24/1/2019
Cine

De juerga con Richard Linklater

Todos queremos algo, secuela espiritual de Movida del 76, es una vitalista celebración de la juventud

Carlos Reviriego - 24/06/2016 - Número 39
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De juerga con Richard Linklater
Fotograma de ‘Todos queremos algo’, de Richard Linklater. Annapurna Pictures
En una larguísima y apasionada entrevista a propósito de Death Proof  (2007), Quentin Tarantino dijo que cada vez que pasa varios meses en un país extranjero, y empieza a sentirse solo, se pone a ver Movida del 76 (Dazed and Confused), de Richard Linklater (1993). “Me gusta esa gente, me voy de juerga con ellos. Me siento menos solo. En mi opinión, es la mejor película de resaca, la que te da la impresión de estar realmente con los personajes” (E. Burdeau, C. Neyrat; Cahiers du cinéma; junio, 2007; nº 624). De todas las formas posibles que puede adoptar una película, acaso la más secretamente ambiciosa es la que no tiene una trama aparente, solo personajes, situaciones, espacios que habitar. Una película plotless, como dicen los angloparlantes. Ocurre con contados filmes, con aquellos quizá que se pueden ver una y otra vez sin agotar, porque cada vez ofrecen una experiencia nueva aunque se entre en un mundo tremendamente familiar.

Piense en la película donde le gustaría dejarse caer de vez en cuando para compartir el tiempo con sus personajes, la película donde le gustaría vivir precisamente porque esos personajes son ya como personas, seres familiares para usted. No hay muchas, a pesar de que las películas sobre resacas son un subgénero en sí. Y si son pocas es porque pocos lo han logrado, quizá solo aquellos que, de partida, no se lo han propuesto. Howard Hawks con Río Bravo, Billy Wilder con El apartamento, los hermanos Coen con El gran Lebowski… La crónica semiautobiográfica de Linklater sobre el último día de curso en el instituto —un fresco coral que concentra en 120 minutos 17 horas en las vidas de los personajes— pone el foco en la brutalidad y ensañamiento de los veteranos con los novatos, pero también en las conexiones humanas y el Zeitgeist de desencanto de su tiempo, invocando la profundidad del punto de inflexión en las existencias de sus criaturas mediante le celebración de lo efímero. Como para Tarantino, el filme se ha convertido en un lugar de peregrinación para diversas generaciones.

Para Linklater el tiempo es el lienzo del cine: su filmografía se construye con las huellas que deja

Por un lado, para la de Linklater, que ingresó en el instituto cuando “Hurricane” de Bob Dylan sonaba en los garitos y las nubes de marihuana eran el hábitat natural adolescente. Por otro lado, la de los que entraron en la mayoría de edad a principios de los 90, cuando la película se estrenó para convertirse en sagrado y lúdico alimento de jóvenes románticos y soñadores, pero también de adultos inmaduros y nostálgicos. El filme atrapaba un espíritu de insurrección y vagabundeo que se parecía mucho a lo que se siente en esa edad en la que no se ha aprendido a conformarse y uno se ve propulsado por la libertad que concede la desorientación. Al final de la juerga, en una comunidad de Texas, de Movida del 76, su personaje principal, Randall “Pink” Floyd (Jason London), musita resignado: “Solo digo que si alguna vez empiezo a referirme a estos como los mejores años de mi vida, recuérdame que me suicide”. Inteligente, atractivo y popular, con 17 años las chicas le persiguen y es el líder del equipo de fútbol americano del instituto, pero aún no sabe que cuando pasen unos cuantos lustros posiblemente se referirá a esos años como los mejores de su vida.

Capturar el tiempo

En cierta manera, así es como concibe Linklater su filmografía: las huellas que va dejando la demolición del tiempo, los diálogos que esas huellas establecen entre las distintas películas. Cronista de la “continua rebelión juvenil”, según sus palabras, para Linklater el tiempo es el lienzo del cine. Vuelve a sus personajes una y otra vez, y siempre acaban encontrándose con una respuesta en algún punto del camino. La trilogía de Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) a lo largo de 18 años —Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013)— vendría a ser la insignia de esos relatos fragmentados en el tiempo, la historia de amor (y sus demoliciones) de una pareja propulsada por el destino. Con Boyhood (2014), acaso su obra magna —que en tres horas concentra 39 días de rodaje a lo largo de 12 años, entre 2002 y 2013: la vida ficcionalizada de un niño y su familia desde los 5 años hasta que ingresa en la universidad— ofreció la destilación de ese discurso en el que todo gira alrededor de un argumento invisible, como la vida misma, en la que el único relato que cobra sentido es el relato del crecimiento: el de los actores, los personajes, la película y, en última instancia, el espectador.

