22/7/2017
Análisis

Las crisis europeas y el futuro de la Unión

Los líderes políticos deben decidir entre las reformas para consolidar el proyecto común o los populismos euroescépticos que defienden el proteccionismo

Joaquín Almunia - 14/10/2016 - Número 55
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Las crisis europeas y el futuro de la Unión
Periodistas y funcionarios aplauden al presidente de la Comisión en Bruselas el 24 de junio, un día después del referéndum sobre el Brexit. JOHN THYS / AFP
En su reciente discurso sobre el estado de la Unión Europea ante el Parlamento de Estrasburgo, el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, afirmó que “nuestra UE se encuentra, al menos en parte, en una crisis existencial”. Viniendo de quien viene, la frase no puede echarse en saco roto. Estamos sumidos en una situación inédita, no comparable con ninguna de las crisis anteriores. ¿Está en peligro el proyecto europeo?

Frente a lo que Jean Monnet había pronosticado cuando dijo que Europa se iría forjando a base de superar las crisis que habría de enfrentar, ahora se empieza a cuestionar la capacidad de mantener unido el proceso de integración iniciado hace 60 años con la entrada en vigor del Tratado de Roma.

Según Juncker, hay razones para no descartar esa hipótesis: las reticencias de los países miembros para trabajar conjuntamente aumentan, los líderes nacionales parecen despreocuparse de los problemas comunes, las prioridades fijadas por las instituciones comunitarias —Comisión y Parlamento Europeo— no coinciden con las establecidas a escala nacional y los gobiernos se muestran débiles ante el auge de los populismos.

Gobiernos como el polaco o el húngaro mantienen actitudes desleales, inadmisibles en democracia

Es evidente que la crisis económica ha jugado un papel central en el actual clima de desconcierto y de malestar. El aumento del paro, el deterioro de los salarios y otras condiciones de trabajo, junto con el agravamiento de las desigualdades, han deteriorado la credibilidad de las autoridades económicas tanto a escala nacional como europea. Muchas de las recetas prescritas han fracasado, y la manera en que se han aplicado ha generado aún más rechazo. Es de esperar que la recuperación del crecimiento y del empleo sirvan para mitigar ese reproche político, además de las consecuencias sociales de la crisis.

La acumulación de obstáculos y de resistencias al avance de la integración no se debe sin embargo a una sola causa, de índole económica. Otras razones también contribuyen al malestar y la desconfianza de la población hacia sus representantes. Ya en la primavera de 2005, bastante antes de que se empezasen a vislumbrar los primeros síntomas de la crisis financiera, Francia y Holanda rechazaron en referéndum el proyecto de Tratado Constitucional de la UE que había sido elaborado por una convención de parlamentarios y gobiernos nacionales y europeos. El temor a las hipotéticas consecuencias de la ampliación de la UE a los países del Centro y el Este de Europa —desde el riesgo de “dumping social” a la pérdida de identidad de una Unión cada vez más heterogénea— jugó un papel importante en ese rechazo.

Ahondando en esa misma brecha, la acogida de refugiados provenientes de Siria, Libia, Irak u otros países en conflicto ha generado tensiones profundas entre los países del Este y el Oeste de la UE. Algunos gobiernos europeos, como el polaco o el húngaro, mantienen además en el seno de la Unión actitudes desleales, que llegan a veces a desbordar lo que es admisible en democracia.

El Brexit ha venido a elevar en varios grados la preocupación por el momento que atraviesa la integración europea. Por primera vez, un país miembro se autoexcluye del proceso y prefiere desandar el camino recorrido en las últimas décadas. Es probable que quienes paguen el precio más alto por esa decisión sean los mismos ciudadanos británicos que votaron a favor de abandonar la UE. Además, la posición británica en el seno de la UE siempre ha constituido un caso único, pues sus autoridades han utilizado cualquier resquicio para no formar parte de aspectos centrales de la construcción europea: el euro, Schengen, las políticas en materia de interior y justicia… Pero pese a todo, es innegable que la Unión a 27 será más débil sin Reino Unido, por su menor peso económico y diplomático, su capacidad defensiva disminuida y, lo que quizás es más importante, la pérdida de confianza en sí misma en una época especialmente difícil.

