23/4/2017
Libros

Elvis Costello. La vida es una canción

Las memorias del músico no son una autobiografía al uso, son un elogio a su profesión y a unos tiempos irrepetibles

Joaquín Torán - 07/10/2016 - Número 54
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Elvis Costello. La vida es una canción
Elvis Costello en 2010. ROBYN BECK / AFP / Getty
La madurez artística y personal de Elvis Costello (nacido Declan Patrick McManus en 1954, en Paddington) sobrevino en forma de precoz derechazo a la mandíbula. Costello y su banda de la época, The Attractions (1978 - 1986 y 1994 - 1996), estaban de gira por Estados Unidos en marzo de 1979 y habían recalado en un Holiday Inn en Columbus (Ohio). En el bar, el músico coincidió con otros compañeros que hacían bolos paralelos; el multinstrumentista Stephen Stills y la cantante Bonnie Bramlett eran los representantes de la vieja guardia rockera a la que Costello y sus camaradas, pertenecientes a la incipiente y altiva new wave inglesa, observaban con desprecio, como reliquias de un pasado obsesionados por superar. El joven cantante, de 24 años, quiso provocar a sus rivales con una bravata, e insultó en términos racistas a James Brown y a Ray Charles. Stills le envió de un puñetazo al otro lado de la barra. Aquella salida de tono dejó tocada de muerte la gira del grupo. Costello tuvo que convocar una rueda de prensa para desmentir un hecho que todavía hoy le persigue. Entre sus detractores se encontraron varios músicos que habían participado con él en una gira contra el racismo. En su defensa salió el propio Ray Charles, que para quitarle hierro al asunto dijo: “Lo que se dice bajo los efectos del alcohol no debería saltar a la página impresa”.

Costello no soslaya este episodio, enarbolando un abochornado mea culpa, en su autobiografía Música infiel y tinta invisible, publicada por Malpaso tan solo siete meses después de su salida original en el sello editorial Blue Rider Press. El generoso volumen, de 778 páginas, ha tenido tres traductores, y en su edición en castellano se resiente por las prisas: tiene numerosas y regulares erratas. Aun así, el libro ofrece una imagen cercana del ecléctico músico, uno de los más dinámicos de las últimas cuatro décadas, y no rehúye ninguna confrontación ni tema espinoso. Pero Música infiel y tinta invisible, que debe parte de su título a una estrofa de “All The Rage”, canción del álbum Brutal Youth (1994), y a una concepción canalla y desesperada de la música, no es una autobiografía al uso. Como sostiene Costello en un momento bastante avanzado de su crónica: “Podría sentir la tentación de aprovechar un libro como este para rebatir antiguas opiniones críticas, enderezar lo que considero una injusticia o tener la última palabra en discusiones que más vale olvidar, pero amable lector, espero que ya hayas llegado demasiado lejos como para abandonar el libro y sigas adelante a pesar de todo, sabiendo que no tengo la menor intención de hacer tal cosa”.

Sus recuerdos funcionan como una única amalgama, como un discurso coherente de principio a fin

El resultado es más bien un elogio a su profesión y a unos tiempos irrepetibles e irreproducibles. Así, el libro es la historia de los últimos trenes a vapor y de los barcos clandestinos que emitían programas musicales desde el mar; es la historia del auge de los singles y de su decadencia; de los hábitos de la televisión musical británica y de su obsesiva querencia por el playback y es, asimismo, un índice topográfico sentimental de clubes y pubs en los que se forjaron bandas y estilos. Sobre todo es una historia de la música.

La música es el pretexto

Aflora en estas páginas un Costello inédito para seguidores y entrevistadores, alejado de la imagen lacónica y mortecina que suele dar de sí mismo. El músico da muestras de su memoria puntillosa y fotográfica, de su gran gusto por el detalle y de su conocimiento enciclopédico. La música es su pretexto, y su nexo, para hablar de cualquier cosa. “No veo la poesía como una vocación superior y más elevada que la de letrista”, arguye, y no duda, por ello, en hacer literatura a base de sus canciones. Su estilo engancha y a veces entronca con la rabia e ironía punzante de los jóvenes airados literarios (Allan Sillintoe, Harold Pinter o Philip Larkin). La intrahistoria de muchas de sus canciones encierra las más de las veces relatos y estampas vivaces: “Olivers Army”, por ejemplo, surgió de su contemplación de los jóvenes soldados ingleses en la sitiada Belfast; “(I Don’t Want to Go to) Chelsea” recuerda sus tiempos como empleado de Elizabeth Arden, controlando las mastodónticas computadoras del emporio; “Any King’s Shilling” es un tributo a sus raíces irlandesas.

Por supuesto, el volumen es también un recordatorio de sus mayores. De sus dos abuelos, James Ablett, prisionero durante cuatro años en la Primera Guerra Mundial en una granja alemana, duro y hosco, y de Patrick McManus, trompetista de cruceros con entrenamiento militar; de sus padres, la decidida Lillian Abnett, empleada en diversas tiendas musicales, y Ross MacManus, arreglista y músico en la célebre orquesta de Joe Loss y luego espectacular fenómeno y personaje abrumador, de estilo propio y sólida carrera entre las bambalinas de la música. Y es también un recorrido por sus influencias, sus compañeros y sus ídolos: Allen Toussaint, The Wings, Led Zeppelin, The Pretenders, The Clash, Freddie and The Dreamers, Burt Bacharach (director musical de Marlene Dietrich) o Marvin Gaye.

“Una canción puede ser muchas cosas: una educación, una seducción o un billete de lotería”, escribe Costello

El coleccionista de anécdotas o el aficionado más purista disfrutarán con estampas como esta sobre Tom Waits: “Las pocas palabras que intercambiamos lo convirtieron en un amigo cuyas llamadas en mitad de la noche respondía de buena gana y cuya capacidad para salir airoso de todos los callejones sin salida musicales en los que se ha metido y seguir siendo él mismo constituye una inspiración para todos nosotros”.

La decisión más inteligente de Costello es la de diluir las fechas. Sus recuerdos funcionan como una única amalgama, como un discurso coherente de principio a fin. De esta manera, no es de extrañar que un capítulo que empieza con un concierto homenaje a Paul McCartney en la Casa Blanca, donde Costello olvida su guitarra (sus instrumentos son protagonistas vivos, y parlanchines, de estas crónicas), termine rememorando los difíciles tiempos de su abuelo paterno y de sus padres. De su bisabuela, Costello tomó su apodo. De su productor en Stiff Records, un talento para la publicidad musical comparable a James H. Nicholson para la propaganda cinematográfica, extrajo su nombre de pila artístico, pocas semanas después de la bochornosa muerte de Elvis Presley en Memphis.

La publicación de Música infiel y tinta invisible ha coincidido con la salida de Elvis Costello. El hombre que pudo reinar (66 RPM Ediciones), del periodista Xavier Valiño, complemento perfecto para comprender a una de las figuras más relevantes, por su constante capacidad de experimentación y evolución, del panorama musical. Quizás el libro de Valiño ahonde más en el agrio carácter de Costello. Pero ambos tratan sobre buena música. “Una canción —sostiene Costello en sus memorias— puede ser muchas cosas: una educación, una seducción, consuelo en el dolor, una válvula para descargar la cólera, una perdición o incluso un billete de lotería”. Y también puede ser una mirada introspectiva hacia uno mismo y el mundo que le rodea.   

Música infiel y tinta invisible
Música infiel y tinta invisible
Elvis Costello
Traducción de Damiá Alou, Rocío Gómez de los Riscos y Antonio Padilla
Malpaso, Barcelona, 2016, 778 págs.