20/7/2019
Literatura

Roald Dahl. La extraordinaria aventura de la infancia

Se cumplen 100 años del nacimiento del “maestro de lo inesperado”, con una vida novelesca y trágica y una capacidad especial para entender el mundo de los niños

Joaquín Torán - 08/07/2016 - Número 41
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Roald Dahl. La extraordinaria aventura de la infancia
Roald Dahl en 1953. Elliott Erwitt / MAGNUM PHOTOS
En la narrativa de Roald Dahl (Llandaff, Cardiff, 1916 -  Oxford, 1990), ser niño constituye la aventura más extraordinaria. Los carismáticos protagonistas de sus libros infantiles, los más célebres de su variopinta producción literaria, poseen un sentido intrépido de la existencia, una aguda inteligencia y una desbordante imaginación. Dahl nunca se avergonzó de sentirse niño.

El carácter aventurero del escritor ya se intuye desde su nombre. A modo de epifanía, el único varón  del matrimonio formado por Harald Dahl y Sophie Magdalene Heselberg fue bautizado en honor del explorador noruego Amundsen (1872 - 1928), el pionero de la llegada al Polo Sur. Como ejemplo de la inveterada ironía que caracterizó su propia vida, muchos años más tarde, entre el periodo del fin de sus estudios escolares y su ingreso en el mercado laboral, Roald Dahl participó en una expedición de tres semanas por Terranova organizada por uno de los miembros supervivientes de la cuadrilla del marino Robert Falcon Scott (1868 - 1912), el gran rival de Amundsen.

En su mundo de trampas y miserias humanas, solo los niños destacan por su aguda perspicacia

El afán de aventuras le vino por herencia paterna. Harald Dahl frisaba los 40 años cuando abandonó casi con lo puesto su pueblo natal (Sarpsborg, a pocos kilómetros de Oslo, entonces —y hasta 1924— llamada Cristianía) para buscar fortuna en Europa. El talludo joven que desembarcó en Francia era manco del brazo izquierdo desde los 14 años por culpa de un accidente doméstico agravado por la negligencia de un médico borracho. También era inteligente y emprendedor. Fundó junto con un socio una próspera compañía de suministros náuticos, la Aadnesen y Dahl, y se estableció, con su prole y su segunda esposa, en las inmediaciones de Cardiff, el mayor puerto carbonero del mundo, pues el carbón era el suministro fundamental de su negocio. En Boy (relatos de infancia), el libro de 1984 que no es una autobiografía (“yo nunca escribiría una historia de mí mismo”, dice el autor a su público infantil en el breve prólogo), sino una colección de recuerdos desde los 3 a los 20 años, Dahl describe a su padre como un hombre sensible, de gustos artísticos y, a pesar de su amputación, buen tallista en madera y excelente jardinero y coleccionista de plantas alpinas. Lo rememorará en base a su legado y los recuerdos ajenos, pues Harald Dahl murió cuando el escritor tenía tan solo 3 años. Se le complicó una neumonía contra la que no quiso medicarse, por la pena que le embargaba tras la muerte por apendicitis de su hija de 7 años Astri. Como una especie de ritual siniestro, en 1962 Roald Dahl también enterraría a su primogénita, Olivia.

Las aventuras de Roald Dahl

Harald Dahl creía en la superioridad del sistema educativo inglés y soñaba con que sus hijos fuesen escolarizados en él. Su viuda, una mujer fuerte y decidida que crio en solitario a cuatro hijos propios y dos del primer matrimonio de su marido, cumplió la última voluntad de su esposo y dio a cada uno de sus vástagos una educación exquisita. Dahl frecuentó los mejores colegios. Con 13 años ingresó en Repton, un internado por el que pasó sin pena ni gloria como estudiante, pero en el que brilló como deportista. De aquella época escolar procede su aversión a los castigos físicos, que sufrió en sus carnes y que por entonces se consideraban aceptados métodos didácticos. En Boy escribió al respecto: “Durante toda mi vida escolar me aterró el hecho de que a maestros y alumnos mayores se les permitiera herir literalmente a otros niños, y a veces herirlos de gravedad. No podía asimilarlo. Jamás he podido”. Por esa razón, se vengará en su literatura infantil de profesores o adultos sádicos. En Danny, el campeón del mundo (1975) esboza un retrato de uno de sus maestros, el capitán Hardcastle —llamado en la ficción capitán Lancaster—, veterano de la Primera Guerra Mundial aquejado de neurosis de guerra: Dahl lo pinta como un psicópata que se deleita con su vara de madera, siempre atento a pillar en falta a unos alumnos a los que trata como rufianes o criminales. Hardcastle/Lancaster es solo uno de los muchos adultos desalmados, casi de opereta, que pueblan las páginas de su literatura para niños sagaces.