Vigencia de los valores

Ha llegado el momento de preguntarse seriamente por el futuro de la UE. ¿Habrá otros países que quieran abandonar el proyecto siguiendo el ejemplo británico? ¿Podemos asistir a un desmembramiento gradual de los niveles de integración alcanzados hasta ahora? ¿Es sostenible la actual situación? ¿Se puede aún recuperar apoyo ciudadano y liderazgo político para seguir avanzando? Antes de improvisar las respuestas a esas y otras preguntas similares, conviene reflexionar sobre la vigencia de nuestros valores comunes y de las razones que impulsaron a los “padres fundadores” del proyecto europeo.

Quienes no se atrevan a impulsar la integración deberían al menos denunciar los riesgos de la marcha atrás

Esos valores siguen plenamente vigentes en la sociedad actual: la paz, la reconciliación entre naciones enfrentadas a lo largo de la historia, la reconstrucción del tejido productivo destruido por la guerra, el crecimiento económico como fundamento en el que asentar un modelo —la economía social de mercado— capaz de sostener el Estado del bienestar. A día de hoy, todo ello sigue siendo compartido por la gran mayoría de los ciudadanos europeos. La cuestión estriba en las dudas crecientes sobre la viabilidad de llevarlos a la práctica. Incluso la paz y la seguridad aparecen amenazadas de nuevo por la acumulación de conflictos cerca de nuestras fronteras exteriores —Siria, Libia, Ucrania…—, y la presencia en nuestro territorio de las consecuencias directas o indirectas de esos conflictos
—los refugiados— pone en evidencia la porosidad de nuestras fronteras exteriores. La sensación de ineficacia afecta tanto a las instituciones europeas como a las nacionales. Queremos preservar nuestros valores y encontrar soluciones viables a los problemas y desafíos que nos plantea la realidad actual, pero ni el viejo Estado-nación ni las “nuevas” instituciones europeas parecen capaces de disipar las incertidumbres que nos agobian.

Las soluciones a medias y las decisiones tardías no bastan para abordar los problemas de envergadura que tenemos que enfrentar. Y la tentación defensiva, el proteccionismo o las actitudes de repliegue tras las respectivas fronteras son manifestaciones de impotencia o puro seguidismo de los mensajes populistas que crecen e intentan ocupar el espacio de las familias políticas tradicionales.

La respuesta a las preguntas sobre el futuro de la UE dependerá en buena medida de cómo resuelvan los líderes políticos europeos el dilema al que se enfrentan en estos momentos: o bien hacen frente a los problemas ofreciendo una serie de reformas enmarcadas en una estrategia para consolidar y profundizar un proyecto común para la UE, o bien se dejan llevar por la alternativa que ofrecen los populismos euroescépticos o antieuropeos, alentando el proteccionismo, rechazando la inmigración e intentando reanimar las supuestas virtudes de la soberanía nacional.

Los pilares de la estrategia

¿Cuáles pueden ser los pilares de esa estrategia de futuro para la UE? Algunos de ellos ya existen y lo que procede es desarrollarlos hasta alcanzar un estadio sostenible. Otros acaban de ser formulados. El Mercado Único que se empezó a construir en los años 80 del siglo pasado debe extenderse a la economía digital, a la energía y a los mercados de capitales. La Unión Económica y Monetaria debe ser completada, en línea con las propuestas ya avanzadas por el llamado “Informe de los 5 Presidentes”. La dimensión europea en materia de defensa y seguridad, esbozada en la reciente cumbre de Bratislava, abre un nuevo espacio para avanzar en la integración.

Y, “last but not least”, los responsables políticos de la UE y los líderes nacionales necesitan abordar las dos cuestiones que mejor explican la decepción, y en muchos casos la desafección, de los europeos con el proyecto de integración. A saber: la legitimidad democrática de las decisiones que se adoptan en el ámbito comunitario y la dimensión social de esas decisiones y de sus consecuencias sobre ellos.

El guion de lo que habría que hacer es conocido, y no parecen existir obstáculos ni divergencias insalvables para empezar a ponerlo en práctica. La tarea es, por supuesto, difícil. Y sus resultados no se verán en el corto plazo. Pero la alternativa es mucho peor: la vuelta a un pasado que la idea de una Europa unida nos ha ayudado a dejar atrás, y al que casi nadie querría volver. Los líderes políticos que no se atreven a encabezar un nuevo impulso de la integración europea para sacarla del actual impasse debieran al menos ser capaces de denunciar los enormes riesgos de la marcha atrás.