En otro momento de la memorable Movida del 76, una de las estudiantes mareadas y confusas, Cynthia Dunn (Marissa Ribisi), sostiene: “Me gustaría dejar de pensar en el presente, en el ahora mismo, como un pequeño, insignificante preámbulo de otra cosa”. Linklater filma esas horas de ritual académico —la plenitud jovial del último día de curso, pasto de tantas obras estadounidenses de iniciación, como American Graffiti (George Lucas, 1973)— con una ligereza asombrosa, sin solemnidad alguna, entre la nostalgia de lo que se deja atrás y la incertidumbre de lo que nos aguarda. La advertencia de Pink se traduce en una firme declaración contra la nostalgia, mientras que la de Cynthia es una invitación horaciana a la magnitud existencial del instante que constantemente desaparece y se renueva. Sobre esas dos ideas se sostenía Boyhood, de modo que ambas frases desembocaban en la última línea de diálogo de Mason (Ellar Coltrane), su protagonista, cuando alcanza la edad de los protagonistas de Movida del 76, antes del doloroso corte a negro: “[La vida] es constante, son momentos, es como si siempre fuera ahora mismo”. Ese presente del indicativo es la eterna fuga y destino del cine de Linklater.

Pedazos de vida

No es lo mismo hacer cine que hacer películas, y esa distinción se puede detectar en la filmografía de Linklater, sin duda uno de los grandes autores estadounidenses del cine contemporáneo. Desde su debut con Slacker (1991) ha venido pintando un retrato de la “América insubordinada”, como señala Manu Yáñez en el portal Otros Cines Europa, pues sus películas tienen tanto que ver con la percepción del tiempo como del espacio donde vivimos. El estadounidense suele retratar la desorientación vital mediante historias que tienen lugar en periodos de tiempo muy concretos, en las que los personajes hablan mucho y deambulan sin rumbo, de manera que el espectador pueda experimentar las horas y los minutos que comprime o despliega en sus películas. Cada filme es, en el mejor de los casos, como un “pedazo de vida”, o aquello que Jean Renoir —maestro del cine del realismo, maestro de Linklater— llamó “tranches de vie”.

En todo caso, su cine es también asombrosamente heterogéneo: ha realizado importantes experimentos visuales y narrativos —Waking Life (2001) y A Scanner Darkly (2006)—, pero también películas tan determinadas a llegar al gran público como Los Newton Boys (1998), Escuela de rock (2003) y Una pandilla de pelotas (2005), así como rarezas y excentricidades tan misteriosas como Fast Food Nation (2006), Me and Orson Welles (2008) o Bernie (2011). Su cine ha venido definiendo el humanismo estadounidense del siglo XXI. Lo que no ha dejado de sorprender a medida que el cineasta ha ido alcanzando su madurez creativa es el modo en que va dejando claro cómo el pasado esculpe el presente, y cómo el carácter emocional de sus películas ha ido imponiéndose sobre el magma intelectual y los desafíos cinematográficos que lo sustentan.

Retrata la desorientación vital mediante historias que transcurren en periodos muy concretos

En una nueva variante de su propio discurso, Todos queremos algo emana como una “secuela espiritual” de Movida del 76, pero al mismo tiempo también se puede entender como la continuación de Boyhood, pues transcurre durante el fin de semana previo al inicio de la universidad, allí donde se detenían ambas películas. El plano final de Movida del 76 —el asfalto desde el punto de vista del conductor, en marcha hacia la libertad y el destino universitario—, recibe su continuación 23 años después, en el arranque de Todos queremos algo: el coche que llega a las instalaciones universitarias conducido por Jake (Blake Jenner), que vendría a ser una nueva versión de Randall ‘Pink’ Floyd. En todo caso, se puede entender este nuevo largometraje de Linklater casi como una impugnación a Movida del 76, pues si allí primaba el desconcierto y la crisis existencial, aquí nos encontramos con una festiva y vitalista celebración de la juventud, en la que las crisis individuales dan paso a la identidad de grupo.

