio más de la progresiva “sectarización” de los conflictos en Oriente Medio de la que se habla en el artículo. El jeque Nimr era la voz de la marginada y empobrecida minoría chií de una Arabia Saudí ferozmente suní. Sin embargo, para Riad el descontento de esta población maltratada, expresado por medio de protestas en el año de las Primaveras Árabes (2011), no puede tener otra explicación que la de un complot iraní.
No existe ninguna prueba de esa intriga. Lo cierto es que los iraníes, conscientes de que su chiismo limita su ascendiente en un mundo islámico que es mayoritariamente suní, han evitado siempre jugar la carta sectaria. Pero cada vez les resulta más difícil esquivar ese papel de potencia defensora de los chiíes, tanto en Siria como en este caso, en el que Teherán ha reaccionado con vehemencia contra Riad. La tormenta sectaria que se engendró en Irak y se ha extendido luego a Siria sigue ganando fuerza en toda la región, camino, quizás, de una confrontación de dimensiones y consecuencias desconocidas.