Roald Dahl no frecuentó nunca un aula universitaria. Tras licenciarse en Repton, el joven Dahl, un muchacho alto y afable que recorría el condado en moto, logró un puesto en la petrolera Shell. Una vez superados los tres años de formación debidos, fue enviado a Kenia. Allí, entre junglas de animales exóticos, grandes escorpiones, la amenaza de la malaria y lluvias torrenciales, aprendió a cuidar de sí mismo. Hubiese seguido viviendo otras aventuras africanas de no haber sido por la Segunda Guerra Mundial.

“Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta”

El estallido del conflicto le pilló destinado en Dar el Salam, capital de Tanzania. Decidido a no ser convidado de piedra, se alistó en la Royal Air Force (RAF) en Nairobi. Empezó así su carrera como piloto: a los mandos de un ruinoso biplano, recorrió los cielos de Egipto, Grecia, Siria o Palestina, bombardeando, ametrallando enemigos y, cuando la ocasión se lo permitió, sacando fotos aéreas (en Boy incluirá una del antiguo palacio mesopotámico de Ctesifonte, en Irak). Tras coquetear con el peligro y la muerte en varias ocasiones, finalmente fue derribado en 1940. Fue rescatado, pero sufrió una larga convalecencia en la que estuvo a punto de quedarse ciego. Las vivencias de estos años quedarán plasmadas en las obras netamente autobiográficas Over To You: Ten Stories of Flying and Flyers (1946) y Volando solo (1986), continuación de Boy.

Tras participar en nuevas campañas contra el nazismo y las colonias de la Francia de Vichy, el piloto Dahl fue relevado por invalidez en 1942 para iniciar una nueva y decisiva etapa como diplomático —y espía— en la embajada británica en Washington, en calidad de asesor para asuntos de aviación bélica. En la delegación británica conoció al futuro escritor C. S. Forester. El autor de La reina de África le animó a escribir sobre sus experiencias como piloto, publicadas en Harper’s y The New Yorker, entre otros medios, y con las que dio inicio a una carrera meteórica y muy bien pagada que le consagró en el lapso de 10 años como uno de los principales narradores británicos.

La fatalidad del escritor

“Dahl es un gran escritor —sostiene César Mallorquí, destacado autor de literatura juvenil— precisamente por su maestría en la técnica narrativa, y también por su poderosa imaginación y por su juguetón, y a veces negrísimo, sentido del humor. Dahl es un recordatorio de que en todo relato debe haber un giro, una vuelta de tuerca, que le brinde un nuevo sentido a la historia. Si el relato sorprende, mejor.” Por estos giros de guion, Dahl fue ganándose una reputación de buen narrador que culminó en su título de “maestro de lo inesperado”, alentado por él mismo en Relatos de lo inesperado, una antología de 16 cuentos publicada en 1979 y que incluye piezas tan sobresalientes como “Gastrónomos”, “Cordero asado” o “La señora Bixby y el abrigo del coronel” (y que pueden leerse en Cuentos completos, Alfaguara, 2013). En estos cuentos, como se aprecia también en El librero, recientemente publicado por Nórdica, aflora un prosista de imaginación inabarcable, capaz de contar con gran ironía situaciones crueles o sórdidas introducidas en la cotidianidad de personajes que se creen más listos que su prójimo. Solo los niños destacan, por su aguda perspicacia, en este mundo de trampas y miserias humanas. 

Dahl era un brillante escritor con una fastuosa vida social cuando en 1951 conoció en una fiesta en casa de la dramaturga Lillian Hellman a la actriz Patricia Neal (1926 - 2010), cotizada intérprete que había mantenido un idilio de tres años, con aborto incluido, con un casado Gary Cooper. Dahl y la actriz contrajeron matrimonio en julio de 1953 (se divorciarán en 1983): él tenía 37 años y ella 10 menos. En 1954 compraron en Great Missenden, una comarca a 53 kilómetros de Londres, una preciosa casita blanca de dos plantas y con un recoleto jardín, centro de la vida familiar de la pareja y también de la producción del autor. A lo largo de la década de los 50, llevaron carreras desiguales: Dahl fue muy productivo como dramaturgo, guionista y cuentista, mientras que Neal redujo sus apariciones profesionales por culpa de las sucesivas y problemáticas maternidades. Embarazada de su cuarta hija, en 1964, el año anterior a la consecución de su único Oscar por Hud (Martin Ritt, 1963), sufrió tres infartos cerebrales que la dejaron incapacitada para hablar y andar, y de los que terminó recuperándose gracias a un duro trabajo de rehabilitación y del inquebrantable apoyo de su esposo. Roald Dahl era ya un experimentado especialista en el cuidado de enfermos por el trato con Theo, su hijo varón.