Exprimir la vida

En Todos queremos algo la vida deja de ser el preámbulo de otra cosa para convertirse en la cosa misma. En el verano de 1980 en el que transcurre el filme todos los personajes están convencidos de que están ahí y en ese lugar para exprimir la vida hasta la última gota: carpe diem. “Creo que los años de instituto son muy diferentes a los de la universidad —explica Linklater en The New York Times—. En el instituto te sientes como en una prisión, todavía estás en casa de tus padres, mientras que la facultad era la libertad absoluta. Así que se trataba de retratar ese momento en el que la vida te pertenece solo a ti.” Jake ingresa en el equipo de béisbol de la universidad, con cuyos compañeros de equipo también compartirá la casa en la que vive, que se convierte en el cuartel general de un largo fin de semana dedicado casi en exclusiva al sexo, las drogas y el rock & roll.

Basado parcialmente en las experiencias del propio Linklater como jugador de béisbol en la Universidad Estatal de Sam Houston (Huntsville, Texas), que abandonó tras una lesión para entrar a trabajar en una plataforma petrolífera, el filme se negocia en las tensiones entre la competitividad y la camaradería, y también en ese limbo en el que los años 70 quedan atrás y comienza una nueva década. “Quizá los 80 serán radicales”, musitaba una de las adolescentes de Movida del 76, como si Linklater ya supiera entonces que algún día retrataría la radicalidad de esos años.

En cierto modo, el cineasta está esencialmente romantizando la comedia sexual universitaria de los 80 para llevarla a un lugar en el que no cabe la nostalgia, solo el hedonismo, la fiesta perpetua. Como no podía ser menos en una película que roba su título de un tema de Van Halen, Todos queremos algo emerge prácticamente como un musical camuflado en un relato de iniciación, con una banda sonora antológica llamada a convertirse en un clásico: Pink Floyd, The Cars, Aerosmith, Foghat, Donna Summer, Elvis Costello, Blondie, Frank Zappa, Led Zeppelin, etc.

Si Rohmer filmara el desmadre

Imposible no acordarse de Desmadre a la americana (1978) de John Landis, solo que en manos de Linklater es como si la filmara Éric Rohmer. El eufórico vagabundeo de los personajes —siempre en busca de otra fiesta, siempre en busca de chicas— responde esta vez a la formación de una identidad, que la película vincula directamente a los distintos estilos que conformaban el heterogéneo espectro musical de la época. Si el jueves acuden a una fiesta disco, el viernes irán a un bar country —haciéndose eco del éxito por entonces de la película Urban Cowboy, con John Travolta—, el sábado a un concierto punk y el domingo a una fiesta de disfraces de estudiantes de Bellas Artes. Atendiendo al reparto de rostros desconocidos —Tyler Hoechlin, Glen Powell, Zoey Deutch, Wyatt Russell, Juston Street, Temple Baker, etc.—, podría parecer que Linklater recupera las búsquedas de Movida del 76, expresadas en unas notas que entregó a los actores antes del rodaje: “Un amor por el cuerpo humano, el rostro humano, la expresividad de la juventud”.

El magnetismo de los actores se centra casi exclusivamente en el sexo masculino, mientras las chicas son vistas a través de sus ojos y, por tanto, más como objetos sexuales y reacciones a la testosterona adolescente que con el grado de humanismo y estatuto individual con el que Linklater ha retratado anteriormente a los personajes femeninos. Forma parte de una propuesta arropada por el espíritu macho-alfa de la camaradería y la sensación de que la vida es una fiesta sin descanso. Los atletas beben, fuman, bailan, follan, se gastan bromas y se desafían en varios juegos de competición. Esa es la única trama posible. Y el espectador está invitado a divertirse con ellos una y otra vez, seducido por un universo en el que acaso le gustaría vivir eternamente.

Todos queremos algo
Todos queremos algo
Escrita y dirigida por Richard Linklater
Estreno el 1 de julio