19/10/2019
Cine

Woody Allen a través del espejo

Las películas del neoyorquino solo son comparables con la mejor versión de sí mismo y en esa batalla, las de la última década, incluida Café Society, van perdiendo

Irene de Lucas - 09/09/2016 - Número 50
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Woody Allen a través del espejo
Woody Allen en Festival de Cannes en mayo de 2016. Amazon Studios / Gravier Productions / Perdido production
Hubo un tiempo en que a Woody Allen (Nueva York, 1935) se le reprochaba la influencia de sus cineastas fetiche, Bergman (Interiores, 1978), Fellini (Recuerdos, 1980), pero ya no. A sus 80 años, su extensa filmografía se acerca a ritmo frenético al medio centenar de filmes, colecciona —sin entusiasmo— tres estatuillas como guionista, una como director por Annie Hall (1977), dos Globos de Oro, una decena de Baftas y un Oso y León de Oro en Europa, y acumula un total de 77 nominaciones a los premios más prestigiosos del cine. Ahora es innegable que tiene un estilo propio, una visión única de un universo temático acotado que le pertenece en exclusividad, su forma singular de contar cine. Existe el “toque Woody Allen”. Y al fin sabemos que es irrepetible. Un cineasta de su talla, de su asombrosa versatilidad e incomprensible productividad, solo es comparable con la mejor versión de sí mismo. Y eso es lo que se hace. Tras cada esperado estreno anual es inevitable echar la vista atrás y comparar. Quién iba a pensar que esta confrontación sería tan dura, la más odiosa, porque desde hace una década Woody Allen siempre pierde contra sí mismo.

Café Society (2016) es una película amable, entretenida por momentos, desde sus primeros compases se presta a la necesidad de evasión del espectador, disfrazando de comedia ligera un argumento agridulce, con el Hollywood de los años 30 como telón de fondo. Jesse Eisenberg interpreta a Bobby Dorfman, un joven que deja Nueva York para probar suerte en Los Ángeles, apadrinado a regañadientes por su tío Phil Stern (Steve Carell), arrogante y poderoso agente de estrellas de cine. El magnate delega en su secretaria Vonnie (Kristen Stewart) la función de acompañante de su sobrino, quien, fascinado por su belleza y su aparente indiferencia hacia el glamour hollywoodiense, se enamora perdidamente de ella. Y por un breve periodo de tiempo su amor será correspondido.
 

Las odiosas comparaciones

Las interpretaciones de los dos actores protagonistas son correctas, Eisenberg integra bien los manierismos de un personaje que en el pasado habría protagonizado el director y la impronta de Kristen Stewart, esa “belleza oscura” a la que se refiere Allen, vestida e iluminada para encandilar miradas, a menudo consigue desprender ese halo de fascinación, el magnetismo que requiere y define al personaje. Pero no es suficiente. No puede serlo, porque conocemos a Annie Hall. Si no nos hubiera enamorado con su naturalidad, sus titubeantes “la-di-dah, la-di-dah, la, la”, sus sombreros, chalecos y corbatas, los estrafalarios pantalones… Si Diane Keaton no nos hubiera desarmado con las réplicas de uno de los personajes más cautivadores que ha creado Woody Allen. Puede que entonces el personaje de Vonnie no se viera eclipsado por la sombra de un recuerdo. La interpretación de Stewart quizás podría aspirar a ser una versión dulcificada del magnetismo sexual de Scarlett Johansson en Match Point (2005).

Café Society es una película romántica aderezada intermitentemente con toques de humor. Allen relega la comicidad del filme casi exclusivamente a las subtramas y a los personajes secundarios, cuyas interpretaciones acaban por ser más destacadas que las de los protagonistas. Recicla una vez más la mayoría de los tópicos e idiosincrasias de su filmografía, desde el implacable pariente gángster y las burlas despiadadas al núcleo familiar judío hasta juicios filosóficos y morales integrados en la banalidad del día a día. Todos los ingredientes que etiquetan su cine están presentes, pero tampoco son suficientes. No lo son porque aunque siguen arrancando sonrisas y alguna que otra carcajada, no son más que el eco de otros chistes mejores que ya se conocen. Si antes no hubieran estado en boca de un espermatozoide (Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo…, 1972), o si descubrir el mito de Sísifo no le hubiera servido a un niño para negarse a hacer sus tareas, visto que el universo se expande y qué más da, si al fin y al cabo todo desaparecerá (Días de Radio, 1987). O si no existiera el maravilloso monólogo de Diane Keaton sobre el amor y el sufrimiento en su cáustica parodia de la literatura rusa (La última noche de Boris Grushenko, 1975), filme inaugural de Allen en explotar la comicidad de trasfondo filosófico. Solo entonces los gags de Café Society serían notables, menos desgastados. Pero saben a menos, a poco,  no consiguen trascender lo anecdótico.