A los 13 ingresó  en Repson, un internado donde la violencia entre compañeros y de profesores era habitual

Cuatro meses después de su nacimiento, Theo sufrió un atropello en su cochecito mientras paseaba con su niñera. Ingresado numerosas veces, a riesgo de su vida, sufrió daños irreparables en el cerebro que le afectaron irremediablemente a la vista. Uno de los tratamientos a que fue sometido, una válvula de drenaje utilizada para purgar líquidos, falló tan estrepitosamente que Roald Dahl tomó una iniciativa trascendental para la historia de la medicina: aliado con el singular ingeniero hidráulico y juguetero aficionado (espléndido maquetista) Stanley Wade, amigo por menesteres más felices, y también con el neurocirujano Kenneth Till, ideó un prototipo de válvula (conocida, desde entonces, como válvula Wade-Dahl-Till) “de construcción robusta, fácil esterilización y poco propensa a la ruptura” con la que hacer más llevadera la vida de su hijo. Todavía hoy este invento, del que sus creadores rechazaron extraer ningún beneficio económico, sigue empleándose para casos similares a los del infortunado Theo.

Las oscuridades de la infancia

Para superar las adversidades, Dahl se refugió en la literatura infantil, ámbito que ya había experimentado en sus lejanos días estadounidenses: en 1943 había escrito Los gremlins con el propósito de servir como base a un largometraje animado nunca rodado por Disney (estas pequeñas criaturas saboteadoras de aviones terminaron siendo utilizadas en algunos cortos de animación de la Warner Bros). Dahl consideró que su definitiva adscripción a la literatura infantil fue connatural al hecho de haber sido padre; el grueso de su obra lo escribiría a partir de 1961, con tres hijos ya nacidos (Olivia [1955 - 1962], Tessa [1957] y Theo [1960]) y dos  aún por venir (Ophelia [1964] y Lucy [1965]). Buena  parte de sus ideas procedieron tanto de los cuentos que ideaba para sus hijos cuando se acostaban como de su propia biografía. La premisa para Charlie y la fábrica de chocolate (1964), por ejemplo, le fue sugerida por su pasado como cobaya escolar de las chocolatinas Cadbury, mientras que Danny, el campeón del mundo se gestó en la caravana de gitanos que Dahl acomodó en el jardín de su casa en Great Missenden (y por la que terminaría rebautizándose como Gipsy House): en una caravana similar hizo vivir al niño protagonista y a su imaginativo padre, uno más de los amables adultos que ayudan a los jóvenes héroes de Dahl a crecer, desarrollarse y salir airosos de sus aventuras. Posiblemente el caso más paradigmático de este prototipo de aliado adulto sea la estupenda abuela noruega, reflejo idealizado de la del autor, de Las brujas (1983), la obra maestra de Roald Dahl y también su libro más oscuro.

Era un prosista de imaginación inabarcable, capaz de contar con gran ironía situaciones crueles

Precisamente, Dahl trata las oscuridades de la infancia en sus libros para niños. No son lecturas complacientes. “El ‘secreto’ de Dahl —dice César Mallorquí— era que comprendía, como pocos adultos, la mentalidad infantil. Sabía que no todo es bonito en la infancia, que los niños tienen problemas, y en sus historias hablaba de esos problemas, pero sin dramatismos, con fantasía y humor. Para que una novela infantil sea buena, debe ser una buena novela a secas; lo cual implica que debe gustarle tanto a los niños como a los adultos.” En sus páginas, sus niños son mejores que casi todos sus mayores —Matilda (1988) o el anónimo protagonista de Las brujas— ; incluso hay niños que afrontan y resuelven los problemas mejor que los mayores —Danny o el niño-brujo de La maravillosa medicina de Jorge (1981)—.