Todos los ingredientes de su cine están presentes en Café Society, pero no son suficientes

Puede presumir de una fotografía impecable. Vittorio Storaro ilumina con maestría tanto los primeros planos como los planos secuencia. Aunque el abuso de la luz anaranjada en la primera mitad del filme hace temer por los personajes —permanentemente atrapados sin saberlo en una interminable hora mágica—, la paleta de colores de la primera película digital de Woody Allen destaca visualmente por su belleza y precisión cromática. Pero a diferencia de la sobria fotografía en blanco y negro de Gordon Willis en Manhattan (1979) —responsable de El Padrino y conocido en el mundillo como “el príncipe de la oscuridad” por su dominio de las sombras y los claroscuros—, la composición de los planos de Storaro raramente está cargada de intención narrativa más allá del romanticismo de sus tonos cálidos y la perfección de sus formas. La imagen no es un protagonista más en la historia, tampoco las ciudades que retrata, sino un mero vehículo de transposición del enamoramiento del protagonista. Incapaz de explotar narrativamente una serie de decorados que parecen repetirse en bucle, Allen reduce la percepción de Hollywood en su apogeo a un circuito cerrado. Incluso la presencia de Manhattan se empequeñece al asentarse mayoritariamente en el interior de clubs nocturnos. Tal vez porque en nuestra memoria Nueva York amanece cada día sentada en un banco de la calle 59 bajo el Queensboro Bridge —icono visual de saberse enamorado, de una ciudad, de una persona—, el beso nostálgico que nos regala el alba de un amor perdido en Café Society sobre un puente de Central Park no alcanza el clímax emocional que pretende: vacuo, diluido, no es un plano memorable. El encadenado final que cierra la historia sí está cargado de intención, de dulce melancolía, sintetiza la dolorosa claudicación de los protagonistas, y quizás será justamente recordado. Pero es esa dichosa pelota de tenis, que por caprichos del destino consigue traspasar la red en el plano final de Match Point, la que queda, la que en su circularidad narrativa se recordará siempre como la síntesis de la perfección simbólica.

Un guion fallido

Café Society es una película insustancial. No vuelve al día siguiente en forma de imágenes recurrentes, no despierta reflexiones incómodas sobre la propia vida, no conmueve, no alcanza a remover sentimientos profundos, dolorosos, olvidados. No lo hace porque el guion es fundamentalmente fallido. Entretenido, pero eso es todo. Aspira a ser una historia nostálgica sobre el amor frustrado, lo que pudo ser y no fue, lo que no se intentó por miedo, pero el inmenso potencial de un tema tan poderoso se diluye, se desenfoca conforme avanza el filme por la falta de compromiso narrativo de Allen con la que, sin embargo, era su temática principal. Las interrupciones continuas de las subtramas, posiblemente para compensar la ausente comicidad en los diálogos de la historia principal, esos diálogos funcionales y anodinos de los protagonistas que no consiguen transmitir la creciente intensidad, la intimidad ni la complicidad de su relación, sino tan solo avanzar la trama. Y ante todo, las lagunas temporales del relato, que nos privan de la evolución personal de los personajes y de su relación, y que la voz del propio Allen intenta subsanar con un narrador omnisciente empeñado en contar cosas que habría sido mejor ver. Todo ello impide que el espectador se sienta emocionalmente vinculado al amor perdido que es el leit motiv. No hay identificación con los personajes, no se es testigo privilegiado de los detalles, no hay langostas en cocinas, ni arañas ni conversaciones en la cama, ni nada que haga que nos importe remotamente el destino frustrado de su relación de amor.