Pero Roald Dahl no habría llegado a ser el gran autor infantil que es sin la contribución de Quentin Blake (1932). La colaboración Dahl-Blake, iniciada en 1979 con El cocodrilo enorme, dio forma a uno de los más perfectos y reconocibles binomios escritor-ilustrador jamás existidos: la pulcritud y economía estilística del escritor se vio complementada por los dibujos del precoz (empezó su andadura a los 16 años) Blake, de trazo rápido, dinámico y en apariencia improvisado. Su estilo inconfundible reflejó lo caricaturesco de las historias del autor galés, pero también la vulnerabilidad que escondían sus personajes y el espíritu revoltoso e inocente de sus cuentos. En el punto más álgido de la colaboración entre ambos, Blake llegó a ilustrar pasajes enteros de libros (El gran gigante bonachón o La maravillosa medicina de Jorge) imposibles de descifrar sin sus dibujos. 

En las páginas finales de Boy, Roald Dahl escribió: “Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta”. Por medio de su insensatez, y a través de la crítica sin contemplaciones al mundo adulto, enseñó a niños de todo el mundo a vivir la realidad de una forma mágica.

Mi amigo el gigante
Mi amigo el gigante
Dirigida por Steven Spielberg
Guion de Melissa Mathison
Basado en un cuento de Roald Dahl
En cartelera

Un fiasco gigante

Joaquín Torán
En el segundo capítulo de Danny, el campeón del mundo (1975), el protagonista oía de boca de su padre una historia sobre un gigante de grandes orejas que coleccionaba sueños y los distribuía mediante una enorme cerbata a otros pequeños mientras dormían. Se llamaba todavía “El gigante simpático”, y le había caído en gracia a su creador, Roald Dahl. El escritor intuyó tal potencial en ese personaje que unos años después decidió hacerle coprotagonista de su undécimo libro infantil, El gran gigante bonachón (1982).

En este cuento, el favorito de su autor, el escritor se permitió ser más irreverente que nunca: experimentó con el lenguaje cada vez que puso a hablar a su gigante. Convirtió a la reina de Inglaterra en secundaria de lujo (y estableció así una muy sutil parodia monárquica) y escribió unos siniestros capítulos inaugurales en un orfanato que tenían mucho de crítica social dickensiana. Tan importante fue para él esta novela, un canto a la amistad y al poder de los sueños, que se la dedicó a su primogénita, Olivia, fallecida de meningitis en 1962 a los 7 años.

Steven Spielberg, que jamás da puntada sin hilo (y mucho menos cuando, como es el caso, hay un centenario literario de por medio), ha elegido esta dulce pero inadaptable historia como escenario para su nueva película, Mi amigo el gigante. Suele alternar un largometraje más personal con otro comercial, siguiendo como criterio su único interés particular. Tras El puente de los espías, Spielberg ha querido volver a los orígenes de su filmografía, cuando aún no estaba afectado por una efectista grandilocuencia. Para volver a esa veta traviesa, encargó la adaptación de la novela de Dahl a Melissa Mathison, que escribió E.T.en 1982 (Mathison murió  de cáncer en 2015 poco después de entregar el guion).



Según la publicidad que acompaña al lanzamiento de la película, la película es el “E.T. de la nueva generación”. Pero El gran gigante bonachón de Spielberg se parece más bien a una muy infantil revisión de Hook (1991), su película más floja. La atemporalidad, la ligereza de sus personajes, la blandura de su trama y el poco interés que logra despertar en el espectador remiten a su fallida versión del clásico de James M. Barrie. Spielberg logra por simple inercia escenas de enorme impacto visual, como esa en la que la niña Sophie (Ruby Barnhill) es perseguida en el laboratorio del gigante, aunque el resultado final queda ensombrecido por el tan exasperante buenismo reciente del cineasta, incapaz de reflejar, salvo en los tétricos instantes iniciales, el carácter satírico de una novela que Dahl pensó para niños pero con la que se burló de un mundo adulto regido por la violencia y la injustica.

El cine, a pesar de haberse nutrido de la obra de Dahl, sigue teniendo una deuda pendiente con el galés, un guionista espléndido que supo adaptar con justicia a su amigo Ian Fleming, pero que ha gozado de suerte irregular en manos de Alfred Hitchock (Cordero para la cena, 1958), Nicolas Roeg (Las brujas, 1990), Danny DeVito (Matilda, 1996), Wes Anderson (Fantastic Mr. Fox, 2009) y, ahora, Spielberg. Aunque bienintencionados, e incluso muy aplicados, ninguno  ha sabido reproducir el universo de maravillas de Roald Dahl y su colaborador Quentin Blake. La explicación es bien sencilla: quien mejor puede entenderlo apenas levanta varios palmos del suelo y aún no ha soplado 10 velas de su tarta de cumpleaños.