La falta de originalidad y de riesgo en su obra reciente es aún más frustrante porque se espera todo de él

La estructura narrativa divide la historia en dos partes: Los Ángeles y Nueva York, la juventud y la madurez, el antes y el después de su idilio, pero la intensidad del choque emocional entre pasado y futuro se ve truncada por la negación de mostrarnos el desarrollo de los arcos narrativos de cada personaje y empeorada por la débil caracterización de ambos. Los sentimientos de Bobby hacia su mujer y su hijo —que bien podría ser invisible— son un misterio, ni una frase suya al respecto, no son personajes sino arquetipos accesorios, prescindibles. Nada justifica su cambio de personalidad al volver a Manhattan, convirtiéndose inexplicablemente en la versión bohemia de todo lo que critica y desprecia de Hollywood; los reproches que le hace a Vonnie en su reencuentro bien podría hacérselos a sí mismo. Eso sí es interesante. Pero sería interesante saber cómo llegó allí, desde un punto de vista psicológico, más allá de su evolución profesional, que es el único eje de acción en la historia. Sí sabemos por qué cambia Vonnie, por qué eligió no irse con él, pero el registro interpretativo de Stewart es limitado, en sus miradas a Bobby uno diría que le suscitaba más pena y ternura que el amor intenso e imperecedero que se sugiere al final del metraje. A ello se añade que la superficialidad del perfil de este personaje es todavía mayor e impide encontrar algún interés en ella, algo profundo, duradero.

Ecos de otras películas

¿Cómo hablar de los posos amargos que deja una relación frustrada cuando no se dedica apenas metraje a la relación misma? No a los eventos externos que la condicionan, sino a lo que comparten, piensan y sienten las dos personas. Y cómo no acordarse y comparar la esterilidad temática de Café Society con las grandes reflexiones sobre otros tipos de amor que ocuparon antaño al director y con los que sí se comprometió narrativamente. La magnífica exposición de la infidelidad y el amor turbulento en Hannah y sus hermanas (1986),el dolor del amor no correspondido en Septiembre (1987), la complejidad de las relaciones en Maridos y mujeres, el peligro del despecho en Delitos y faltas (1992), el amor intempestivo en Match Point, el despertar de un amor inesperado en Manhattan, la ilusión de enamorarse y la infinita tristeza de dejar de estarlo en Annie Hall. Woody Allen sabe hablar de amor en muchas de sus formas, y sabe hacerlo magistralmente, lo ha demostrado en multitud de películas, pero Café Society no es una de ellas.

La esencia de la película más reciente de Allen, como en tantos otros filmes de esta última década, está diluida, todo lo que hace ya lo ha hecho y lo hizo más y mejor en el pasado. La falta de originalidad y de riesgo que caracteriza su producción más reciente es aún más frustrante porque se espera todo de él cada vez, lo inesperado también. Porque cuando el espectador entra en la sala quiere que le vuelva a sorprender, con una historia de ciencia ficción cómica (El dormilón, 1973) o con un drama (Interiores), con personajes invisibles (Alice, 1990) o que atraviesan la pantalla (La rosa púrpura del Cairo, 1985), tal vez, con un falso documental (Zelig, 1983) o una historia irreverente (Poderosa Afrodita, 1995) o esos gags insuperables (Toma el dinero y corre, 1969) o cuanto menos, personajes inolvidables (como el de Diane Wiest en Balas sobre Broadway, 1994). Cuando se trata de Woody Allen no basta lo intrascendente, lo amable, lo correcto. Lo criticamos, añoramos los buenos momentos que nos ha dado, tantos, pero seguiremos yendo a sus estrenos aunque nos decepcione una y otra vez. Son las dos caras de la moneda. Decepciona porque pierde la batalla frente a su propia obra, pero tiene carta blanca porque esa treintena de filmes prueban que su inventiva no tiene límites, que es capaz de volver a hacerlo. Woody Allen tiene muchas armas, adquiridas durante una vida entera rodando películas inolvidables, y aunque en estos últimos 10 años dispare con balas de fogueo no significa que no pueda volver a dar en el blanco cuando menos lo esperemos.

Café Society
Café Society
Escrita y dirigida por Woody Allen
En cartelera